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La Leyenda De La Séptima Virgen

Электронная книга - «La Leyenda De La Séptima Virgen». Краткое содержание книги:

El peligroso viaje de una virgen, hasta convertirse en mujer…
La leyenda decía que seis novicias que vivían en un convento fueron convertidas en piedra cuando faltaron a sus votos. La séptima virgen debía enfrentar un destino diferente…
Muchos años más tarde, cuando el convento había pasado a ser la mansión de la familia St. Larston, el destino reclamó a otra joven virgen.
Kerensa Carlee era apenas una muchacha campesina, pero tenía ambición y era hermosa… y sabía muy bien usar ambas cosas. En esta mansión misteriosa, Kerensa en su calidad de dama de compañía, debió iniciar el peligroso viaje hasta convertirse en mujer.
La presencia de Kerensa evocó antiguos recuerdos y extraños acontecimientos del pasado. Ella fue la causa que se despertara ese ancestral espíritu de venganza, capaz de llevar hasta la locura, especialmente en noches de luna.
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—Antes quiero mostrarte algo. ¿Cuánto tiempo hace que vives en Saint Larston, Kerensa?

—Llegué cuando tenía unos ocho años.

—Ahora tienes quince, o sea que debe de haber sido hace siete años. No te habrías enterado. Sucedió hace diez años.

Y me guió hacia el costado de la iglesia, donde se alzaban del suelo una o dos lápidas más recientes. Deteniéndose ante una de ellas, como si leyera la inscripción, me hizo señas de que me acercara.

—Léela —dijo. Yo leí:

—"Mary Anna Martin, treinta y ocho años. En plena vida nos rodea la muerte."

—Esa era mi madre. Fue sepultada aquí hace diez años. Ahora lee el nombre de abajo.

—"Kerensa Martin". ¡Kerensa!

Ella asintió, sonriéndome con expresión satisfecha.

—¡Kerensa! Me encanta tu nombre. Me encantó tan pronto como lo oí. ¿Recuerdas? Estabas dentro del muro. Dijiste: "No es eso, es la señorita Kerensa Carlee." Qué extraño, cómo se pueden rememorar días y días en un minuto apenas. Recordé cuando dijiste eso. Esta Kerensa Martin era mi hermana. Verás, dice "tres semanas y dos días de edad", y la fecha. Es la misma que la de arriba. Algunas de esas lápidas tienen historias que contar, ¿verdad?, si una se pasea leyéndolas.

—¿Entonces tu madre murió al nacer ella?

Mellyora asintió con la cabeza.

—Yo quería una hermana. Tenía cinco años y me parecía haberla esperado durante años. Cuando ella nació, me entusiasmé. Creía que podríamos jugar juntas enseguida. Entonces me dijeron que debía esperar a que ella creciese. Recuerdo que a cada rato corría hasta mi padre diciéndole: "Ya esperé. ¿Ella no es todavía grande como para jugar?" Hacía planes para Kerensa. Sabía que iba a ser Kerensa antes ya de que ella naciese. Mi padre quería para ella un nombre de Cornualles, y decía que ése era un hermoso nombre porque significaba paz y amor que, según él, eran las mejores cosas en el mundo. Mi madre solía hablar de ella y estaba segura de que tendría una niña. Por eso hablábamos de Kerensa. Salió mal, ¿entiendes? Murió y mi madre murió también; y entonces todo fue distinto. Nodrizas, institutrices, amas de llave… y lo que yo había anhelado era una hermana. Deseaba una hermana más que nada en el mundo…

—Comprendo.

—Bueno, por eso fue que cuando te vi allí de pie… y porque te llamabas Kerensa. ¿Entiendes a qué me refiero?

—Pensé que era porque me compadecías.

—Compadezco a todos los que veo en la plataforma de contratación, pero no podía traerlos a mi casa, ¿verdad? Papá ya está bastante preocupado por las cuentas. —Rió al agregar—: Me alegro de que hayas venido.

Contemplé la lápida, pensando en la fortuna que me había brindado todo cuanto yo quería. Podría haber sucedido de modo muy distinto. Si esa pequeña Kerensa hubiese vivido… si no se hubiese llamado Kerensa… ¿dónde estaría yo en ese momento? Pensé en los ojillos porcinos de Haggety, en la fina boca de la señora Rolt, en la tez purpúrea de Sir Justin, y me sentí intimidada por esa serie de acontecimientos a lo que se llama Fortuna.

* * *

Después de nuestra charla en el camposanto, éramos más amigas que nunca. Mellyora quiso hacerse la idea que yo era su hermana. Yo estaba muy dispuesta. Esa noche, cuando le cepillaba el cabello, empecé a hablar sobre Justin Saint Larston.

—¿Qué opinas de él? —pregunté y vi que se ruborizaba enseguida.

—Me parece guapo.

—¿Más que Johnny?

—¡Oh… Johnny! —exclamó en tono despectivo.

—¿Habla mucho contigo?

—¿Quién… Justin? Siempre se muestra amable cuando voy allá, pero está muy ocupado. Trabaja. Se diplomará este año y entonces estará siempre en casa.

Sonreía secretamente, pensando en el futuro, cuando Justin estaría siempre en casa. Yendo a caballo por el campo se le encontraría; cuando ella fuese de visita con su padre él estaría allí.

—¿Te agrada? —insistí. Ella asintió con la cabeza, sonriendo—. ¿Más que… Kim? —arriesgué.

—¿Kim? ¡Oh, es alocado! —Arrugó la nariz—. Me gusta Kim. Pero Justin es igual que un… caballero antiguo. Sir Galahad o Sir Lancelot. Kim no es así.

Pensé en Kim llevando a Joe a través del bosque hasta nuestra ¿abaña, aquella noche. No creía que Justin hubiera hecho eso por mí. Pensé en Kim mintiendo a Mellyora acerca del muchacho que se había caído del árbol.

Mellyora y yo éramos como hermanas; íbamos a compartir secretos, aventuras, nuestras vidas enteras. Tal vez ella prefiriese a Justin Saint Larston… pero mi caballero antiguo era Kim.

* * *

La señorita Kellow tenía uno de sus ataques de neuralgia, y Mellyora, que siempre era compasiva hacia los enfermos, insistió en que se quedase acostada. Ella misma corrió las cortinas, y ordenó a la señora Yeo que no la molestaran hasta las cuatro, hora en que se le debía llevar el té.

Habiéndose ocupado de la señorita Kellow, Mellyora me hizo llamar y dijo que tenía ganas de dar un paseo a caballo. Mis ojos centellearon, porque ella, naturalmente, no iría sin compañía, y yo estaba segura de que preferiría la mía antes que la de Belter.

Mellyora montó su jaca y yo iba en Cereza, que se utilizaba para el cochecito. Tenía la esperanza de que algunas personas de Saint Larston me viesen al cruzar el poblado, especialmente Hetty Pengaster, en quien me había fijado más desde que percibí el interés de Johnny Saint Larston en ella.

Sin embargo, nos vieron tan sólo algunos niños que se apartaron a nuestro paso; los varones saludaron con respeto y las niñas hicieron reverencias… lo cual me llenó de satisfacción.

En poco tiempo llegamos al páramo, y la belleza del paisaje me quitó el aliento. Inspiraba temeroso respeto. No había signos de morada alguna, nada más que páramo, cielo y los tormos que, aquí y allá, se alzaban del erial. Sabía que la escena podía ser lóbrega de noche; ese día era resplandeciente, y el sol, al caer sobre los arroyuelos que aquí y allá caían sobre los peñascos, los convertía en plata; y podíamos ver que en el césped, las gotas de agua brillaban cual diamantes.

Mellyora tocó levemente los flancos de su jaca, que se lanzó al galope; yo la seguí, y saliendo del camino atravesamos la hierba hasta que Mellyora detuvo su cabalgadura frente a una extraña formación de piedra; y cuando llegué en pos de ella, porque su jaca era más veloz que la mía, vi tres losas de piedra verticales sosteniendo otra losa que se apoyaba encima de ellas.

—¡Pavoroso! —comentó Mellyora—, Mira en torno. No hay señales de nadie. Aquí estamos, Kerensa, tú y yo, solas con eso. ¿Sabes qué es? Es un cementerio. Hace años y años… tres o cuatro mil años antes de que naciera Cristo, las personas que vivían aquí erigieron esa tumba. No podrías mover esas piedras aunque lo intentaras durante el resto de tu vida. Kerensa, ¿no te hace sentir… extraña estar aquí, al lado de eso, y pensar en esa gente?

La miré; con el viento agitándole los rubios cabellos, que caían en rizos bajo su gorro de montar, estaba muy bonita. Además, hablaba en serio.

—Dime, ¿qué te hace sentir, Kerensa? —insistió.

—Que no hay mucho tiempo.

—¿Mucho tiempo para qué?

—Para vivir… para hacer lo que una quiere… para obtener lo que una desea.

—Dices cosas extrañas, Kerensa. Me alegra que lo hagas. No soporto saber lo que van a decir las personas. Eso me ocurre con la señorita Kellow, y hasta con papá. Contigo nunca lo sé con certeza.

—¿Y con Justin Saint Larston? Apartándose, repuso con tristeza:

—Casi nunca me habla ni se fija en mí. Tú dices que no hay mucho tiempo, pero mira lo que se tarda en crecer.

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