La Marcha De Los Vencidos Dunkerque
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1967
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
– No podemos hacer nada…
Y contó con detalle, lo que el viejo le acababa de decir.
El rostro de Kirk se empurpuró, al tiempo que la cólera daba a su voz un temblor incontenible:
– ¡Es un cerdo embustero, señor! Ningún inglés sería capaz de…
– Entonces, ¿quién cree usted que lo ha hecho? -inquirió George.
– Un francés, sin ninguna duda… sólo ellos son capaces de…
Sus ojos tropezaron con los del padre Marcel. Aquello hizo que dejara de hablar. Bajó la cabeza, molesto.
– Bueno… es un decir… -musitó.
– Sea quien sea -dijo entonces el sacerdote-: francés o inglés, no puede quedar sin castigo.
Iba a contestar Foster cuando un coche apareció en la esquina, marchando hacia ellos. Terminó frenando junto al grupo de hombres.
El coche, un descapotable del BEF, iba conducido por un cabo. Detrás, un comandante de Estado Mayor, delgado y con una gran nariz llena de venillas, hizo un gesto al teniente, que se cuadró ante él.
Foster se presentó, relatando lo que acababa de ocurrir. El otro asintió tristemente con la cabeza.
– No es el primer caso, desdichadamente -dijo. Luego se presentó-: Soy el comandante Norton y, al mismo tiempo, el jefe de las patrullas de vigilancia en el campo atrincherado de Dunkerque.
Suspiró.
– Todo esto se ha convertido en un infierno en el que intentamos poner un poco de orden. En realidad, la disciplina no reina más que en un sitio: en las playas. Allí están los que desean volver a Inglaterra o escapar de aquí para seguir peleando contra los germanos.
Hizo una pausa.
– Pero como en todas las grandes catástrofes militares -dijo después-, hay grupos incontrolados, gente sin escrúpulos que desea aprovecharse de la confusión para hacer su agosto…
Esbozó una sonrisa, tendiendo un cigarrillo al oficial.
Cuando lo hubieron encendido:
– Me quedan muy pocos hombres -dijo-. Si usted quisiera, teniente…
– Estoy a sus órdenes.
– Podría ayudarme un poco. Hay que limpiar de gentuza el camino que seguirán las fuerzas que faltan por llegar aquí. La retirada prosigue, y sólo quedarán en las posiciones, ante los alemanes, más que unos pocos grupos… que intentaremos embarcar en última instancia…
Hizo una nueva pausa.
– Ya sé que no puedo pedirle que se quede aquí hasta el último momento. Ustedes desean, y les comprendo perfectamente, llegar cuanto antes a las playas…
George denegó con la cabeza.
– Le ayudaremos, señor.
– Gracias. Por lo menos, si cazamos a esos asesinos, y debe haber de varias clases por aquí, evitaremos que gentes como ese pobre anciano disparen sobre las tropas que han de pasar aún por aquí.
– Entiendo.
– Mi puesto de mando está situado al final de esta calle. He dejado allí al teniente Crammer. Yo me paso de vez en cuando… Si necesita algo, allí encontrará lo necesario.
– Gracias.
Sonriendo, el comandante levantó entonces el subfusil que llevaba sobre las rodillas.
– Quisiera encontrar al hombre o a los hombres que nos causan tantos perjuicios -dijo, con un gesto hacia el arma.
– También procuraremos nosotros hacerlo, señor.
– Si lo consigue, y los coge con las manos en la masa, no pierda el tiempo, teniente. Nada de juicios: esa gentuza no merece la menor piedad: son como hienas…
Bajando de su vehículo blindado todoterreno, Guderian se dirigió hacia el grupo de oficiales de su Estado Mayor que se habían reunido junto a una batería de cañones de 88 mm.
Guderian regresaba de primera línea.
Había estado al lado de las puntas de lanza de sus tanques, que durante toda aquella jornada del 24 de mayo de 1940 habían proseguido su victorioso avance hacia el mar.
Estaba contento.
Sus blindados, tras haber ocupado Abbeville cuatro días antes, subieron, bordeando el océano, tomando Boulogne y cercando Calais.
Ahora, sus vanguardias habían alcanzado el Aa, a 35 kilómetros de Dunkerque. Y, bruscamente, la radio de su vehículo blindado, su puesto de mando volante, había recibido un mensaje escueto, lacónico:
Ruego regrese urgente al puesto de mando.
Ha llegado orden especial del Cuartel General del Führer.
Ahora, mientras andaba hacia sus oficiales, Guderian, el viejo maestro de los tanques, el creador de la ciencia de los blindados, se preguntaba qué clase de desagradable sorpresa le esperaba allí.
Porque «desagradable» era la palabra justa.
Guderian empezaba a conocer a Hitler. Ya en Polonia había asistido al cambio brusco del Führer que, en realidad, había empezado cuando el asunto de la remilitarización de Renania. Entonces, asustados, los generales temían una reacción violenta por parte de los franceses.
Cosa que hubiese sido fatal, ya que el joven ejército alemán no poseía fuerza suficiente para resistir a los galos. No obstante, Francia no reaccionó y Hitler se salió con la suya.
A partir de entonces, el Führer no confió nunca más en sus generales. Y, más y más, creyó en su maravillosa intuición, considerándose muy por encima de los hombres que mandaban sus ejércitos.
Su oficial de órdenes, después de los saludos convencionales, le hizo entrega del mensaje de Hitler.
Guderian lo leyó varias veces, como si no pudiese creer lo que había escrito.
– ¡Es imposible! -exclamó después-. Se nos ordena detener el avance, ahora que podemos aplastar lo poco que queda de fuerzas enemigas en Dunkerque.
– Así es -repuso el oficial de enlace.
– Pero… ¡eso es absurdo! Los ingleses están perdidos. El frente belga se ha hundido…, el rey de los belgas se ha rendido… los tenemos a nuestros pies…
Cerró los puños con rabia, arrugando el mensaje que tenía en la mano derecha.
– ¿Es que el Führer no se da cuenta de que los ingleses han empezado a evacuar sus fuerzas en Dunkerque? Va a permitir que lord Gort [21] se salga con la suya…
Era cierto.
Guderian se preguntó quién diablos podía haber aconsejado a Hitler una medida tan absurda.
– Si siguiésemos avanzando -dijo como si hablase consigo mismo-, conseguiríamos la mayor victoria alemana de todos los tiempos.
Miró con fijeza a su oficial de enlace.
– Pida que le confirmen esa orden. Solicítelo directamente del general von Pundstedt.
– ¡A la orden!
La respuesta llegó poco después.
Era la misma:
Orden del Führer: Detener el avance
de los Panzers a orillas del Aa.
Hermann Goering se frotó las manos.
Hitler estaba de espaldas, mirando el amplio mapa de Francia que ocupaba casi la totalidad de una pared.
– Esto se acaba, amigo mío -dijo el Führer sin volverse-. ¡Parece mentira! Pero los tenemos cogidos en el cepo…
Un oficial del Gran Cuartel General apareció entonces en la puerta.
– Los generales Halder y Kesselring desean ser recibidos, mein Führer.
Hitler se volvió sonriendo.
– Hágales pasar…
Pero Goering se adelantó un momento, haciendo un gesto al oficial, que permaneció rígido, en posición de firmes.
– Mi Führer…
– ¿Qué hay, Hermann?
– Mi Führer…, sólo deseaba decirle que ha llegado el momento de domar un poco a esos generales. No podemos permitirles que se atribuyan la totalidad de la victoria…, recuerde usted Polonia…
– Si dejamos que los Panzers prosigan su marcha hacia Dunkerque, ellos, los generales, dirán que el triunfo les pertenece. Se volverán más orgullosos que nunca…
– ¿Qué podemos hacer?
– ¡Que la Luftwaffe intervenga! Nuestra gloriosa aviación es capaz de aplastar a los ingleses en su bolsa de Dunkerque: hundiremos sus barcos, destruiremos sus cañones, diezmaremos su infantería… y tendrán que ponerse de rodillas para pedir la paz.
[21] Comandante jefe del Cuerpo Expedicionario británico.