La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
Robespierre agarró a Camille del brazo, aunque procurando rehuir su mirada.
– Todo lo que has dicho es cierto -murmuró-, pero no sé cómo impedirlo. -Tras una pausa añadió-: Regresemos a casa.
– Dijiste que no querías hablar en casa.
– No hay necesidad de hablar. Ya lo has dicho todo.
Hébert, Le Père Duchesne
He aquí, mis bravos sansculottes, a un valiente del que os habéis olvidado. Es una ingratitud por vuestra parte pues nuestro amigo, antaño conocido como el abogado de la Lanterne, afirma que sin él jamás se hubiera producido la Revolución. ¿Creéis acaso que me refiero al intrépido personaje que constituía el terror de los aristócratas? No, me refiero a un individuo que confiesa ser una persona pacífica. Por sus palabras se deduce que tiene menos arrojo que una paloma; es tan sensible que apenas oye pronunciar la palabra «guillotina» se echa a temblar. Es una lástima que no sea un buen orador, pues demostraría al Comité de Salvación Pública que no sabe cómo dirigir los destinos del país. Sin embargo, el señor Camille compensa sus deficiencias como orador escribiendo penetrantes artículos para satisfacción de los moderados, los aristócratas y los monárquicos.
Oído en el Club de los Jacobinos
El ciudadano Nicolas [interrumpiendo]: ¡Cuidado, Camille, la guillotina te acecha!
El ciudadano Desmoulins: Cuidado Nicolás, te acecha la sombra de tu considerable fortuna. Hace un año te alimentabas de manzanas asadas, y ahora te has convertido en el impresor del Gobierno.
(Risas.)
Hérault de Séchelles regresó de Alsacia a mediados de diciembre. Había cumplido su misión. Los austriacos habían emprendido la retirada, y la frontera estaba segura; Saint-Just le seguiría dos días más tarde, con una estela de gloria.
Fue a visitar a Danton, pero éste no estaba en casa. Le dejó un recado, rogándole que se reuniera con él, pero Danton no acudió a la cita. Fue a casa de Robespierre, pero los Duplay lo arrojaron con cajas destempladas.
Se detuvo frente a una ventana en las Tullerías para observar a los carros mortuorios que transportaban a los reos al cadalso; a veces los seguía hasta el final del trayecto, mezclándose con la multitud de curiosos. Oyó a esposas denunciar a sus maridos ante el Tribunal, y a maridos denunciar a sus esposas; a madres que ofrecían a sus hijos a la Justicia Nacional, y a hijos que traicionaban a sus padres. Vio a mujeres a punto de parir, y otras dando de mamar a sus hijos, aguardando los macabros carros que las conducirían a la guillotina. Vio a hombres y mujeres tropezar y caer de bruces en charcos formados por la sangre de sus amigos, y a los verdugos alzarlos violentamente del suelo. Vio a la multitud regodearse ante el espectáculo de unas cabezas separadas del tronco.
– ¿Por qué contemplas esas cosas? -le preguntó alguien.
– Para aprender a morir.
El 29 de Frimaire, Tolón cayó en manos de las tropas republicanas. El héroe del momento era un joven oficial de artillería llamado Bonaparte.
– Si sigue la misma suerte que otros oficiales -dijo Fabre-, antes de tres meses le habrán cortado la cabeza.
Tres días más tarde, el 2 de Nivôse, las fuerzas gubernamentales aplastaron a los restos del ejército rebelde de la Vendée. Numerosos campesinos fueron arrestados y ejecutados; no quedó nada, excepto la salvaje caza del hombre a través de los campos, los bosques y las ciénagas.
En la estancia verde con espejos plateados, los dispares y sectarios miembros del Comité de Salvación Pública trataban de resolver sus diferencias. Estaban ganando la guerra y manteniendo la precaria paz en las calles de París.
«La Revolución marcha bajo los auspicios de este comité», declaró al pueblo.
Había oscurecido.
Eléonore creyó que la habitación estaba vacía. Cuando Robespierre se volvió, la joven sufrió un sobresalto. El rostro de Robespierre, oculto entre las sombras, estaba pálido.
– ¿No vas a ir al comité? -preguntó Eléonore suavemente. Robespierre se volvió y clavó la mirada en la pared-. ¿Quieres que encienda la lámpara? Contéstame, te lo ruego. Me angustia verte en este estado.
Eléonore se colocó detrás de él y apoyó una mano en su hombro.
– No me toques -dijo él, apartándose bruscamente.
– ¿Acaso he hecho algo malo? -preguntó Eléonore pacientemente-. Te comportas como un niño. No puedes permanecer toda la noche aquí, en esta habitación fría y a oscuras.
Robespierre permaneció en silencio. Eléonore salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta. Al cabo de un momento regresó con una vela, que encendió en la chimenea. Luego se arrodilló frente al hogar para atizar las llamas, mientras su oscura melena se desparramaba por sus hombros.
– No quiero ninguna luz -dijo Robespierre.
Eléonore colocó otro tronco en la chimenea.
– Eres capaz de dejar que se extinga el fuego -dijo-. Siempre lo haces. Acabo de regresar de clase de pintura. El ciudadano David hizo hoy unos comentarios muy elogiosos sobre mi trabajo. ¿Quieres verlo? Te traeré la carpeta.
Eléonore alzó la cabeza para mirarlo, con las manos apoyadas en los muslos.
– Levántate -le ordenó Robespierre-. No eres una sirvienta.
– ¿Ah, no? -respondió ella fríamente-. ¿Entonces qué soy? Tus principios no te permitirían hablarle a una sirvienta como me hablas a mí.
– Hace cinco días -dijo Robespierre-, propuse a la Convención que estableciéramos un comité de Justicia para examinar los veredictos del Tribunal y revisar los casos de los detenidos encarcelados bajo sospecha de traición. Me pareció una medida oportuna, pero me equivoqué. Acabo de leer el cuarto número de El viejo cordelier. Toma, échale un vistazo -dijo, entregándole el panfleto.
– No puedo leerlo en esta penumbra -respondió Eléonore, encendiendo unas velas y acercando una al rostro de Robespierre-. Tienes los ojos enrojecidos. Has estado llorando. No creía que las críticas de la prensa te hicieran llorar. Supuse que te eran indiferentes.
– Lo que me preocupa no son las críticas -contestó Robespierre-, sino las exigencias. Mira, aquí aparece mi nombre -añadió, señalando un párrafo-. ¿Quién ha mostrado más compasión que yo, Eléonore? Setenta y cinco simpatizantes de Brissot están en la cárcel. Me he enfrentado a los comités y a la Convención para salvarles la vida. Pero eso no le basta a Camille. Quiere obligarme a… descender a la arena. Léelo.
Eléonore cogió el panfleto, arrimó una silla a la mesa y se puso a leer a la luz de la vela:
– «Robespierre, mi viejo camarada, sin duda recordarás la lección de historia y filosofía que nos enseñaron en la escuela: que el amor es más fuerte y poderoso que el temor.» -«El amor es más fuerte y poderoso que el temor», se repitió Eléonore en voz baja, mirando a Robespierre-. «Te has aproximado a ese concepto en la medida propuesta por ti durante la sesión del 30 de Frimaire. Lo que propones es el establecimiento de un comité de Justicia. Sin embargo, bajo la República, la misericordia es considerada un delito.»
Eléonore se detuvo y miró de nuevo a Robespierre.
– La prosa -dijo éste-, es limpia, sencilla, sin ningún alarde. Es totalmente sincero. Antes sólo era sincero a medias. Era su estilo.
– «Liberad de la cárcel a los 200.000 presos que consideráis “sospechosos”. La Declaración de los Derechos del Hombre no prevé el encarcelamiento bajo sospecha.
»Parecéis decididos a eliminar a la oposición mediante el uso de la guillotina, pero es una empresa absurda. Cuando destruís a un rival en el cadalso, creáis otros diez enemigos entre sus parientes y amigos. No hay más que ver al tipo de personas que habéis encarcelado: mujeres, ancianos, amargados y egocéntricos, devorados por el rencor y la envidia, los desechos de la Revolución… ¿Creéis realmente que constituyen un peligro? Los únicos enemigos que quedan entre vosotros son los que están demasiado enfermos o son demasiado cobardes para luchar; todos los hombres sanos y valerosos han huido al extranjero, o han muerto en Lyon o en la Vendée. Los que quedan no merecen vuestra atención. Creedme, la libertad quedaría más firmemente consolidada, y de paso obligaríais a Europa a doblegarse, si establecierais un comité de Misericordia.
– ¿Has leído suficiente? -preguntó Robespierre.
– Sí. Tratan de obligarte a intervenir -respondió Eléonore-. Supongo que Danton está detrás de esto.
Robespierre guardó silencio durante unos minutos. Al fin dijo:
– Cuando éramos niños, un día dije a Camille: «No te preocupes. Yo cuidaré de ti.» Si nos hubieras visto, Eléonore, te habrías compadecido de nosotros. No sé qué habría sido de Camille de no haber sido por mí -dijo Robespierre, cubriéndose el rostro con las manos-. Ni de mí, de no haber sido por él.
– Pero ya no sois unos niños -respondió Eléonore suavemente-. Y este afecto del que hablas ya no existe. Camille se ha pasado al bando de Danton.
Robespierre alzó la cabeza y la miró. Es transparente, pensó ella, y le gustaría que el mundo también fuera transparente.
– Danton no es mi enemigo -dijo Robespierre-. Es un patriota, he apostado mi reputación a su patriotismo. ¿Pero qué es lo que ha hecho durante estas últimas semanas? Pronunciar unos cuantos discursos. Una ampulosa retórica que le proporciona popularidad pero que no significa nada. Se considera el más prestigioso estadista, pero no ha arriesgado nada. Ha arrojado a mi pobre Camille al horno mientras él y sus amigos se arriman a él para calentarse las manos.
– No te disgustes, no adelantas nada con ello -dijo Eléonore, echando una ojeada de nuevo al panfleto-. Camille insinúa que el comité ha abusado de sus poderes. Es evidente que Danton y sus amigos se consideran un Gobierno alternativo.
– Así es -contestó Robespierre, sonriendo con tristeza-. Danton me ofreció un cargo en cierta ocasión. Sin duda volvería a hacerlo. Confían en poder convencerme.
– ¿En poder convencerte? Pero si son una pandilla de sinvergüenzas. No te creo capaz de unirte a esos canallas. Lo único que pretenden es utilizar tu nombre, tu reputación de hombre honesto.
– ¿Sabes lo que me gustaría? -preguntó Robespierre-. Me gustaría que Marat estuviera vivo. Jamás creí que un día pronunciaría estas palabras. Pero Camille le habría escuchado.
– Esto es una herejía -dijo Eléonore, leyendo un párrafo en voz alta y lentamente, como si sopesara cada palabra-. Los jacobinos lo expulsarán del club.
– Yo lo impediré.
– ¿Cómo?
– Yo lo impediré.
– Te culparán por esto -protestó Eléonore, agitando el periódico-. ¿Crees que puedes protegerlo?
– ¿Protegerlo? ¡Dios! Antes hubiera sacrificado incluso mi vida por él, pero ahora… creo que tengo la obligación de seguir vivo.
– ¿Una obligación hacia quién?
– Hacia la gente. En caso de que me necesiten.
– Tienes razón. Estás obligado a seguir vivo. Vivo y en el poder.
– Con qué facilidad brotan esas palabras de tus labios, Eléonore… -dijo Robespierre, sacudiendo la cabeza-. Se diría que las has oído toda tu vida. Collot ha regresado de Lyon. Ha terminado su gran obra, según la llama él. Su senda del bien es clara, recta y ancha. Es muy fácil ser un buen jacobino. Collot no tiene ninguna duda, ningún escrúpulo en su mente; en realidad no creo que tenga gran cosa en la cabeza. ¿Detener el Terror? Él cree que ni siquiera hemos comenzado.
– Saint-Just llega la semana que viene. No querrá hablar con vosotros de vuestra época de estudiantes, Max. No aceptará disculpas.
Robespierre alzó la barbilla en un gesto de desafío.
– No vamos a ofrecerle disculpas -dijo-. Conozco a Camille. Es más fuerte de lo que crees. No visible ni manifiestamente, pero lo conozco bien. Es increíblemente vanidoso, ¿y por qué no? Su vanidad se remonta al 12 de julio, a los días anteriores a la caída de la Bastilla. Sabe exactamente lo que hizo, los riesgos que arrostró. ¿Me hubiera arriesgado yo como hizo él? Por supuesto que no. No habría tenido sentido, nadie hubiera reparado en mí. ¿Se hubiera arriesgado Danton? Por supuesto que no. Era un joven respetable, abogado, padre de familia. El caso, Eléonore, es que al cabo de cuatro años seguimos impresionados por algo que sucedió en una fracción de segundo.
– ¡Qué estupidez!
– No. Todas las cosas importantes se deciden en una fracción de segundo. Camille se subió en una silla ante miles de personas, exponiendo su vida, y les habló. Comparado con eso, todo lo demás es secundario.
Eléonore se levantó.
– ¿Irás a verlo?
– ¿Ahora mismo? No. No quiero encontrarme con Danton. Probablemente lo estarán celebrando.
– Me parece lógico -respondió Eléonore-. Puede que el reinado de la superstición haya terminado, pero es Navidad.