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Электронная книга - «Bajo El Disfraz». Краткое содержание книги:

Claudia Moore era una aspirante a reportera en busca de su gran oportunidad. Por eso cuando se enteró que había un Papá Noel que realmente hacía que se cumplieran los deseos de los niños, pensó que había llegado su momento. Pero no se le ocurrió que aquella fuera a ser una misión en la que tendría que trabajar de incógnito… ¡y vestida de duende! Pero, por si eso no fuera suficiente, pronto se dio cuenta de que se estaba enamorando del mismísimo hombre al que debía desenmascarar…
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Cuando llegó a la primera planta por tercera vez Claudia salió del ascensor y se acercó al guarda de seguridad.

– Perdone, estoy pulsando el botón del quinto piso, pero cuando llega al cuarto vuelve a bajar.

– Las oficinas no están abiertas los domingos y hace falta una llave especial para subir a la quinta planta. Se puede bajar, pero no se puede subir-contestó el hombre.

– Pero es que tengo que dejar una cosa en la oficina del señor Dalton…

– Puedo dejarla yo, si quiere.

– No, tengo que hacerlo yo misma. Gracias.

El guarda se encogió de hombros.

– Pues tendrá que hacerlo el lunes.

– Pero yo… En fin, gracias.

Claudia se dio la vuelta pensando entrar de nuevo por la escalera secreta, pero no sabía si habría alguien en la oficina. Si esperaba hasta la hora del cierre se arriesgaba a que la pillasen. Quizá podría quedar a comer con Tom y pedirle que fuera a buscar un vaso de agua o una taza de café. No tardaría más d un minuto en guardar el archivo en el cajón.

– Esto es lo que te mereces. Estás loca por el objeto de tu artículo y has perdido toda objetividad Si fueras una periodista seria, te quedarías con el archivo y escribirías el maldito reportaje.

Irritada, dejó escapar un suspiro. Quizá no estaba hecha para trabajar en el New York Times. Además. Tom Dalton empezaba a ser muy importante para ella. Más importante que…, no quería ni pensarlo

Pero aunque llevaba un pendiente y tenía mechas rosas en el pelo, Tom seguía siendo Un hombre de negocios. Un hombre al que no le haría ninguna gracia que alguien hubiese robado uno de sus archivos,… aunque fuera Una mujer a la que no podía parar de besar.

– Encontraré la forma-murmuró para sí misma-. Arreglaré este desastre.

Capítulo 6

CLAUDIA estaba sentada en el banco, quitándose los botines. Los nuevos uniformes habían llegado el martes y aunque estaban confeccionados en algodón, el diseño era aún más ridículo que el anterior. En lugar de una casaca roja con lunares verdes, era una chaqueta de lentejuelas doradas… con botines y leotardos rojos.

En realidad, aunque hubiera sido de seda y creado por un diseñador italiano, Claudia no habría estado satisfecha.

Después de la noche loca del sábado, Tom había desaparecido dejándola sin saber si lo que hubo entre ellos era real o una fantasía inducida por el champán.

Suspirando, se tumbó en el banco y se cubrió la cara con el brazo. Cinco días sin saber una sola palabra de él.Nadie en los almacenes sabia nada sencillamente se había esfumado. Una buena periodista sabría cómo encontrarlo sabría a quién preguntar, pero en aquel momento no se sentía como una buena periodista En realidad estaba hecha un lío.

Durante aquellos días, mientras atendía a los años, miraba una y otra vez para ver si lo veía. La idea de no volver a estar con él, de no volver a besarlo era insoportable.

Pero era absurdo. Después de todo, ¿qué había visto en Tom Dalton? Una aventura estaría bien pero pronto él empezaría a pedir lo mismo que lo demás. Querría una esposa, alguien que le hiciera la colada y que tuviese niños.

Pues ella no era esa mujer. Ella era una chica dura una periodista cuyo único objetivo en la vida era trabajar para un gran periódico. Y ningún hombre, por irresistible que fuera, la haría cambiar de opinión.

Entonces miró de nuevo el archivo que llevaba guardado en el bolso. Ni siquiera lo había abierto.Intentó hacerlo varias veces, diciéndose que eso era lo que haría una buena periodista pero su conciencia interfería siempre

Sin embargo en aquel momento se levantó para sacarlo del bolso. ¿Qué lealtad iba a tener por un hombre que la había abandonado después de pasar una noche…?

– Qué te parecen los nuevos uniformes?

Claudia se volvió, con el corazón en la garganta. Tom estaba en el quicio de la puerta vestido de esmoquin más guapo que nunca. Las mechas rosas habían desaparecido, igual que el pendiente, y no pudo evitar una sonrisa

Pero al recordar cómo la había abandonado, la sonrisa se convirtió en una mueca.

– Vaya, vaya. Mira quién está aquí. Estaba empezando a preguntarme si volvería a verte.

Tenía todo el derecho del mundo a estar enfadada. No era su mujer ni su novia y no quería serlo, pero…

– Aquí estoy.

– Parece que tú también llevas un uniforme. ¿Eso es lo que los directores generales llevan ahora?

– Es que voy a una fiesta. ¿Por qué estás enfadada conmigo?

– ¿Yo enfadada? ¿Por qué iba a estar enfadada?

– Eso digo yo.

Claudia soltó una risita.

– Quizá porque después de pasar una noche romántica encerrada en tus malditos almacenes me abandonaste sin decir una palabra. ¡Hoy es jueves! Hace cinco días… aunque no los he contado… hace cinco días que no sé nada de ti.

– Te dejé una nota-dijo Tom-. Y te he enviado dos o tres faxes por día. La señorita Lewis los puso en tu buzón.

– En mi buzón?

El señaló unos buzones grises colgados en la pared.

– Así es como enviamos los informes a cada empleado.

– Yo… no sabía que tenía un buzón-murmuró Claudia. ¿Le había mandado faxes? ¿Dos o tres al día? Eso era muy romántico-. De todas formas, no te perdono.

Sonriendo, Tom la tomó por la cintura. Y cuando ella se negó a mirarlo, levantó su barbilla con el dedo.

– Entonces tendré que compensarte de alguna forma. He venido para invitarte a una fiesta. Te apetece?

– Espero que la fiesta sea la semana que viene que la razón por la que llevas un esmoquin es que tus otros trajes están en la tintorería Sería muy poco ortodoxo invitarme a una fiesta que tiene lugar hoy mismo.

– En realidad, empieza dentro de hora y media Pero no tienes que preocuparte por el pelo o el maquillaje…

– Cómo?

– Que estás muy guapa así Tienes una belleza natural y no necesitas cosméticos

– ¡Claro que los necesito! Pero la respuesta es:«no»-exclamó Claudia.

– Por qué? ¿Porque te lo he pedido muy tarde? Esa no me parece una buena razón.

– Ah, no? Pues tenías que habérmelo dicho antes

– Lo hice. Te lo he preguntado por fax varias veces. ¿Qué culpa tengo yo si tuve que irme de Schuyler Falls a toda prisa?-suspiré él-. Pero da igual. Entiendo que no quieras venir. No tienes ninguna obligación Que hayamos pasado una noche juntos… además, no hicimos nada…, y podría pedírselo a Janine, de Contabilidad o a Lila, de…

Una oleada de rabiosos celos sorprendió a Claudia No pensaba dejar que otra mujer se acercase a Tom. Y menos con lo guapo que estaba vestido de esmoquin.

– Sí-dijo entonces.

– Sí no tienes ninguna obligación? ¿O sí, vienes conmigo a la fiesta?

– Sí a las dos cosas… Espera, no puedo ir a la fiesta. No tengo nada que ponerme.

– Yo podría ponerme un uniforme de paje. Entonces iríamos conjuntados, ¿no?-rió Tom.

– No seas bobo-murmuró Claudia, irritada.

Tendría que invitar a Janine o a Lila, unas frescas que no se separarían de él en toda la noche. Y al final, quizá Tom las besaría como la había besado a ella.

– En fin, resulta que yo tengo una pequeña tienda con vestidos y zapatos-rió él entonces-. Pero cierra en diez minutos. Le diré al guarda de seguridad que vas a quedarte comprando y le pediré a alguno de los dependientes que espere.

– En serio?

– En serio. Puedes elegir lo que quieras.

– No puedo aceptar…

– Es solo un préstamo-la interrumpió Tom-. Puedes devolverlo todo mañana.

– La gente empezará a rumorear. Que le prestes un vestido de noche a uno de tus pajes levantará todo tipo de sospechas.

– Pago a mis empleados para que se guarden los rumores en el bolsillo.-

– Entonces, ¿esto es una cita?

El se quedó pensativo un momento.

– Sí. Creo que podríamos considerarla nuestra primera cita.

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