Por arte de magia
- Автор: Грин Дженнифер
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
Las preocupaciones se agolparon de pronto en su mente. Pero no se arrepintió de la decisión tomada. La calma de Mitch, y el hecho de que aceptara con entusiasmo la propuesta, indicaban que deseaba aquel matrimonio. Además, el amor que ella sentía por él justificaba doblemente el enlace. Aún no le había hablado de su pasado. Y tenían un millón de cosas que resolver. Pero aquellos riesgos y temores palidecían comparados con el problema inmediato que Mitch acababa de poner sobre el tapete… cómo podrían tener reorganizadas sus vidas por completo para el siguiente sábado.
– Mitch, no sé si podremos tenerlo todo preparado para el sábado. Análisis de sangre. Un certificado. La ceremonia civil. Ni siquiera he pensado aún en el papeleo necesario. ¿Y no deberíamos hablar del dinero? Los seguros, las cuentas corrientes…
– Eh, eh, antes de que esa cabecita práctica tuya empiece a girar como un trompo, reduzcamos el problema. ¿Te ves capaz de decidir qué querrás llevar puesto dentro de cinco días?
– Claro que sí. Pero no estaba pensando en mí…
– Naturalmente que no. Nunca piensas en ti. Tendremos que hacer algo drástico con respecto al desinterés crónico que padece usted, señorita Stewart. Te juro que te apuntaría a un cursillo sobre cómo ser egoísta, pero seguro que suspenderías.
– ¡Landers! ¡Yo soy una persona terriblemente egoísta!
– Sí, claro. Y a los gatos les encanta nadar. Pero volviendo a lo de antes… Te preocupas por solucionar todo lo referente a mí o al niño. Pero la boda sigue siendo la principal prioridad. Sí, hay muchas cuestiones que necesitamos solventar… y el dinero es una de ellas. Pero puede esperar. ¿Entendido?
– Más o menos -Nicole se tiró nerviosamente del zarcillo-. Tomas decisiones a la velocidad de la luz, Landers. ¿Cómo no me di cuenta antes de cuánto te gusta mandar? -añadió con ironía.
– Creo que sí te diste, y por eso solíamos chocar tanto. Desde luego, no tendrás que preocuparte de aburrirte conmigo…
– Nunca me has aburrido, Landers.
– Bien. Pero aún debemos preocuparnos por una cosa. De hecho, se trata de algo muy serio, y debemos hacerlo enseguida.
– ¿Qué?
– Tenemos que comprar tu anillo. Un anillo.
¿Solventaba de un plumazo asuntos realmente serios en la vida de una pareja, y lo único que le preocupaba era un anillo? Nicole no conseguía mantener un estado mental serio y responsable cuando su futuro marido se mostraba de semejante humor.
En cuanto se apearon del coche, un furioso viento les azotó el cabello y la ropa. Mitch se limitó a soltar una risita, y luego la agarró de la mano. Dado que las tiendas abrían hasta las nueve, y Mitch caminaba a velocidad de bólido, tendrían tiempo de sobra para encontrar algo en alguna joyería. Sin embargo, entraron en cuatro establecimientos diferentes, sin encontrar nada que lo satisficiera.
Nicole no sabía de dónde había sacado aquella sonrisa irresistible y descarada, pero no parecía perderla por nada.
– ¿No crees que tengo derecho a dar mi opinión en esto del anillo? -inquirió sardónicamente.
– No, ningún derecho. Te habría dejado que eligieras de no haber demostrado un gusto tan pésimo.
– Te repito que una sencilla sortija de oro liso está bien. Soy una persona más bien sencilla.
– Sí, ya me conozco la decoración de tu casa. Minimalista. Políticamente correcta. Fría.
– Eh, ¿no te gusta mi casa?
– Sí me gusta. Pero un anillo es algo más personal que un sofá. Debe de ser adecuado para ti. Y no se hable más.
– ¿Y no se te ha ocurrido que ese infame anillo puede no existir? ¿No tienes hambre?
Detenerse a cenar no parecía una sugerencia precisamente excitante. Al principio, Nicole no había comprendido que aquello iba a convertirse en una expedición épica por las tiendas de los alrededores. Demonios, Lewis y Clark habían explorado el Noroeste con mucha más rapidez. No obstante, Mitch siempre parecía muy susceptible con la idea de mantenerle el estómago lleno. La sola mención del hambre, y sus ojos se llenaron de un extraño brillo… casi de aterrorizada alarma.
– Sólo tardaremos un poco más -respondió él evasivamente, y a continuación la condujo al interior de otra joyería.
Aquélla le hizo contener la respiración. No era una joyería corriente, sino más bien una mágica tienda de tesoros. En lugar de mostradores de cristal, vio lámparas de estilo Victoriano que iluminaban las joyas expuestas en terciopelo. Y una mullida alfombra oriental amortiguaba sus pisadas. No parecía haber nadie… hasta que un anciano con cara de sabueso y una coleta canosa asomó la cabeza por una puerta.
– Miren todo lo que quieran -dijo-. Si me necesitan, estoy en la trastienda.
Aquel lugar resultaba romántico y mágico, se dijo Nicole, pero Mitch prestaba aún más atención que ella a los surtidos de anillos. Decidió que tendrían que manejar la situación con más seriedad. No podía comprender cómo Mitch aceptaba la idea de casarse así, sin más, como si todo estuviera bien para él.
– ¿No crees que, al menos, deberíamos hablar de dónde vamos a vivir? ¿En tu casa o en la mía?
– En la tuya -respondió él tranquilamente. Examinó un anillo a la luz de una lamparita y luego lo soltó-. Tienes un cuarto de sobra para el niño, y el doble de espacio. Además, es una casa magnífica.
– Pero la tuya es fantástica. Y no quiero que te sientas en la obligación de mudarte.
Mitch ni siquiera alzó la mirada.
– Mi casa es fantástica para un soltero. Y sí, me gusta, Nik… Pero diseñar casas es mi trabajo. Si, al final, la tuya no nos satisface, diseñaré una que nos convenga a los tres. O a los cuatro, si para entonces tenemos otro conejito en el horno.
Nicole lo miró directamente a la cara. El viento le había revuelto el cabello y había teñido de color sus angulosas mejillas. De pronto, Nik pensó que era el hombre más sexy que había conocido nunca. Su complexión delgada era muy engañosa. Su forma de caminar, de moverse, siempre tenía una cualidad poderosamente viril. A Mitch le gustaba ser hombre y lo demostraba en cada uno de sus actos.
Había mencionado tan casualmente la posibilidad de tener otro hijo, que ella sintió ganas de sentarse y respirar hondo varias veces hasta que las rodillas dejaran de temblarle.
Se dijo que Mitch sentía algo por ella. Que el honor y la responsabilidad, por sí solos, no podían haberlo motivado a desear aquel matrimonio. Y el hecho de que pensara en tener otro hijo sugería que Mitch creía que sería un matrimonio duradero.
Nicole deseaba disponer de un par de segundos para saborear aquel comentario… pero él seguía moviéndose a velocidad vertiginosa. Parecía capaz de resolver cualquier cuestión personal o laboral con absoluta presteza. Salvo la cuestión del anillo.
No vio ninguno que le gustara lo suficiente, así que, tomándola de la mano, se dirigió al joyero.
– Estamos buscando un anillo de boda, pero no hemos visto ninguno que nos convenza. ¿Tiene algo más?
El joyero miró a Nicole entornando los ojos por encima de su arrugada nariz, y la observó de pies a cabeza.
– Dígame lo que desean exactamente.
– Nada demasiado grande ni demasiado llamativo -contestó Mitch-. Pero tampoco demasiado simple. Algo que vaya con su estilo.
El joyero asintió, sin dejar de estudiar a Nicole.
– Algo romántico -dijo-. Delicado. Más para una princesa que para una reina.
– Disculpe -repuso ella en tono incrédulo-. No sé a quién está describiendo, pero no a mí, desde luego…
– Eso exactamente -dijo Mitch. El joyero soltó su herramienta de trabajo y les indicó con un gesto que lo siguieran, aunque solamente le hablaba a Mitch.
– Hace unas semanas, adquirí ciertas joyas en una subasta. A decir verdad, me quedé con todo el lote sólo para conseguir esta sortija. La montura estaba muy estropeada. Aún no he acabado de repararla. Pero el diamante en sí… Nunca había visto una piedra con un aura tan poderosa.