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Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:

No era la gripe. Nicole estaba embarazada. Y no recordaba haberse acostado con ningún hombre en los últimos cuatro años. ¿Era posible que hubiese tenido relaciones con Mitch, su empleado… en unas circunstancias poco claras? En efecto, ella no se acordaba, pero así había sido. Y su caballero andante acabó rindiéndose a sus pies.
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
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– ¿Estás nerviosa? -murmuró Mitch.

– Oh, no.

Era difícil rebatir una mentira susurrada con tanta suavidad.

– ¿Ni siquiera un poquito nerviosa?

– Bueno… quizá un poco, sí.

Él siguió acariciándola, confortándola, pero no conseguía disipar la tensión que percibía en sus músculos. Poco a poco, Mitch empezó a sentirse tenso también. Había pensado que llevándola a su casa, a su cama, se sentiría cómoda y relajada, pues fue allí donde hicieron el amor por primera vez. Pero, en el fondo, ella no lo recordaba.

– ¿Sabes una cosa? -murmuró él finalmente.

– ¿Qué?

Mitch alargó la mano libre y tomó la de ella.

– Aquí sólo estamos tú y yo. Y eso significa que podemos esperar hasta mañana, Nik. Hasta cuando sea. Nos queda toda una vida por delante. No tenemos por qué seguir más reglas que las nuestras.

Nicole no dijo nada, pero la tensión que la atenazaba se esfumó al instante. Sin embargo, su mano siguió aferrada a la de él, comunicándole un mensaje de amor, de miedo, de soledad. Y cuando por fin se quedó dormida, sus dedos no lo soltaron… como si no pudiera dormir sin temer que la abandonase.

Como si él fuera capaz de abandonarla.

Mitch clavó la mirada en el techo, despierto como un búho, tratando de determinar exactamente por qué, de pronto, Nicole había sentido miedo de hacer el amor con él.

Cuando Nicole se despertó, el sol iluminaba el cobertor color rosa. Antes incluso de abrir los ojos, supo que estaba sola en la cama… y dónde estaba Mitch. Oyó el ruido del agua de la ducha, y luego sólo silencio durante algunos minutos. Por fin, el pomo de la puerta del cuarto se giró y Nik oyó el ruido de las pisadas de Mitch antes de verlo entrar de puntillas, con el sigilo de un ladrón y una toalla alrededor de la cintura. Se agachó para recoger la ropa que había dejado en el suelo por la noche.

– Buenos días -susurró ella.

Él se incorporó dando un respingo. El agua aún goteaba de su pelo revuelto y del vello rubio de su pecho. La toalla blanca dejaba al descubierto sus musculosas piernas de corredor y su estómago liso. Tenía la piel bronceada. Se notaba que había tomado el sol en su yate, desnudo.

– Demonios, no quería despertarte -se apresuró a decir Mitch.

– No me has despertado.

– He llevado al cachorro a dar un paseo y después he tomado una ducha. Aún no he hecho café, pero pensaba traértelo a la cama. Este cuarto… -Mitch meneó la cabeza-. En cuanto lo vi, me di cuenta de que iba con tu personalidad. La decoración del resto de la casa es muy distinta. Pero este cuarto tiene tu esencia.

El comentario sirvió de acicate emocional en la consciencia de Nicole. Por eso se había quedado paralizada la noche anterior. Por eso había tenido sueños de culpabilidad que habían turbado su descanso. Temía que Mitch tuviera un concepto idealizado y falso de ella.

– Este cuarto no tiene mi esencia, Mitch -dijo lentamente-. Ven, ¿puedes sentarte conmigo un momento?

– ¿Seguro que antes no quieres una taza de café…?

– Será sólo un momento.

Con una mirada de cautela, Mitch se tumbó en la cama y utilizó una almohada para mantenerse incorporado.

– Anoche deseaba más que nada en el mundo hacer el amor contigo -dijo Nicole suavemente-. Pero tengo un problema del que debería haberte hablado. Y, para mí, mi silencio equivalía a mentir. Traté de decírtelo antes, de veras, pero siempre nos interrumpía algo, o… quizá me lo impedía mi cobardía. Pero necesito decírtelo, o el sentimiento de culpa acabará volviéndome loca.

– Vamos, Nik. Ya te lo dije antes. Sea lo que sea, no puede ser tan grave. ¿Crees que soy dado a condenar a los demás?

– No. Pero te considero una persona sumamente íntegra. Y mi pasado no es algo de lo que me sienta orgullosa. Sé cómo me ven los demás. Bromean acerca de mi carácter. Dicen que soy mojigata, que soy una santa. Pero eso no es en absoluto cierto. Nunca he sido tan «buena». Ya te dije que estoy enemistada con mis padres, pero no te hablé de la gravedad de los hechos. Llevan un par de años aceptando mis llamadas, pero nada más. No sé si querrán conocerte. Hace muchos años que se desentendieron de mí. Y les di motivos para ello.

– ¿Cometiste un asesinato, Nik? ¿Atracaste un banco?

Ella exhaló un suspiro.

– Piensas que lo que voy a decirte no es serio, pero te equivocas. Creo que empecé a mostrarme rebelde desde muy pequeña. Los profesores me tachaban de «incorregible» antes incluso del instituto. Ni siquiera sé por qué me portaba así. Siempre estaba enojada con todo. Nada de lo que hacía era lo bastante bueno para mis padres, de modo que simplemente trataba de demostrarles que el mal concepto que tenían de mí era acertado. Me metía en líos continuamente. Y me escapé de casa. Viví en las calles de Seattle a los quince años.

Mitch se había girado para mirarla. Al principio, parecía que iba a bromear acerca de su confesión, pero su sonrisa acabó extinguiéndose y su expresión se tornó grave.

– Gracias a Dios -dijo-, sobreviviste.

Aquella aprobación sin reservas la confundió.

– Mitch. Estuve en las calles. Seguramente te preguntarás si caí en la droga o en la prostitución…

Él la interrumpió.

– Estás muy cerca de conseguir que me enfade. Aún sigues esperando que me comporte como un juez. Eras una niña de quince años en una situación que la desbordaba por completo. Lo único que importa es que sobreviviste.

– Bueno, te confieso que estuve a punto de no hacerlo. Por fortuna, cuando todo parecía perdido, un policía me sorprendió robando comida y me acogió en su casa. Espero que algún día conozcas a Sammy y a Leila, su esposa. Ellos consiguieron que volviera al colegio y, más tarde, que fuera a la universidad. Gracias a ellos, sé cómo quiero educar a mis hijos… Pero empiezo a divagar -Nik se frotó las sienes-. La cuestión, Mitch, es que necesitaba que supieras toda la historia. No soy ninguna santa. Por feo que sea mi pasado, no puedo fingir que no forma parte de mi vida.

– Trataste de contármelo antes -dijo él.

– Sí. De verdad. Al principio, no… pero sí después de que surgiera el tema del matrimonio.

Por un momento, Mitch no dijo nada, como si estuviera asimilando toda la historia. Luego cambió de postura y se estiró en la cama cuan largo era.

– No eres la única que ha cargado con un pecado de omisión en la conciencia, Nik.

Ella arqueó las cejas.

– ¿Cómo? ¿Tú también?

Mitch se frotó la mejilla con la mano.

– Te conté lo sucedido la noche de la fiesta.

– Sí.

– Te dije que fue increíble. Y sí, lo fue -Mitch hizo una pausa-. Pero posiblemente no fue tan increíble como te he hecho creer.

– ¿Por qué dices eso?

– Mmm… todo lo que te conté es cierto. Desde mi punto de vista. Pero no puedo jurar que fuese algo del otro mundo. Desde tu punto de vista. Sobre todo, porque lo olvidaste.

Nicole no comprendía nada.

– Ya te dije cómo me afecta el champán…

– Sí, me lo dijiste. Pero me resulta difícil creerlo, porque ninguno de los dos había bebido tanto. Lo cierto es que… cuando descubrí que no recordabas nada, quise que pensaras que la experiencia había sido maravillosa. Que pensaras en mí como en un amante fabuloso. Que creyeras que el padre de tu hijo era un hombre excepcional. Pero…

Mitch se interrumpió, y Nicole no tenía idea de a dónde quería ir a parar.

– ¿Pero qué? -lo animó a continuar.

– No sé si estoy en realidad a la altura de las expectativas que he creado en ti. Mira, Nik, nunca pretendí mentirte. Y no fue exactamente una mentira. Es sólo que…

Dios santo, los remordimientos lo estaban matando.

Nicole se olvidó de sus propios problemas al comprender que Mitch estaba sufriendo. Sentía como si un puño le atenazara el corazón.

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