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La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:

«Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.»
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
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Llamando a los sargentos, les hizo marchar a su lado, explicándoles lo que el otro oficial le había dicho. Al oír la burda estratagema de los alemanes, Richard apretó con fuerza su Long Rifle.

Cuberland lanzó un juramento.

– ¡Son unos puercos! ¡No respetan nada!

Luego siguieron el camino hacia la enorme columna de humo que envolvía a Dunkerque.

II

A medida que se acercaban a la ciudad, y que atravesaban los barrios extremos, la violencia que reinaba allí se les apareció con una crudeza escalofriante.

Marchando tras los suboficiales, que iban en cabeza, acompañados por el padre Marcel, los hombres del primer pelotón miraban, no sin asombro, los montones de ruinas que bordeaban la calle, los chalés destrozados, los enormes cráteres que habían abierto las bombas de los Stukas…

John extendió el brazo, al tiempo que exclamaba:

– ¡Mirad eso!

Un chalé había sido cortado por una bomba como un queso por un enorme cuchillo.

El corte era limpio, y dejaba a la vista la interioridad de la casa, cuyos muebles habían quedado indemnes, en una quietud que daba escalofríos.

– Parece una casa de muñecas -dijo Blow-. Una de esas casas de muñecas que se abren para que se pueda ver todo…

John sonrió.

– ¡Fijaos en la habitación y esa cama de matrimonio!

El lecho era lo único que aparecía revuelto, como si sus ocupantes lo hubiesen abandonado precipitadamente.

Incapaz de no sacar punta a cuanto veía, Wilkie añadió, tras una corta pausa.

– Me imagino la cara que habrá puesto el pobre tipo que estaba acostado ahí con su media naranja… ¡No hay derecho! Hay cosas que la guerra debería respetar.

WC frunció el ceño.

– ¡Eres un cerdo, John! -gruñó-. En vez de sentir lástima por los habitantes de esa casa, ya estás pensando en cochinadas…

Wilkie se volvió hacia él, furibundo:

– ¡Cierra el pico, pedazo de hipócrita! Ya te conozco, granuja. Tú eres de esos santurrones que se ponen colorados cuando cuentan un chiste verde, pero que se te van los ojos detrás de unas buenas posaderas…

Se colocó el fusil en el otro hombro.

– No podéis imaginaros lo que me cabrean esta clase de tipos…

Nick esbozó una sonrisa.

– No seas exagerado, John -dijo-. Es cierto que siempre tienes que sacarle punta a las cosas…

Mathew le interrumpió en aquel momento.

– Me estoy acordando de lo de las monjas… ¡y os aseguro que me cuesta creerlo!

John se volvió hacia él, contento de que Blow hubiese cambiado el curso de la conversación. Por otra parte, la casa cortada como un queso se había quedado ya atrás.

– ¿Quieres decir que el teniente ese mintió?

– No.

– Esos nazis con capaces de cualquier cosa -intervino Winston-. Recordad lo que nos contaron en Bélgica. Los paracaidistas de Hitler bajaron sobre las ciudades holandesas disfrazados con uniformes de soldados de aquel país.

– ¡Eso debería estar prohibido! -protestó Nick.

John se echó a reír.

– ¡Oíd eso! -gritó-. Al relojero le molesta que se hagan cosas feas en la guerra: prohibido disfrazarse de monja, prohibido tirar a dar… ¿y qué más, Brandley?

– ¡Vete a la porra!

– Vete tú… pero yo te aseguro que si alguien, con una sotana, se acerca a mí, le meto la bayoneta en la barriga…

– ¿Y si se trata de un pater como el que va con nosotros?

– A ése se le ve en la cara…

Acababan de atravesar una plaza que, por un verdadero milagro, parecía no haber recibido daño alguno. Las dos calles que desembocaban en la plazuela estaban también indemnes, y sus edificios, coquetones chalés, ofrecían el pacífico aspecto para el que habían sido construidos.

Justo en el momento en que el teniente, seguido por los dos suboficiales, seguidos por el sacerdote, pasaban junto a la primera casa, la puerta se abrió.

Ninguno de ellos se dio cuenta de lo que ocurría hasta que la detonación sonó, seguida casi inmediatamente por el grito de dolor que escapó de los labios del sargento Cuberland.

Éste cayó de rodillas.

Al mismo tiempo, los hombres se volvieron, reaccionando lo más rápidamente que pudieron. Entonces, sacando su pistola, Foster vio, con asombro, al anciano que, desde el pórtico de su casa, blandía aún la escopeta de dos cañones con la que acababa de disparar.

– Bandits! Salauds! Vous êtes mille fois pire que les Allemands. [18]

Oyendo el ruido, tras él, de los cerrojos de los fusiles que sus hombres armaban, George, sin comprender aún nada, pero presa de una extraña intuición, gritó, levantando el brazo izquierdo:

– ¡NO DISPARAD!

Mientras, Kirk se había arrodillado junto al herido, al que también se acercó el sacerdote.

Foster corrió hacia el pórtico. El hombre, con la escopeta en la mano, los dos cañones humeando aún, seguía gritando como un energúmeno.

– Anglais assassins! Je vais vous tuer tous! [19]

George se dio cuenta de que el anciano estaba como enloquecido, y que todas aquellas palabras que brotaban de sus labios no eran, después de todo, más que el producto de una cólera que le cegaba.

No le costó nada quitarle la escopeta.

Luego le preguntó, en un correcto francés:

– Etes-vous fou? Vous avez blessé un de mes hommes! [20]

El viejo bajó la cabeza.

Parecía como si, bruscamente, la cólera hubiese desaparecido de su arrugado rostro. En vez de gritar, empezó súbitamente a llorar, como un niño.

– ¡Mi pobre Claire! La han asesinado vilmente, señor…

– ¿Quién?

– Dos soldados ingleses… Los vi desde arriba, pero tuve miedo… Soy un cobarde… ¡dejé que matasen a mi esposa y no tuve el valor de impedirlo!

– Pero, ¿por qué la mataron?

– Para robarnos. No teníamos mucho, señor. Esta casa se ha llevado todos mis ahorros… Soy un jubilado y, en verano, alquilábamos el piso de arriba… así íbamos tirando.

Levantó hacia el teniente un rostro descompuesto por el dolor. Las lágrimas habían trazado surcos húmedos, siguiendo el curso profundo de las arrugas, sobre la piel amarillenta.

– ¿Está usted seguro de que eran ingleses? -insistió George.

– Sí. Hablaban inglés… yo entiendo un poco esa lengua… Se pusieron furiosos al no encontrar más que algunas joyas, sin mucho valor. Entonces la golpearon, a culatazos… ¡Dios mío, mi pobre Claire!

Foster cerró los puños hasta hacerse daño.

El viejo, cansado de hablar, había dado media vuelta. Penetró en la casa, y antes de que cerrase la puerta, George pudo ver un cuerpo de mujer que yacía en el suelo, al fondo del vestíbulo.

– Señor…

Se volvió. Kirk estaba a su lado, con un peligroso brillo en sus ojos, el arma en la mano.

– ¿Sí? -inquirió el oficial con un hilo de voz.

Richard dudó unos instantes antes de decir:

– Ha muerto, señor…

– ¿Robert?… ¿El sargento Cuberland?

El otro asintió con la cabeza.

Desplazándose rápidamente, Foster fue hacia el lugar en el que yacía Cuberland. Los hombres que rodeaban el cuerpo se separaron para dejar paso al teniente.

No cabía la menor duda.

El doble disparo de la escopeta había dado de lleno en el pecho del desdichado suboficial. Las postas abrieron enormes agujeros en el tórax, y, por uno de ellos podía verse la masa rosada del pulmón.

Kirk había seguido al teniente.

– No ha sufrido mucho… -dijo el pater, que seguía al lado del muerto.

– ¿Qué vamos a hacer con ese viejo loco? -inquirió Kirk, mirando fijamente a Foster.

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[18] ¡Bandidos! ¡Cerdos! ¡Sois mil veces peores que los alemanes!

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[19] ¡Ingleses asesinos! ¡Voy a mataros a todos!

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[20] ¿Está usted loco? ¡Ha herido a uno de mis hombres!

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