La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
– No hay que hacer caso de los rumores.
Robespierre juntó las manos y contestó:
– Collot es un actor, o un productor teatral, ¿me equivoco? Antiguamente habría tenido que conformarse con representar obras sobre terremotos y asesinatos en masa. Ahora puede permitirse el lujo de representar sus sueños. Tras cuatro años de Revolución, ciudadanos, no vemos sino codicia por doquier, mezquindad, egoísmo, una brutal indiferencia hacia el sufrimiento ajeno y una diabólica sed de sangre. Sinceramente, no logro entender a la gente -dijo Robespierre, apoyando la frente en las manos mientras su colega lo contemplaba atónito-. ¿Qué piensa hacer Danton? No estará alentando al diputado Philippeaux…
– Supongo que lo haría si viera en ello alguna ventaja. Es preciso que el comité silencie a Philippeaux.
– No es necesario -contestó Robespierre, señalando un párrafo con la pluma-. ¿Has visto los ataques que lanza contra Hébert? Hébert se encargará de hacerlo callar. Dejemos que por una vez haga algo de provecho.
– Pero has permitido que Camille atacara a Hébert en el segundo número de su periódico -dijo su colega-. Ya entiendo. Los dos son miembros de facciones extremistas contra el centro. Eres muy astuto, Robespierre.
Decreto de la Convención Nacional
A partir de ahora el consejo ejecutivo, los ministros, los generales y todos los órganos del Estado serán supervisados por el Comité de Salvación Pública.
Camille:
– No veo por qué me felicitáis por el tercer número. No tiene ningún mérito. Es como una traducción. Un día en que leía a Tácito, a propósito del reinado del emperador Tiberio, comenté a De Sade que esto era lo mismo. De Sade se echó a reír pero me dio la razón. Nuestras vidas se han convertido en lo que dice el analista: familias enteras han sido aniquiladas por el verdugo, muchos hombres han preferido suicidarse a verse arrastrados por las calles como vulgares delincuentes; otros han denunciado a sus amigos para salvar el pellejo; los sentimientos humanos están corrompidos, la piedad se considera un crimen. Recuerdo la impresión que me produjo leer eso, hace mucho años; supongo que Robespierre también lo recordará.
»No había más que añadir. Bastaba con llamar la atención del público sobre dicho texto, sustituir los nombres de los romanos por nombres de ciudadanos y ciudadanas franceses, personas que conocías, que vivían en tu misma calle, cuya suerte habías presenciado y que podía haberte tocado a ti.
»Lógicamente, he tenido que retocar un poco el texto, meterle mano, como diría Hébert. No se lo he enseñado a Robespierre. Sí, imagino que le chocará. Pero yo creo que será un impacto saludable. A fin de cuentas, si está de acuerdo con lo que digo, no puede sustraerse a la parte de responsabilidad que le corresponde. No pretendo decir que Robespierre sea una especie de Tiberio, pero si sigue frecuentando la compañía de ciertos personajes -me refiero concretamente a Saint-Just- no sé cómo acabará. Tácito describe al emperador como un hombre “sin piedad, sin ira; encerrado en sí mismo e incapaz de experimentar la menor emoción”.
»Eso suena familiar.
El número 3 de El viejo cordelier
Desde el momento en que las palabras se convirtieron en delitos contra el Estado, sólo había un paso para que una simple mirada, el dolor, la compasión, los suspiros e incluso el mismo silencio se transformaran en una ofensa…
Fue un delito contra el Estado el que Libonius Drusus preguntara a la adivina si algún día sería rico… Fue un delito contra el Estado el que uno de los descendientes de Casius conservara en su casa un retrato de su antepasado. Mamercus Scauro cometió un delito al escribir una tragedia en la que ciertos versos tenían un doble significado. Fue un delito contra el Estado el que la madre del cónsul Furius Geminus llorara la muerte de su hijo… En ocasiones era necesario celebrar la muerte de un amigo o de un pariente para escapar con vida.
Que uno era popular… Seguramente se proponía organizar una facción política. Sospechoso.
Que uno decidía retirarse de la vida pública… Sospechoso.
Que uno era rico… Sospechoso.
Que era pobre… Sin duda ocultaba una fortuna. Sospechoso.
Que se mostraba melancólico… Seguramente le deprimía el estado de la nación. Sospechoso.
Que se mostraba alegre… Sin duda se alegraba de las calamidades nacionales. Sospechoso.
Que era un filósofo, orador o poeta… Sospechoso.
– No me enseñaste eso -dijo Robespierre fríamente.
La brisa arrastraba las hojas muertas. Robespierre cogió una al vuelo y la sostuvo entre el índice y el pulgar, de forma que sus venas destacaban bajo la luz del atardecer. Había hecho un espléndido día. El crepúsculo, de un rojo encendido, poseía una cualidad líquida. Los últimos rayos de sol acariciaban la superficie del río de una forma más siniestra que pintoresca.
– Es como la sangre -observó Camille-. No te he ocultado nada. Imagino que tienes las obras de Tácito en tu biblioteca.
– No te hagas el ingenuo.
– Debes reconocer que era una analogía muy apropiada. De lo contrario, no habría tenido tanto éxito entre los lectores. Es una excelente descripción de la forma en que vivimos actualmente.
– ¿Era preciso exhibir ese penoso cuadro ante Europa? ¿No podías haberte callado? ¿Es que pretendes convertirte en el periodista favorito del emperador? ¿Esperas que el señor Pitt te felicite por tu artículo, que lancen fuegos artificiales en Moscú y que en los campamentos de emigrados del Rin brinden a tu salud? -inquirió Robespierre con tono desapasionado, sereno, como si sus preguntas fueran perfectamente razonables-. Bueno, responde -insistió, apoyándose en el parapeto del puente y volviéndose para mirar a Camille.
– ¿Qué hacemos aquí? -preguntó Camille-. Tengo frío.
– Prefiero hablar contigo al aire libre. No me fío de los espacios cerrados.
– Reconócelo. Te corroe la sospecha de una conspiración. ¿Crees que la guillotina será capaz de derribar paredes y puertas?
– No me corroe nada. Sólo siento el deseo de hacer lo que mejor convenga a este país.
– Entonces pon fin al Terror -contestó Camille, temblando levemente-. Posees la autoridad moral para hacerlo. Eres el único que puede hacerlo.
– ¿Y provocar la caída del Gobierno, el hundimiento del comité? -preguntó Robespierre en voz baja-. No puedo hacerlo. No puedo correr ese riesgo.
– Caminemos un poco -dijo Camille-. Pero podríamos cambiar el comité. Collot y Billaud-Varennes no son dignos de tu confianza.
– Sabes perfectamente por qué están en el comité. A través de ellos aplacamos a la izquierda.
– Había olvidado que no somos la izquierda.
– ¿Quieres que nos dediquemos a organizar insurrecciones?
Camille se detuvo y contempló el río.
– Si fuera necesario, ¿por qué no? -respondió, tratando de dominar su nerviosismo y los acelerados latidos de su corazón. A Robespierre no le gustaba que nadie le llevara la contraria, y Camille no solía hacerlo-. ¿Por qué no hablamos claramente de una vez por todas?
– ¿Es eso lo que desea Danton? ¿Más violencia?
– ¿Qué crees que hacen todos los días en la Place de la Révolution, Max?
– Prefiero sacrificar a los aristócratas que a nuestros compañeros. Siento una profunda lealtad por la Revolución y los hombres que la llevaron a cabo. Pero tú la has difamado ante toda Europa.
– ¿Crees que la lealtad consiste en ocultar la verdad, fingir que prevalecen la razón y la justicia? -La luz se había ido esfumando y se había levantado un fuerte viento nocturno que les azotaba el rostro y la ropa con manos frías e insistentes-. ¿Por qué hicimos la Revolución? Creí que la habíamos hecho para protestar contra la opresión, para liberarnos de la tiranía. Pero esto es una tiranía. Muéstrame una tiranía peor en la historia del mundo. La gente mata por poder, por codicia, por sed de sangre, pero muéstrame otra dictadura que mate con eficacia, que celebre la virtud y que exhiba sus quimeras sobre las fosas de los muertos. Afirmamos que todo cuanto hacemos está encaminado a preservar la Revolución, pero la Revolución no es más que un cadáver con vida.