Historia Del Rey Transparente
- Автор: Montero Rosa
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Historia Del Rey Transparente». Краткое содержание книги:
Nyneve desconfía de Dhuoda. Dice que le ve el aura, que es como el halo de luz que llevan los santos en torno a la cabeza, y que la tiene negra. Dice que es una mala bruja, aunque todavía no lo sepa. Dice que la Dama pertenece a un tipo de personas que ella, Nyneve, conoce muy bien y que aborrece: aquellas que han sufrido un dolor y que por eso se creen justificadas para cometer cualquier tropelía, como sí los demás individuos les debieran algo para siempre.
– Pero ¿qué dolor ha sufrido Dhuoda?
– No seré yo quien hable. Que te lo cuente ella.
A mí la Duquesa me parece una joven mimada y malcriada, caprichosa y arbitraria, pero fascinante. Es culta e inteligente; posee, según me dicen, una biblioteca de casi trescientos volúmenes. A veces es despótica y otras veces muy dulce y seductora. Jugó con nosotros, con sir Wolf y conmigo, haciéndonos combatir sin que le inquietara lo que pudiera sucedemos. Pero luego nos ha recogido en su castillo y nos cuida y atiende magnánimamente. La Du quesa está viuda; su marido, el duque Roger de Beauville, ha muerto en las cruzadas. El Duque era un hombre bárbaro y cruel a quien todos llamaban Puño de Hierro desde que, una noche, un joven paje tropezó y vertió el plato de comida que le estaba sirviendo. Al parecer el paje no se disculpó con la vehemencia y la humildad que Beauville reclamaba, y entonces el Duque le agarró por el cuello, le arrastró hasta la enorme chimenea y le mantuvo allí dentro, entre las llamas, hasta que el joven se achicharró y su propio brazo quedó convertido en un carbón. Tuvo que usar a partir de entonces un guantelete de hierro del que se sentía tan orgulloso que incluso lo adoptó como apodo y enseña.
Hoy la Dama Blanca nos ha enviado dos juegos de ropas finas para Nyneve y para mí. Sabe que estoy bastante recuperado y quiere que baje a cenar con ella a la gran sala del castillo. Son unas vestiduras magníficas, sobre todo las mías: zapatos de cordobán colorado, calzas de seda, una casaca larga de piel de marta y, por encima, una sobreveste de tela carmesí con cinto de plata. Nos aseamos con el agua caliente que han traído los sirvientes, nos recortamos el pelo y nos ataviamos con nuestras ricas ropas. Me miro en el espejo: pálida y delgada como estoy, parezco más que nunca una mujer disfrazada de hombre. Hundo el dedo en las cenizas del hogar y ensombrezco un poco mi labio superior, mi entrecejo y mi quijada, para fingir un bozo que no tengo. Menos mal que es de noche y la luz temblorosa de las antorchas empaña la visión con un baile de sombras.
Cuando un paje nos conduce por el laberíntico interior del castillo hasta la sala principal, los demás comensales ya están sentados alrededor de la mesa de roble.
La estancia es enorme y, aunque dispone de dos grandiosas chimeneas, una a cada lado de la habitación (sin duda Puño de Hierro abrasó al muchacho en una de ellas), y aunque ambas están encendidas con voraces fuegos que crepitan tanto como el incendio de un bosque, el aposento resulta helador: por eso Dhuoda nos ha proporcionado ropas tan abrigadas. Todos vestimos pieles por debajo de nuestros finos trajes cortesanos, menos la Duquesa, que lleva la piel por fuera y se envuelve en su manto de armiño como el apretado capullo de una rosa blanca.
A la mesa está sir Wolf, a quien no había vuelto a ver desde la contienda. Le encuentro muy desmejorado e incluso un poco encorvado sobre el costado que le tajé, como si le doliera enderezarse. Le he reconocido por su nariz un poco ganchuda, sus ojos amarillentos, su rostro cuadrado y obstinado, como de ave rapaz. Me saluda con una especie de gruñido, pero tengo la sensación de que, tras casi haberlo matado, me tiene cierto aprecio. A su lado hay un hombre de unos treinta años. Un religioso. Es alto y musculoso, con los hombros anchos y la reciedumbre de un guerrero; pero posee una delicada cabeza almendrada, más pequeña que lo que su cuerpo parecería exigir. Su cráneo está cubierto de una fina capa de rizos apretados, menudos y muy negros; su barba, igualmente rizosa, está muy recortada y bien cuidada. Tiene los labios gruesos, la nariz recta, unos grandes ojos soñadores y oscuros, sombreados por larguísimas pestañas. Lleva un forro de piel de zorro que asoma por el cuello y por las mangas, y encima un hábito frailuno de hechura perfecta y rico paño de lana. Es un varón muy hermoso.
– Bien, me alegra comprobar que todos los heridos ya están lo suficientemente recuperados como para sentarse a mi mesa -dice Dhuoda alegremente-. A sir Wolf ya lo conocéis. En cuanto a fray Angélico, es mi primo, además de una de las águilas de la Iglesia. Cuidaros de la dulzura de su rostro, porque es inteligente, inflexible e influyente. Ellos son Leo y Nyne.
– A fe mía que son nombres breves… y no se puede decir que ofrezcan mucha información sobre vuestra procedencia… -contesta el fraile con suave y socarrona voz.
– Son invitados míos y con eso te basta, primo.
– Y, además, yo atestiguo que el caballero Leo sabe combatir con honor y fiereza -interviene sir Wolf con gallardía.
– Por supuesto, por supuesto… Nunca lo he dudado. Además, me gustan los misterios.
El fraile me mira y un chispazo de sonrisa le enciende la barba. Parece encantador. Yo también le sonrío. Luego recuerdo que soy un caballero y recompongo el gesto. Leola, ten cuidado; los varones atractivos son un peligro. Por fortuna, es un fraile.
Los criados van trayendo platos y más platos deliciosos: puerros tiernos con avefrías, pasteles de alondra, cerdo relleno. Crecí sin saber que se podían degustar cosas tan exquisitas como todas las que estoy probando en este castillo. Comemos con avidez y gula, mientras el hipocrás nos endulza la garganta y el corazón.
– Mi primo llegará a Papa, os lo aseguro…
– Dhuoda, por favor… -le reconviene graciosamente fray Angélico.
– Por lo pronto, es el asistente y consejero más preciado de Bernardo de Claraval, ya sabéis, el gran Bernardo.
– Le llaman el Doctor Melifluo, por su verbo dulce y maravilloso. Dicen que es un santo -interviene sir Wolf con la barbilla brillante de grasa.
– Un santo que predica la muerte, curiosamente. Ha sido el gran impulsor de las órdenes militares y sus encendidos y elocuentes sermones han originado las grandes matanzas de las cruzadas. Más que de miel, sus palabras parecen ser de afilado acero -dice Nyneve.
Todo el mundo la contempla con extrañeza. Incluso yo misma. ¿Acaso las órdenes militares no son unas instituciones nobilísimas, el mejor ejemplo del honor y el servicio caballeresco? Y en cuanto a los muertos, ¿no es justa la guerra cuando es contra el infiel?
– Son los enemigos de Cristo, los enemigos de nuestro mundo. Es la guerra, una guerra santa -dice precisamente sir Wolf.
– Bueno, la verdad es que cuando Godofredo de Bouillon entró en Jerusalén, no se detuvo a preguntar cuáles eran las creencias de sus habitantes. En la carnicería que organizó murieron musulmanes, judíos y cristianos orientales. Sí, también cristianos. Y niños, y mujeres. Murieron todos -insiste mi amiga.
– Cuando Godofredo de Bouillon entró en Jerusalén, el gran Bernardo de Claraval apenas sería un niño de diez años. Poco pudo predicar esa gesta que vos llamáis carnicería -dice fray Angélico con rápida dureza. Y luego prosigue endulzando el tono-: Mi buen amigo Nyne, es cierto que el dolor humano repugna al alma cristiana… El monje es precisamente is qui luget, el que llora por los pecados de los hombres. Y estoy dispuesto a concederos que tal vez en el fragor de la contienda se cometieran excesos. Pero no es menos cierto que nos encontramos inmersos en una gran batalla del Bien contra el Mal, de la Cristiandad contra el infiel. Estamos ante un enemigo poderoso y terrible que ansia exterminarnos. Un enemigo que carece de compasión, os lo aseguro. ¿Recordáis a aquellos pobres desgraciados que se dejaron entusiasmar por la prédica del pastorcillo de Vendóme? ¿Aquella cruzada llamada de los Niños? Acabo de enterarme de que, tras sufrir grandes calamidades, los peregrinos llegaron a Marsella, como tenían previsto; pero allí los truhanes con los que viajaban, en connivencia con los infieles, les subieron, engañados, en los barcos de los traficantes de esclavos, a quienes los habían vendido. Las pobres criaturas creían que se dirigían hacia Tierra Santa, pero en realidad las llevaron a los harenes y burdeles de Egipto,
Una opresión en el pecho que me impide respirar. Guy, el pobre Guy. Y el Maestro. ¿Qué habrá sido de ellos? Y todos aquellos muchachitos y muchachitas, toda esa juventud entusiasmada… Ahora recuerdo con vividez a aquellos personajes de extraña catadura que les acompañaban. Lobos que pastoreaban a los corderos. Imagino a los niños en sus manos y siento náuseas.
– Y luego están, como seguramente sabéis, los terribles monjes militares del Islam… Los ashashin. Son tan peligrosos y crueles que la palabra asesino, que ahora ya empleamos de modo habitual en la lengua popular, la hemos aprendido de su nombre… Sólo deben obediencia a su Gran Maestre, el Viejo de la Montaña, y viven en inaccesibles fortalezas que ellos llaman ribbats y que, en alguna heroica ocasión, han sido tomadas y ocupadas por caballeros templarios… Su ferocidad es tal que están obligados por juramento a no abandonar ningún combate mientras el número de sus enemigos no les supere por más de siete a uno… Nuestros templarios, que son los más aguerridos de entre todos los caballeros cristianos, sólo están juramentados para resistir hasta cuatro contrincantes. Claro que los ashashin se ayudan del hashis, una sustancia intoxicante que ingieren momentos antes de la batalla… Como veréis, mi apreciado Nyne, necesitamos órdenes militares para luchar contra estos demonios. Además, ¿no creéis que la cruzada posee el beneficio añadido de ofrecer un objetivo de gloria a los jóvenes caballeros? Sin eso, nuestros caminos estarían llenos de guerreros segundones y turbulentos, de iuvenes airados buscándose la vida y organizando contiendas contra sus propios hermanos. Y os ruego que me perdonéis, si por ventura ése es vuestro caso.