La Marcha De Los Vencidos Dunkerque
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1967
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
Al abrir los ojos, Fred Laster miró a su alrededor, no demasiado extrañado, ya que intuía, aunque de manera vaga que debía haberle pasado «aquello» una vez más.
El hombre, cuyo rostro veía sobre el suyo, se sonrió.
– Ya ha pasado todo, muchacho… no temas.
– He tenido un ataque, ¿verdad?
– Sí. ¿Es que no dijiste nada cuando pasaste la revisión médica, al incorporarte a filas?
– No.
– Hiciste mal. Debiste decir al médico que eras epiléptico…
– No lo creí necesario.
La sonrisa se amplió en los labios del hombre.
– Bien, no te preocupes. Soy el doctor Leemer. Estás cerca de la playa. Y serás evacuado muy pronto, quizás antes de que amanezca.
– Gracias.
El médico se volvió entonces.
– Traiga un poco de té frío, Helen…
Cuando el rostro de la muchacha apareció sobre él, con el fondo del techo detrás de la cabellera dorada, Laster tuvo que hacer un esfuerzo para disimular la emoción que sintió.
Nunca había visto un rostro tan hermoso.
Ella le pasó la mano bajo la nuca, ayudándole a incorporarse, y sujetando con la otra mano la taza de té.
El roce de la piel de la joven con su nuca le hizo estremecerse. Y una vez más, desde el fondo oculto de su cerebro surgió el «mandato», aquella orden contra la que nunca había sabido defenderse.
La voz del doctor le llegó como desde muy lejos.
– Voy a acercarme al embarcadero, Helen. Volveré dentro de un rato.
– Sí, doctor…
Ella poseía una voz musical que cosquilleó agradablemente los oídos de Fred. Todo en ella, por lo visto, era encantador. Y cuando la enfermera, al inclinarse un poco más, para ayudarle a beber el fondo de la taza, le rozó el rostro con el turgente seno, Laster tuvo que hacer un esfuerzo para no gritar.
Ella le reclinó entonces sobre el lecho.
– Descanse -le dijo-. Y si me necesita, llámeme…
– Gracias.
Un agradable calor le recorría el cuerpo; pero, como siempre, mientras su mente hilaba las posibilidades más fantásticas, los recuerdos volvieron a hacer su aparición, como seres dotados de vida, dispuestos, una vez más, a hacerle daño.
Mucho daño…
¿Cómo quería aquel doctor que confesase, al ingresar en el ejército, que era un enfermo?
Nadie en el mundo sabía cuánto había padecido por aquel maldito mal. Desde muy niño, fue la mofa de los demás, cuando los ataques le sorprendían en la calle, en el colegio… sin prevenirle.
Más tarde, cuando sus compañeros triunfaban con las chicas del barrio, cuando todos ellos encontraban abiertas, de par en par, las puertas a una luminosa pubertad, él, Fred Laster, se veía rechazado por las muchachas, que le miraban con horror.
Ellas le habían visto revolcándose en el suelo, contrayéndose como una serpiente, con la boca retorcida y un hilo de baba escapándosele de ella, rodando por el mentón…
Nadie, absolutamente nadie, podía saber qué desdichado había sido.
Ya hombre, la misteriosa enfermedad que le aquejaba le enseñó una cosa: supo predecir, con una cierta anticipación, el momento en que sus ataques iban a desencadenarse.
Los médicos llamaban «aura» a aquel curioso aviso que para él tomaba el aspecto de un cambio de color en lo que le rodeaba. Era como si un súbito atardecer cayese sobre las cosas.
Un color rojo intenso las bañaba. Entonces, mientras la fantástica visión tenía efecto, él se percataba de la proximidad del ataque. Y huía, escondiéndose en el lugar más apartado deseoso de ocultar la grotesca visión que ofrecía cuando se desplomaba en el suelo.
Hasta aquella noche…
Lo recordaba como si hubiese ocurrido ayer. Y, sin embargo, aconteció cuando había cumplido sus dieciocho años.
Por aquel entonces, su instinto sexual, frenado por la imposibilidad física y, sobre todo, por el temor al ridículo, había tomado la dimensión de una compulsión intolerable, irrefrenable.
Una angustiosa obsesión le dominaba.
Por las noches, dejando atrás su barrio popular en el que todo el mundo le conocía… y le despreciaba, Fred se dirigía hacia las luminosas calles del centro, siguiendo invariablemente ese camino que va desde Corner Hyde Park hasta Leicester Square.
Allí, pero sobre todo en muchas de las callejas que desembocaban en las amplias e iluminadas calles estaban Ellas.
Laster había pensado infinidad de veces en aquellas criaturas fáciles, ante las cuales no sería más que uno de tantos. Con ellas, nada de formulismos, sino la sencillez de un mercado en el que no había necesidad de más gastos que los que se hacen para comprar un paquete de cigarrillos.
Tenía dinero, pero jamás se atrevió a detenerse junto a una de aquellas mujeres.
Incluso, en algunas ocasiones, cuando fueron ellas quienes le abordaron profesionalmente, cogiéndole incluso del brazo, huyó horrorizado, echando a correr, perseguido por palabras de burla o soeces insultos.
Aquella noche, ya muy tarde, Fred se paseaba por una de las calles más solitarias.
Había estado como tantas y tantas veces, contemplando a las mujeres pintarrajeadas y a los hombres que iban en su busca. Y, como siempre, su corazón sangraba de impaciencia…
Nunca supo exactamente cómo pudo decidirse, ni cómo arremetió contra aquella mujer, la única que a aquellas horas quedaba en la calle. Temblando de miedo, la golpeó, con todas sus fuerzas, como si aquélla fuese la única manera posible de llevar a cabo lo que se proponía.
Luego, el grito de la pareja que surgió de la oscuridad, la huida precipitada, los silbatos de la policía…
Todavía temblaba al recordar aquellos espantosos momentos.
Pero aquí, en Francia su suerte había cambiado. Cuando junto al sargento Better abandonaron su unidad, en medio de un combate, en el momento en que la compañía estaba deshaciéndose en pedazos ante el ataque de los tanques germanos… cambió su suerte.
Dan Better era un hombre como él. No es que fuese epiléptico, pero algo oscuro, bestial, le empujaba por caminos similares a los que seguía el soldado.
Intimaron en seguida, como si se conociesen desde hacía años. Y cuando iniciaron la «caza», entre las ruinas de Dunkerque, trabajaron al unísono, con todo cuidado, escogiendo con precaución a sus víctimas.
La última había fallado.
Pero ahora, sin ni siquiera recordar a su compañero muerto, Fred estaba dispuesto a jugar de nuevo otra baza. Esta vez, se aseguró a sí mismo, no fallaría. La suerte le había favorecido, y el hecho de que la enfermera se hubiese quedado sola iba a facilitar sus planes.
Saltó del lecho.
Como después de cada ataque, se encontraba un tanto cansado, como si hubiese realizado un ejercicio violento. No obstante, se sabía un hombre fuerte, capaz, por lo tanto, de llevar a cabo lo que se había propuesto.
No le fue difícil sorprender a la muchacha.
Un suave golpe, con el canto de la mano, en el cuello, dejó sin sentido a la joven a la que tuvo que coger en sus brazos para que no se desplomase en el suelo.
Se la echó a la espalda.
Asomándose a la puerta del chalé donde se había ubicado el Puesto de Socorro, salió a la calle, sumida en una completa oscuridad. Y sin dudarlo un segundo más, echó a andar, con su carga, desapareciendo al doblar la primera esquina.
Fue entonces cuando el primer proyectil de obús explotó sobre Dunkerque.
Después del rotundo fracaso de la Luftwaffe, que fue incapaz de detener el movimiento de las tropas aliadas hacia las playas, y su embarque en los navíos movilizados por la llamada Operación Dynamo [22], la Wehrmacht recibió la orden, tan ansiada, de reemprender su avance hacia Dunkerque.
No obstante, las fuerzas germanas tropezaron en seguida con una resistencia formidable por parte de los defensores del «campo atrincherado de Dunkerque».
De ahí que el Alto Mando del ejército nazi se decidiese por utilizar la vieja táctica de la guerra de posiciones, haciendo intervenir antes de lanzarse al asalto una imponente masa de artillería.
[22] Nombre en clave dado a la evacuación de Dunkerque.