La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– «Liberad de la cárcel a los 200.000 presos que consideráis “sospechosos”. La Declaración de los Derechos del Hombre no prevé el encarcelamiento bajo sospecha.
»Parecéis decididos a eliminar a la oposición mediante el uso de la guillotina, pero es una empresa absurda. Cuando destruís a un rival en el cadalso, creáis otros diez enemigos entre sus parientes y amigos. No hay más que ver al tipo de personas que habéis encarcelado: mujeres, ancianos, amargados y egocéntricos, devorados por el rencor y la envidia, los desechos de la Revolución… ¿Creéis realmente que constituyen un peligro? Los únicos enemigos que quedan entre vosotros son los que están demasiado enfermos o son demasiado cobardes para luchar; todos los hombres sanos y valerosos han huido al extranjero, o han muerto en Lyon o en la Vendée. Los que quedan no merecen vuestra atención. Creedme, la libertad quedaría más firmemente consolidada, y de paso obligaríais a Europa a doblegarse, si establecierais un comité de Misericordia.
– ¿Has leído suficiente? -preguntó Robespierre.
– Sí. Tratan de obligarte a intervenir -respondió Eléonore-. Supongo que Danton está detrás de esto.
Robespierre guardó silencio durante unos minutos. Al fin dijo:
– Cuando éramos niños, un día dije a Camille: «No te preocupes. Yo cuidaré de ti.» Si nos hubieras visto, Eléonore, te habrías compadecido de nosotros. No sé qué habría sido de Camille de no haber sido por mí -dijo Robespierre, cubriéndose el rostro con las manos-. Ni de mí, de no haber sido por él.
– Pero ya no sois unos niños -respondió Eléonore suavemente-. Y este afecto del que hablas ya no existe. Camille se ha pasado al bando de Danton.
Robespierre alzó la cabeza y la miró. Es transparente, pensó ella, y le gustaría que el mundo también fuera transparente.
– Danton no es mi enemigo -dijo Robespierre-. Es un patriota, he apostado mi reputación a su patriotismo. ¿Pero qué es lo que ha hecho durante estas últimas semanas? Pronunciar unos cuantos discursos. Una ampulosa retórica que le proporciona popularidad pero que no significa nada. Se considera el más prestigioso estadista, pero no ha arriesgado nada. Ha arrojado a mi pobre Camille al horno mientras él y sus amigos se arriman a él para calentarse las manos.
– No te disgustes, no adelantas nada con ello -dijo Eléonore, echando una ojeada de nuevo al panfleto-. Camille insinúa que el comité ha abusado de sus poderes. Es evidente que Danton y sus amigos se consideran un Gobierno alternativo.
– Así es -contestó Robespierre, sonriendo con tristeza-. Danton me ofreció un cargo en cierta ocasión. Sin duda volvería a hacerlo. Confían en poder convencerme.
– ¿En poder convencerte? Pero si son una pandilla de sinvergüenzas. No te creo capaz de unirte a esos canallas. Lo único que pretenden es utilizar tu nombre, tu reputación de hombre honesto.
– ¿Sabes lo que me gustaría? -preguntó Robespierre-. Me gustaría que Marat estuviera vivo. Jamás creí que un día pronunciaría estas palabras. Pero Camille le habría escuchado.
– Esto es una herejía -dijo Eléonore, leyendo un párrafo en voz alta y lentamente, como si sopesara cada palabra-. Los jacobinos lo expulsarán del club.
– Yo lo impediré.
– ¿Cómo?
– Yo lo impediré.
– Te culparán por esto -protestó Eléonore, agitando el periódico-. ¿Crees que puedes protegerlo?
– ¿Protegerlo? ¡Dios! Antes hubiera sacrificado incluso mi vida por él, pero ahora… creo que tengo la obligación de seguir vivo.
– ¿Una obligación hacia quién?
– Hacia la gente. En caso de que me necesiten.
– Tienes razón. Estás obligado a seguir vivo. Vivo y en el poder.
– Con qué facilidad brotan esas palabras de tus labios, Eléonore… -dijo Robespierre, sacudiendo la cabeza-. Se diría que las has oído toda tu vida. Collot ha regresado de Lyon. Ha terminado su gran obra, según la llama él. Su senda del bien es clara, recta y ancha. Es muy fácil ser un buen jacobino. Collot no tiene ninguna duda, ningún escrúpulo en su mente; en realidad no creo que tenga gran cosa en la cabeza. ¿Detener el Terror? Él cree que ni siquiera hemos comenzado.
– Saint-Just llega la semana que viene. No querrá hablar con vosotros de vuestra época de estudiantes, Max. No aceptará disculpas.
Robespierre alzó la barbilla en un gesto de desafío.
– No vamos a ofrecerle disculpas -dijo-. Conozco a Camille. Es más fuerte de lo que crees. No visible ni manifiestamente, pero lo conozco bien. Es increíblemente vanidoso, ¿y por qué no? Su vanidad se remonta al 12 de julio, a los días anteriores a la caída de la Bastilla. Sabe exactamente lo que hizo, los riesgos que arrostró. ¿Me hubiera arriesgado yo como hizo él? Por supuesto que no. No habría tenido sentido, nadie hubiera reparado en mí. ¿Se hubiera arriesgado Danton? Por supuesto que no. Era un joven respetable, abogado, padre de familia. El caso, Eléonore, es que al cabo de cuatro años seguimos impresionados por algo que sucedió en una fracción de segundo.
– ¡Qué estupidez!
– No. Todas las cosas importantes se deciden en una fracción de segundo. Camille se subió en una silla ante miles de personas, exponiendo su vida, y les habló. Comparado con eso, todo lo demás es secundario.
Eléonore se levantó.
– ¿Irás a verlo?
– ¿Ahora mismo? No. No quiero encontrarme con Danton. Probablemente lo estarán celebrando.
– Me parece lógico -respondió Eléonore-. Puede que el reinado de la superstición haya terminado, pero es Navidad.
– Es increíble -dijo Danton, echando la cabeza hacia atrás y apurando otro vaso de vino. En aquellos momentos no tenía aspecto de un prestigioso estadista-. Han organizado unas manifestaciones frente a la Convención para pedir que se establezca un comité de Misericordia. Frente a las oficinas de Desenne se ha formado una nutrida multitud solicitando una nueva edición del periódico. Su precio es de dos sous y lo están revendiendo a veinte francos. Eres un desastre inflacionista, Camille.
– Lamento no haber advertido a Robespierre sobre el contenido del periódico.
– ¡De acuerdo! -exclamó jovialmente Danton, el popular dirigente de una nueva fuerza política-. Que alguien vaya en busca de Robespierre, aunque tenga que traerlo a rastras. Es hora de quitarle hierro a la Revolución -dijo, apoyando la mano en el hombro de Camille-. La gente está cansada de muertes y ejecuciones, tal y como demuestra su reacción a tus escritos.
– Hubiéramos debido cambiar el comité este mes. Deberías formar parte de él.
Al cabo de unos minutos se reanudó el murmullo de voces a su alrededor. Todos esperaban que Danton se pronunciara al respecto.
– No hay necesidad de precipitarse -dijo-. Lo haremos el mes que viene. Lo importante es crear un ambiente propicio al cambio. No debemos forzar las cosas, sino que la gente se convenza por sí misma. -Camille y Fabre se miraron disimuladamente-. ¿Qué sucede? -preguntó Danton, dirigiéndose a Camille-. ¿A qué viene esa cara de tristeza? Acabas de obtener tu mayor triunfo. En nombre de la República te ordeno que seas feliz.
Al poco rato llegaron Annette y Claude. Annette ofrecía un aspecto cansado y retraído, pero Claude parecía dispuesto a pronunciar un importante discurso.
– Sí -dijo, dirigiéndose al aire sobre la cabeza de su yerno-, reconozco que en el pasado no me he prodigado en elogios, pero ahora deseo felicitarte sinceramente. Ha sido un gesto muy valeroso.
– ¿Tú qué opinas? ¿Crees que me cortarán la cabeza por ello?
De pronto se hizo un tenso y prolongado silencio. Nadie pronunció una palabra ni se movió. Por primera vez en muchos años, Claude miró a Camille a los ojos y preguntó:
– ¿Quién iba a querer hacerte daño?
– Mucha gente -le respondió Camille-. Por ejemplo Billaud, porque siempre me estoy burlando de él. O Saint-Just, porque está empeñado en dominarme y yo me resisto. Todos los miembros del Club de los Jacobinos que no me han perdonado el que defendiera a Dillon. Hace diez días sacaron a relucir el tema del juicio de Brissot, indignados porque me desmayé sin habérselo comunicado previamente. Y Barnave… ¿Qué derecho tenía yo a ir a la Conciergerie para hablar con ese traidor?