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Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:

No era la gripe. Nicole estaba embarazada. Y no recordaba haberse acostado con ningún hombre en los últimos cuatro años. ¿Era posible que hubiese tenido relaciones con Mitch, su empleado… en unas circunstancias poco claras? En efecto, ella no se acordaba, pero así había sido. Y su caballero andante acabó rindiéndose a sus pies.
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
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– Mitch -la voz de ella era entrecortada y ronca.

– Chist -susurró él-. No vamos a llegar muy lejos -aunque tampoco consiguió prometerlo. Posiblemente, su integridad pendía de un hilo, pero seguía decidido a no hacerle a Nik ninguna promesa que no pudiera cumplir.

– Mitch…

Él juró que, si seguía pronunciando su nombre con aquella voz ronca, no sería responsable de las consecuencias. Entonces, Nik se retorció inquietamente y se colocó encima de Mitch, lo cual significaba que su peso ejercía una peligrosa presión sobre su erección. Mientras apretaba los senos contra su pecho, lo besó. Un beso voluntario. Nadie la había obligado a devorar sus labios como una tigresa. El ego de Mitch se elevó hasta el cielo. Salvo que, en ese momento, ella alzó la cabeza. Y enmarcó su rostro con ambas manos como si quisiera reclamar su atención.

– Mitch… tenemos que parar.

El cerebro de él registró la negativa. Y, quizá por primera vez en diez años, su cuerpo intentaría aceptar el mensaje.

– Tenemos un problema -prosiguió Nicole-. La cena. No sé si podremos salvar algo de los filetes, pero si esperamos un minuto más será demasiado tarde.

Mitch miró rápidamente hacia el fuego. La madera de la leña se había desplomado, sólo Dios sabía cuándo. Los filetes de cincuenta dólares no eran más que bultos chamuscados.

Capítulo Siete

Cuando Nicole detuvo el coche en los aparcamientos el lunes siguiente, apenas eran las siete de la mañana. El sol ya estaba alto en el cielo y una fresca brisa procedente del mar soplaba mientras ella se apeaba del vehículo totalmente cargada. Aparte del bolso y el maletín, llevaba cajas de donuts y paquetes de café para la plantilla. Cinco minutos más tarde, ya había encendido las luces del despacho, puesto el café y servido los donuts en una bandeja.

Luego esperó a que la serenidad llegara.

Había madrugado no para trabajar, sino porque debía tomar una decisión con respecto a Mitch. El despacho era el santuario donde mejor reflexionaba, el único lugar del mundo donde se sentía segura de sí misma. Había trabajado mucho para levantar el negocio. Durante varios años, llegó incluso a pensar que era una inútil sin remedio.

Durante los minutos previos a que llegase la plantilla, solía encantarle pasearse por el despacho poniendo en orden hasta el último detalle, recreándose en la contemplación de sus logros.

Pero no aquella mañana.

Soltó una taza de té de camomila en la mesa, se sentó, luego volvió a levantarse y se paseó hasta la ventana.

El océano parecía salpicado de diamantes por efecto de los rayos del sol. El panorama sólo consiguió desasosegar a Nicole. Había dedicado el día anterior a ir de compras… en parte para evitar cualquier encuentro con Mitch, y en parte porque ya no tenía prendas que se ajustasen a la prominencia de su vientre.

Si cerraba los ojos siquiera durante un segundo, la noche del sábado volvía a desplegarse en su mente una y otra vez, seguida de un aterrador sentimiento de confusión.

El tiempo se les agotaba. Ambos necesitaban tomar una decisión y hacer planes para el niño… pero no les sería posible hasta dejar zanjado el asunto del matrimonio. Nicole había iniciado la conversación el sábado anterior segura de que, en realidad, Mitch jamás había deseado casarse con ella. Simplemente, se sentía obligado a hacerlo. Por lo tanto, le correspondía a ella disipar aquel sentimiento de obligación. Y, aunque la cuestión del sexo también era importante, había decidido ser totalmente franca con él en ese aspecto. Posiblemente, durante la noche de la fiesta, Mitch había llegado a la conclusión de que era una mujer ardiente en la cama. Y sus pocos encuentros le habían llevado a creer en una química incombustible entre ambos. Era un hombre. Jamás habría pensado en la opción del matrimonio si pensara que no funcionarían en el ámbito sexual.

De modo que Nicole creyó que si aclaraba con Mitch ambas cuestiones, lo disuadiría de la idea del matrimonio y podrían buscar otros caminos.

Pero nada había salido como ella esperaba. Podía culpar a los filetes quemados de haber interrumpido la conversación… sólo que habían interrumpido algo bien distinto. A ella. Se había lanzado sobre Mitch como una ansiosa gata en celo. Como una mujer que hubiese perdido todo vestigio de locura y sentido común.

Nicole cerró los ojos con fuerza a causa de la frustración. Ya sabía que estaba enamorada de él. Pero, maldita fuera, el hecho de que lo amara no le daba derecho a estropearlo todo.

No podía evitarlo. El cálido hormigueo que sentía cada vez que Mitch entraba en una habitación. El deseo, la sensación de maravilla, el modo en que el pulso se le disparaba cada vez que él la tocaba.

Se había mostrado adorable cuando se quemaron los filetes. La había hecho reír, convirtiendo el fiasco en una aventura al saquear su cocina para una segunda barbacoa. Nicole no recordaba haberse divertido nunca tanto como con Mitch. Desde el principio, se había mostrado sensible y receptivo a sus sentimientos. La había apoyado sin reservas. Y existía otro detalle maravilloso por el cual lo amaba sin poder evitarlo… no dudaba que sería un padre magnífico.

«Dios santo, qué lío», se dijo sombriamente. Amarlo debería facilitar las cosas. Sin embargo, Nicole sentía como si le hubieran hecho astillas el corazón.

Mitch parecía desear sinceramente aquel matrimonio. Y Nicole no dudaba que sentía algo por ella. Pero aún no le había hablado de su pasado. Ni deseaba hacerlo. Y el silencio sobre la montaña de errores de otros tiempos pesaba en su conciencia como una losa. Tal como estaban las cosas, Mitch la respetaba. Confiaba en ella. Y Nicole no quería arriesgarse a perder todo eso. A perderlo a él.

Amarlo significaba no desear hacerle daño. Significaba hacer desesperadamente aquello que fuese mejor para él. Y ahí estaba el problema. Ya había hecho daño a otras personas con anterioridad…

De repente, Nicole oyó el ruido de puertas abriéndose y voces en el vestíbulo. La plantilla empezaba a llegar. Rápidamente, cruzó el despacho y se puso a hurgar en los papeles que había sobre la mesa… justo cuando Rafe entró.

– Detesto empezar el lunes comunicándote un problema, pero, ¿tienes un minuto?

– Claro, adelante -respondió Nicole con entusiasmo. Sólo en los asuntos del corazón parecía ser una inútil. En lo tocante a los problemas laborales, sabía perfectamente cómo manejarse-. ¿Qué sucede?

– La cuenta de Grosbeck. Martha nos está volviendo locos a Mitch y a mí -Rafe se acercó y desplegó un anteproyecto sobre la mesa-. Echa un vistazo a esto.

Ella se inclinó sobre el esquema, concentrada por completo, pero accidentalmente su cadera se rozó con la de Rafe. Nicole se retiró un par de centímetros. No fue nada, pero aquel contacto espoleó su sentido del humor. Tener a Rafe en la oficina era casi tan divertido como tener a Mel Gibson. Aun con su sencilla camisa marrón caqui, era un hombre muy atractivo. Pero las hormonas de Nicole no reaccionaban ante su presencia. En absoluto. Nada comparable a lo que experimentaban cerca de cierto tipo larguirucho y sin apenas trasero.

– Bueno, aquí está el problema. Ésta es la puerta principal -Rafe señaló un punto del esquema-. Al otro lado de la carretera, hay una iglesia con un tejado de estilo gótico. Ella lo odia, y no quiere que la puerta de a la iglesia. Por desgracia, quiere que la pongamos aquí -señaló otro punto.

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