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La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:

«Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.»
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
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Momentos después, una sección de Tommies, al mando de un teniente, que iba a la cabeza, pasó ante el garaje en el que los dos franceses se ocultaban.

Claude escupió con rabia.

– ¡Míralos! -dijo en voz baja-. ¡Idiotas!

– Déjalos… si los boches los matan, peor para ellos…

– Lo que interesa es que se larguen cuanto antes de aquí. Ya tengo ganas de echar una ojeada al magot [13] de la vieja.

– ¡Ni que lo digas!

Los hombres pasaron ante ellos, cansados, con los uniformes en pésimo estado, los fusiles en la mano, arrastrando los pies.

Bruscamente, un alarido escalofriante brotó de detrás del chalé que los dos franceses esperaban «visitar». Los ingleses hicieron alto. El oficial volvió, corriendo, sobre sus pasos.

– ¡Lo que nos faltaba! -gruñó Claude, malhumorado.

– ¡Mira! La vieja sale a la puerta…

En efecto, la puerta del chalé se había abierto. Una mujer de edad, con una bata de flores y con la cabeza adornada de ridículos bigudíes, miró a los ingleses.

El teniente se acercó a ella.

– C’est chez-vous qu’on a crié, Madame? [14] -inquirió, expresándose en un correcto francés.

Ella negó con la cabeza.

– No. Ha sido en la casa de atrás…

Los ingleses dudaron.

Finalmente, el oficial saludó a la mujer y echó a andar. Sus hombres le imitaron.

Alain Merchal soltó un profundo suspiro.

– ¡Menos mal! Creí que esos idiotas de Inglis se iban a quedar aquí toda la mañana…

Los pasos se alejaron.

La mujer había permanecido unos instantes en el dintel de la puerta, siguiendo con la mirada la larga hilera de hombres armados. Luego entró en la casa y cerró la puerta.

Todavía esperaron los dos hombres una buena docena de minutos.

Después, Claude, el más impaciente de los dos, se puso en pie.

– Vamos…

Cruzaron la calle. Tenían prisa. Y tras convencerse, con un una inquisitiva mirada, de que los ingleses habían desaparecido definitivamente, se dirigieron tranquilamente a la puerta, a la que llamaron.

La anciana no tardó en abrir.

Con una sonrisa hipócrita en los labios, Claude inquirió:

– Perdone, señora… ¿podría dar un poco de agua a mi amigo? Le han herido… y no hemos encontrado ni una gota…

Ella también sonrió, haciéndose a un lado.

– Pasen… estoy sola, voy a preparar algo más sustancioso que agua… ¿un poco de café?

– Es usted muy buena, señora.

Claude cerró la puerta, justo en el momento en que su compañero, sacando del bolsillo una media de mujer, que había llenado de arena en la playa, golpeaba en la cabeza a la mujer, que se desplomó como fulminada por un rayo.

Entonces, otro grito llegó hasta ellos.

Se quedaron quietos, mirándose intensamente.

– Ha sido un grito de mujer…

– Sí… alguna histérica que estará muerta de miedo…

– Démonos prisa… Si alguien oye ese grito, pueden registrar las casas. Y ya sabes lo que nos esperaría si nos echasen la mano encima.

Claude no dijo nada, pero se estremeció.

* * *

Al ver a uno de los hombres -a los que había recibido poco antes con la sincera idea de ayudarles (uno de ellos llevaba un vendaje en la cabeza)- que se ponía en pie, avanzando hacia ella, Odette lanzó un grito de espanto.

Al acercarse a ella, la muchacha percibió el aliento cargado de alcohol del inglés.

El hombre, un verdadero gigante, extendió los brazos hacia ella; dos brazos terminados en dos enormes manos completamente cubiertas de vello rojizo.

– You are very nice… came… please… [15]

Ella, la muchacha, siguió retrocediendo, hasta que su espalda chocó con la pared. Sus labios temblaron, dejando escapar un torrente de palabras que, naturalmente, el hombre no comprendió:

– Je vous en prie… ne faites pas ça… si vous voulez, j’ai de l’argent… pas beaucoup, mais je peux vous le donner… [16]

El hombre estaba ya junto a ella, enorme, como un plantígrado.

– Ne faites pas ça… ne faites pas ça!

El grito, esta vez mucho más agudo que el anterior, se truncó, apenas nacido en la garganta que el pánico contraía espasmódicamente. Las velludas manos del hombre le rodeaban el cuello…

* * *

Los dos grupos se encontraron en las afueras de Dunkerque. Estuvieron a punto de chocar -y quizá violentamente- pero no ocurrió así.

Se vieron, desde un extremo al otro de la calle, y tuvieron tiempo de reconocerse, de identificarse, sobre todo al mirar mutuamente la forma de los aplanados cascos del ejército británico.

Los dos oficiales se estrecharon la mano.

– Nos han mandado -dijo el teniente que salía de Dunkerque- a cubrir esta zona por la que ustedes acaban de pasar. No es que exista un peligro inminente, ya que los nazis parecen haber detenido su ofensiva hacia esta parte…

– Es cierto -repuso Foster-. Fuimos atacados en una ocasión, pero no hemos sufrido, desde entonces, más que un bombardeo aéreo.

El otro sonrió.

– Es la moda… ya verá usted cuando se acerquen a la playa. Los Stukas y los Messers son el pan de cada día…

– ¿Cómo va la evacuación?

– Bastante bien; al menos eso es lo que he oído. Dentro de las dificultades, claro está…

– Entiendo.

– ¿Ha sufrido muchas bajas?

George asintió con la cabeza.

– Bastantes. No me queda más que un pelotón. ¿Y usted?

– Perdí la sección, pero ahora me han ayudado a recomponerla. Espero resistir en Furnes cuanto pueda. Ésa es la orden que me han dado.

– ¿Furnes?

– Sí. Ese pueblecito que ha dejado usted atrás.

Al recordar a los perros, el teniente no pudo evitar un estremecimiento.

– ¿A qué distancia estamos de las playas? -inquirió después.

– A unos doce kilómetros, aproximadamente. No tienen más que seguir la carretera que bordea el canal. No hay pérdida posible…

– Gracias.

Iba a dar el otro la orden de marcha cuando, bruscamente, cogió del brazo a George.

– Venga, por favor…

Se lo llevó lejos de la fila, al otro lado de la cuneta. Allí se detuvieron, y el oficial dijo, en voz baja:

– Quiero decirle algo, amigo: hace unas horas que hemos matado a dos monjas…

George se sintió horrorizado.

– Un desdichado error… ¿verdad?

El otro denegó enérgicamente con la cabeza.

– No. Las hemos fusilado.

– Pero…

La mano del oficial se posó sobre el hombro de Foster, al tiempo que una franca sonrisa se pintaba en su boca.

– No tema… eran dos alemanes, dos paracaidistas disfrazados de Hermanitas de la Caridad.

– ¡Parece imposible!

– Pues es cierto, amigo. Y no las hubiésemos descubierto si una de las hermanas no se hubiese estado afeitando… [17]

– ¡Condenados nazis!

– Sí. Son capaces de todo. Por eso, no se fíe. No se deje engañar por las apariencias y advierta a sus hombres para que no caigan ustedes en un cepo absurdo.

Sonrió, tendiendo una mano a George, quien la estrechó con fuerza.

– ¡Buena suerte! -le dijo este último.

– Gracias. E igualmente. No sé -añadió luego mientras su voz bajaba de tono- si conseguiré volver a Inglaterra, pero si los nazis nos echan la mano encima, no tarden ustedes demasiado en volver…

– ¡Prometido!

Las dos pequeñas unidades se separaron. Foster volvió la cabeza un par de veces para mirar a aquellos hombres a los que el deber alejaba de su única salvación: las playas de Dunkerque.

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[13] Tesoro, botín, ahorros.

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[14] ¿Han gritado en su casa, señora?

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[15] Eres muy linda… ven… por favor.

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[16] No hagan eso, se lo ruego. Si quieren… tengo dinero. No mucho, pero puedo dárselo…

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[17] Rigurosamente histórico. La escena fue reproducida en el film Fin de semana en Dunkerque y en el magnífico libro que dio origen al guión de la película The sands of Dunkirk, de Richard Collier.

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