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El susurro del diablo

Электронная книга - «El susurro del diablo». Краткое содержание книги:

Tres muertes se suceden en un breve intervalo de tiempo: una chica salta desde la azotea de un edificio de seis plantas; otra, cae del andén al paso de un tren; y una tercera es atropellada de noche por un taxi. Pero ¿qué relación guardan estos tres casos? ¿Accidentes, suicidios… o asesinatos?
Mamoru, un joven de dieciséis años, tratará de desenmarañar el misterio. Su tío es el taxista que ha atropellado a la tercera víctima y se encuentra en prisión preventiva, acusado de homicidio involuntario.
Decidido a ayudar a su tío y limpiar su buen nombre, el astuto joven descubre que la chica que encontró la muerte bajo las ruedas del taxi participó en una despiadada estafa, y que tres de las cuatro mujeres involucradas en la misma ya están muertas.
Cuando un influyente empresario se presenta ante la policía para desvelar nuevas evidencias que dan un vuelco a la investigación, Mamoru comienza la búsqueda de la única superviviente, que es también el siguiente objetivo del asesino.
Y, entonces, el asesino contacta con él…
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– ¿Señor Sayama?

– ¿Qué ocurre?

– He estado pensando en el accidente y me pregunto si realmente Yoko Sugano estaba sola cuando el taxi la atropello.

– Pues eso lo haría todo mucho más fácil.

Mamoru le explicó las teorías de Takano y Anego.

– Nadie ha declarado haber visto a alguien huir de la escena. Aunque supongo que es posible -concluyó Sayama.

– ¿Realmente lo cree?

– Sí, pero también te digo que si todo sucediera solo porque es posible, ya estaríamos tomando cócteles en Marte.

Mamoru permaneció pensativo un buen rato después de haber colgado el teléfono.

«¿Por qué no puede la policía tomarse unos pocos minutos para investigarlo?».

Su tío Taizo pasaría la noche en detención preventiva y su tía Yoriko en el hospital. Un zapato que le lanzaron a la cara, según había contado el señor Sayama.

«Solo unos cuantos minutos para investigar…»

El reloj marcó las diez.

«Tendré que encargarme yo mismo.»

* * *

No le costó mucho tomar una decisión. Tenía suerte. Se encontraba en una posición de ventaja.

«Suerte.» Se mordió el labio ante la ironía de haber pensado en aquella palabra en particular.

Justo después de las diez, llamó a alguien. No sería una molestia, sabía que, a esas horas, aún estaría inmerso en su trabajo. Nada más oír su voz al otro lado de la línea, fue directamente al grano.

– ¿Recuerdas la conversación que tuvimos esta mañana? Sí, a eso me refiero. Necesito hablar contigo. Hay algo más. Algo que no te he contado aún. ¿Puedes hacerme un hueco? Genial, voy para allá.

Colgó el teléfono y se preparó para salir. La señora de la limpieza que su mujer acababa de contratar le lanzó una mirada de preocupación.

– ¿Va a salir tan tarde, señor?

– Sí, estaré fuera unas horas, así que no me espere.

– ¿Qué le digo a la señora cuando llegue a casa?

– No se preocupe por ella. -Sabía que en una semana, la criada se percataría de la falta de interés del matrimonio en las actividades que cada uno tenía.

Se encaminó hacia el garaje y encendió la calefacción del coche. Las sordas vibraciones parecían sacudir su corazón. ¿Serviría de algo? ¿Podría aclararlo todo sin que le saliera el tiro por la culata? Cerró los ojos y recordó el rostro del chico. Para cuando sacó el coche del garaje ya se sentía más tranquilo.

Al verse frente al edificio, sintió miedo por primera vez. ¿Podría conseguirlo? ¿Qué sucedería si se iba de la lengua y empezaba a soltar toda la verdad? Bueno, tendría que averiguarlo por sí mismo.

* * *

Sentada en el tren expreso que se dirigía a toda velocidad hacia Tokio, Kazuko Takagi tuvo un sueño. Sintió una tenue palpitación en las sienes y se vio invadida por un tremendo cansancio. Incluso dormida estaba exhausta.

«Kazuko, ¡estoy muerta!», Yoko estaba a su lado. Su expresión era insoportablemente triste. «Pobre Kazuko, ahora te toca a ti. Contigo se cierra el círculo.»

«¡Yo no voy a morir!», gritó con todas sus fuerzas Kazuko. Podía ver a Yoko, a Fumie Kato y a Atsuko Mita. Atsuko no tenía cabeza. ¿Cómo era posible entonces que llorara de aquel modo?

«Kazuko, he perdido mi cabeza. ¡Ayúdame a encontrarla! Ayúdame», decía entre sollozos. Pobre… Pobre Kazuko. La última será la que más sufra de todas…»

Kazuko se despertó con un sobresalto. Le dolía la cabeza y el corazón le latía con mucha fuerza. En el exterior todo estaba a oscuras, y el reflejo de su cara en la ventana se hacía nítido. Echó un vistazo a su reloj. Estaría en Tokio en una hora. Quería regresar a casa, tumbarse en su cama… Quería sentirse a salvo en su apartamento.

«¿Por qué tengo tanto miedo?», se pregunto Kazuko para sus adentros mientras intentaba calmar el ritmo de su respiración. «No me suicidaré. ¡Nunca! No hay motivos para asustarse.»

Miró de nuevo el reloj. Echó un vistazo al horario que había comprado en la estación al marcharse de Tokio. De pronto, se dio cuenta de que, sí, había motivos para asustarse.

Se había marchado del velatorio de Yoko con tiempo suficiente como para coger un tren que saliese temprano. No había razón para quedarse allí o en ningún otro sitio por más tiempo, ni aunque fuera eso lo que desease.

Entonces, ¿por qué demonios se encontraba en el último tren que salía para Tokio?

Se retorció las manos.

«¿Qué he estado haciendo durante este lapso de tiempo?».

Capítulo 3

Las musas inquietantes

Era la una de la madrugada, y Mamoru se encontraba en el cruce donde había tenido lugar el accidente. Las estrellas brillaban en el oscuro cielo. Soplaba un aire frío, y todo a su alrededor tenía un aspecto diáfano, limpio, como la pecera a la que acababan de cambiar el agua. La ciudad dormía.

Permaneció unos minutos inmóvil, observando el juego de luces del semáforo: rojo, amarillo, verde. Un mudo espectáculo eléctrico. Durante el día, dirigía eficientemente la incesante horda de vehículos. Quizá cuando caía la noche, su tarea se limitara a guardar el orden de los sueños de las masas durmientes.

Mamoru aspiró una profunda bocanada de aire, empapándose de las fragancias de la noche. Antes de salir de casa, se había ataviado con un chándal de color gris oscuro y un viejo par de zapatillas con las suelas desgastadas. Cuando salía a correr y a fin de proteger los tobillos, utilizaba otras zapatillas de suela más gruesa, pero se decantó por las más gastadas para conjurar la posibilidad de hacer demasiado ruido en una calle tan silenciosa como esa. Llevaba además unos mitones y una toalla blanca alrededor del cuello. Tendría un buen pretexto en el caso de que alguien preguntase qué hacía allí. Cada vez más adeptos al jogging salían a correr por la noche, porque así tenían las calles para ellos solos.

En el bolsillo derecho de los pantalones llevaba las herramientas que necesitaba para completar su tarea.

El semáforo de peatones se puso en verde, y Mamoru cruzó la desierta intersección. Tal y como contó su tía, había una máquina expendedora de tabaco así como una cabina telefónica frente a una tienda que ahora estaba cerrada a cal y canto. Mamoru había estudiado bien el mapa y sabía perfectamente hacia dónde tenía que dirigirse. Dio la espalda a la intersección y echó a correr a un ritmo tranquilo.

El diminuto edificio donde una vez residió Yoko Sugano apenas quedaba a cincuenta metros al oeste, frente a una estrechísima carretera secundaria. Los baldosines de la fachada adoptaban bajo la luz de las farolas un color que se asemejaba a la sangre seca. El camino de acceso, angosto y asfaltado, culminaba en una escalera de hormigón iluminada. No había ningún vestíbulo común; todos los apartamentos disponían de sus propias entradas exteriores.

Mamoru se detuvo unos segundos, el tiempo suficiente para echar un buen vistazo a su alrededor. No había nadie. Creyó oír el lejano rumor de un tarareo; tal vez hubiese un karaoke cerca. Entonces, cruzó la carretera y se dirigió hacia la escalera. Un par de ojos dorados y brillantes lo observaban desde detrás del edificio. A Mamoru se le heló la sangre un instante. No era más que un gato negro que huía calle abajo, pero tuvo la sensación de que lo habían descubierto.

Los buzones de aluminio de los residentes se apilaban al pie de la escalera. Quedaban divididos en cuatro hileras, una para cada planta, y todos estaban equipados con un candado de combinación. Uno de los buzones de la fila superior llevaba inscrito «Sugano 404».

Mamoru se quitó los zapatos, los escondió en un arbusto y subió la escalera descalzo. A esas horas de la madrugada, corría el riesgo de que el sonido de sus pasos desgarrara el silencio de la noche. Alcanzar la cuarta planta le resultó interminable. Y eso que estaba en forma. Durante sus entrenamientos en el instituto, subía escaleras con unos sacos de arena atados a los tobillos, pero incluso aquello, jamás le había parecido tan difícil como recorrer la distancia que lo separaba del apartamento de Sugano. Tenía las plantas de los pies congeladas, y la iluminación del edificio le hacía sentirse demasiado expuesto.

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