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Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:

No era la gripe. Nicole estaba embarazada. Y no recordaba haberse acostado con ningún hombre en los últimos cuatro años. ¿Era posible que hubiese tenido relaciones con Mitch, su empleado… en unas circunstancias poco claras? En efecto, ella no se acordaba, pero así había sido. Y su caballero andante acabó rindiéndose a sus pies.
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
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– ¿Aura? Vamos, muchachos…

– Véamoslo -dijo Mitch al joyero.

El anciano los condujo a la trastienda, una estancia entrelarga atestada de herramientas y bancos de joyería. Empezó a rebuscar en los cajones y finalmente extrajo un estuche de terciopelo. Luego encendió una lámpara e iluminó con ella el anillo.

– Como le he dicho, la montura no es la original, pero intenté reproducir el concepto del artista… salvo que él trabajó con platino, y la piedra… bueno, pensé que necesitaba una montura de oro para sostenerse adecuadamente. Aún no lo he terminado, pero puede probárselo.

– Sí, pruébatelo -la animó Mitch.

Ella apenas había mirado aún el anillo. Pero cuando Mitch le tomó la mano y se lo puso en el dedo… algo ocurrió.

Nicole habría jurado que no había ni un ápice de romanticismo en su alma. Años atrás, había suprimido de su carácter esas zarandajas sentimentales. Se había quemado demasiadas veces con los fuegos emocionales que había encendido de adolescente. Pero el anillo tenía algo…

No era grande. El suave oro alojaba al diamante de modo que éste parecía tener forma de corazón. Forma de amor. Y no era posible que transmitiera calor a su dedo. Nicole sabía perfectamente que no podía haber un cálido genio de amor atrapado en la piedra, pero… La tocó. Y, de pronto, unas susurrantes imágenes danzaron en su mente; imágenes de castillos, y princesas, y un caballero que la protegería en la más oscura de las noches. Se había sentido bien durante todo el día, pero, ¿quizá sufría un principio de gripe? Una súbita fiebre era la única excusa que se le podía ocurrir para semejante delirio.

– Le encanta -dijo Mitch al joyero-. ¿Cree que podrá tenerlo terminado dentro de cinco días?

– ¡Mitch! -Nicole alzó rápidamente la cabeza-. ¡Ni siquiera has preguntado cuánto vale! Por lo que sabemos, puede costar una fortuna…

– El gasto no tiene ninguna importancia, Nik.

Nicole sabía que él estaba situado tras ella, más cerca que su propia sombra, porque sus nervios siempre parecían cargarse de electricidad cuando tenía a Mitch cerca. Se volvió para mirarlo.

Ni en cientos de años hubiese esperado que, de repente, le rodease el cuello con los brazos. Ni en miles de años hubiese esperado que la besara en aquella polvorienta trastienda, delante del joyero. Pero eso hizo. Ni siquiera le permitió tomar aire. Reclamó su boca con un cálido y ardiente beso que la privó de la vista y el oído e hizo que las rodillas se le doblaran.

Magia. Nicole siempre había creído en su existencia. Pero no confiaba en ella. No obstante, en aquel momento preciso, fue como si el resto del universo estuviese dormido, y sólo Mitch y ella estuviesen despiertos. El salvaje beso de Mitch le habló de su temor y de su vulnerabilidad. Su boca sabía a soledad y a deseo. A todo aquello que ella siempre había temido. Y él era el único que la había comprendido.

Finalmente, Mitch alzó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Nicole durante un largo momento, como si sólo la estuviera mirando a ella, como si nada más que ella existiera. Y quizá percibió la endeblez de sus piernas, porque le apretó la mejilla contra su hombro rodeándola con un brazo seguro y protector.

– Cueste lo que cueste, necesito ese anillo para el sábado por la mañana. No me importa el precio. Ponga el que quiera -dijo Mitch al joyero, y a continuación se sacó el talonario del bolsillo.

Casi eran las nueve cuando Mitch la dejó en su casa. Nicole se quedó observando hasta que las luces del coche desaparecieron. Luego soltó el bolso y la chaqueta, y se dirigió hacia la cocina. Se había dicho que tenía hambre. Por algún extraño motivo, Mitch rechazó una y otra vez la sugerencia de pararse a cenar en algún sitio. Sin embargo, Nicole no pudo terminar el plato de comida.

Quizá no tuviera el estómago lleno, pero sentía que su corazón iba a rebosar. Mientras llevaba el plato al fregadero, no consiguió dejar de pensar en Mitch. En cómo había sido con ella esa tarde. En el anillo. En el beso.

La sensación de gozo no dejaba de bullir en su corazón. Mitch aún no había hablado de amor, pero sus actos demostraban que sentía algo muy fuerte y poderoso por ella.

Parecía un cuento de hadas. Nicole nunca había esperado sentir amor. El hechizo malo de la bruja pesaba en su vida como una losa insoportable. Pero tampoco había esperado nunca que Mitch apareciese en su camino. Confiaba en él como jamás había confiado en nadie. Mitch provocaba en ella una pasión como Nicole jamás había soñado que pudiera sentir con el hombre perfecto. Era imposible no amarlo… Divertido, cálido, bueno por dentro y por fuera. Y quizá todo aquello hubiera comenzado con un error, pero si existía la posibilidad de que él también la amase a ella, nada impediría que fueran felices como en el final de los cuentos.

Salvo que la mujer que intentaba protagonizar aquel cuento de hadas no se parecía ni remotamente a la inocente princesita. De hecho, dicha mujer tenía tras de sí un amplio historial de errores antes de conocer a Mitch.

Nicole acabó de fregar los platos y echó un vistazo al teléfono. Un nudo se le formó en la garganta. Resueltamente, se secó las manos, descolgó el auricular y marcó el número de Sam y Leila. La pareja había acogido a otros chicos después que a ella, pero nunca habían perdido el contacto.

Incluso antes de oír la voz de Sammy, Nicole revivió mentalmente el día en que la encontró en la calle y, con su dura voz de policía, la obligó a que lo acompañara a su casa a ver a Leila. Y, tal como ella esperaba, su familiar voz la llenó de un agradable calor.

– Vaya, si es mi chica favorita.

– Tu chica favorita va a casarse, Sammy.

– ¿Estás asustada?

Nicole sintió ganas de poner los ojos en blanco. Sammy siempre daba en el clavo.

– Sí.

– Eso es bueno, cariño. Nadie que no tenga miedo de un compromiso como el que supone el matrimonio está en sus cabales. ¿Y él es lo bastante bueno para ti?

– Demasiado bueno -respondió ella con sinceridad.

Como era previsible, Sammy intentó rebatir aquel punto. Charlaron sobre los niños acogidos, sobre el trabajo y la vida. Hablar con Sam o Leila siempre fortalecía su confianza en sí misma. Pero, después de colgar, comprendió que tenía que hacer otra llamada. Una llamada mucho más dura y difícil. El nudo que le obstruía la garganta creció hasta adquirir el tamaño de un peñasco.

Antes de que pudiera cambiar de opinión, Nicole descolgó de nuevo el teléfono y marcó el número de sus padres. Llevaba dos años llamándolos sin falta cada dos semanas. Que quisieran o no saber de ella era irrelevante.

Sin embargo, no había sabido cómo comunicarles la noticia del embarazo. Ni siquiera sabía si les interesaba en absoluto. Por eso, desde hacía algún tiempo, había faltado a la costumbre de telefonearles.

Su madre respondió después del tercer tono.

– Hola, mamá. Soy yo, Nicole.

Al oír la voz de su madre, volvieron a ella los sentimientos infantiles de ansiedad y de miedo.

– Hacía tiempo que no llamabas.

– Sí. ¿Cómo estás? ¿Y cómo le va a papá con la artritis? ¿Sigues yendo al coro?

– Sí. Tenemos a una nueva soprano. Tu padre se lastimó la espalda hace dos semanas, levantando unos sacos… Ya sabes lo terco que es. Podíamos haberle pagado al chico que vive más abajo para que lo ayudase, pero no, Joe tenía que hacerlo solo…

– ¿Y está bien? ¿Ha ido al médico?

– ¿Tu padre? No me hagas reír. Ya sabes que piensa que los médicos son todos unos charlatanes…

Nicole notó que las palmas de las manos se le humedecían a causa de los nervios. El pulso le latía con fuerza. Siempre era lo mismo. Les preguntaba sobre ellos, pero no hablaba de sí misma… ni ellos le preguntaban.

Cuando su madre se disponía a colgar, Nicole dijo rápidamente:

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