La Marcha De Los Vencidos Dunkerque
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1967
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
Hitler asintió con la cabeza.
– Es una magnífica idea.
– ¡Gracias, mi Führer!
– Ahora ya podemos hacer entrar a Halder y Kesselring… Mi decisión está tomada: pararé el avance de los blindados y dejaré que la Luftwaffe termine con nuestros enemigos.
Así fue cómo, sin saberlo, permitió Hitler que los ingleses llevasen a cabo lo que se iba a hacer famoso con el nombre de «Milagro de Dunkerque».
Después de haber fracasado parcialmente, Alain Merchal y Claude Lepuis regresaron al sótano donde habían escondido sus tesoros.
Estaban furiosos.
Sentándose sobre un montón de cajas, Alain encendió un cigarrillo.
– ¡Maldita vieja! -dijo después de echar una bocanada de humo hacia el techo.
– Ha sido una lástima.
– Tendremos que seguir buscando.
– ¿Aún?
– Claro. No seas idiota. Hay que aprovecharse antes de que lleguen los alemanes.
Claude se estremeció.
– Me da escalofríos pensarlo.
– Tampoco me agrada a mí, pero hay que seguir el plan que nos hemos propuesto.
– ¿Y qué haremos mientras los nazis estén aquí?
– Escondernos. Éste es un buen sitio…
– Lo registrarán todo.
– Lo sé.
– ¿Entonces?
– No creo que metan las narices en este lugar.
Y como el otro no dijo nada, agregó al cabo de unos instantes de silencio:
– Tenemos víveres y bebida para resistir un par de semanas.
– ¿Será bastante?
– Creo que sí.
El otro suspiró antes de decir:
– Algo importante nos falta.
– ¿A qué te refieres?
– A un buen par de trajes de paisano. Con estos uniformes, si nos encuentran, estamos perdidos. Además, incluso si no nos ven, para salir de aquí tendremos que quitarnos los uniformes.
– Es cierto.
– He visto una sastrería en una de las calles, junto a esa plaza en la que nace la avenida que va a la playa…
Alain se puso en pie.
– ¿Y a qué estamos esperando?
Se había puesto en pie.
El sótano no tenía más salida que un estrecho túnel, que ellos habían practicado, y que se abría entre los escombros de la casa que una bomba alemana había destrozado.
Alain se arrastró penosamente.
Ambos eran fuertes, de anchos hombros, y les costaba un imperio entrar y salir por aquel agujero que más parecía el de una conejera que otra cosa.
Se quedó helado, al asomar la cabeza. Junto a él, a pocos centímetros de sus ojos, vio, con espanto, el cañón, el agujero negro de un subfusil.
Intentó echarse hacia atrás, pero el cañón se movió, acercándose a su piel, que había cobrado un sucio tono cerúleo.
Levantó la mirada.
Un hombre delgado, con uniforme inglés, le miraba, con una mueca en las comisuras de los labios. Detrás de él había otro británico, pero el subfusil que empuñaba éste apuntaba mansamente hacia el suelo.
– Sors de là… -dijo el británico en un francés bastante aceptable.
Alain obedeció.
Claude salió detrás, sin saber exactamente lo que ocurría. Miró a su amigo, luego a los dos ingleses, y preguntó:
– Qu’est-ce qui se passe…?
Fue el inglés quien contestó:
– Os hemos seguido. Fuisteis muy listos al poneros un casco inglés para asaltar aquella casa de la vieja… a la que matasteis. ¡Muy listos!
Alain maldijo haber dejado los fusiles en el sótano. No llevaban, su amigo y él, más que sendas pistolas, colgadas del cinto.
– Nosotros estábamos en la casa de atrás… Luego llegaron un teniente y unos hombres… de los nuestros. Y un viejo loco disparó, diciendo que eran ingleses los que habían matado a su mujer.
Claude recordó entonces el grito que habían oído.
– Entonces… -dijo-, ¿vosotros hicisteis chillar a aquella mujer?
– Creo -añadió sonriendo- que trabajáis como nosotros… estamos del mismo lado de la barrera, por lo que veo.
– ¡No!
El grito había salido del otro, del más fuerte de los dos. Una especie de bestia primitiva.
A Claude le bastó mirarle con cierto detenimiento para comprender que aquellos dos hombres no robaban. Y se estremeció. Porque parecía como si el delito de violación estuviese escrito en la frente estrecha del segundo de los ingleses.
– ¿Qué queréis de nosotros? -preguntó con una voz débil e insegura.
– Mataros -dijo el de la frente estrecha.
Parecía un hombre del Paleolítico; un habitante de las cavernas; un ser bestial y primitivo…
Claude se pasó la lengua por los labios resecos.
– Es una tontería… nosotros hemos robado… bastante. Si quisierais…
Fue el primer inglés quien habló ahora:
– No nos interesa robar nada. Sólo queremos divertimos un poco antes de embarcar. Pero nos molesta que os hagáis pasar por ingleses.
– No pierdas el tiempo -dijo el otro-. Mátalos y en paz…
Claude volvió a estremecerse.
Le daba miedo aquel tipo.
Nunca había visto una cara en la que se pintase la degeneración con mayor claridad. Era como si aquel tipo llevase impreso en su rostro todo lo bajo, miserable y bestial que el hombre puede esconder en lo más íntimo de su instinto ancestral.
Alain no había dicho ni una sola palabra. Pero no perdió el tiempo.
Poniéndose a un lado, había conseguido bajar una mano. Y sus dedos nerviosos abrían ahora la funda de la pistola, moviéndose milímetro a milímetro.
– ¿Qué ganaríais matándonos? -inquirió Claude-. Si disparáis, llamaréis la atención de cualquier patrulla. Las hay por todas partes.
La bestia se echó a reír.
– Nadie va a disparar -dijo-. Vigílalos, Dan… yo me encargo de ellos.
Desenfundó el largo machete, acercándose a los franceses.
Fue entonces cuando Alain, rápido como una centella, sacó su pistola y disparó.
Lo hizo tan velozmente que aunque deseaba disparar sobre la bestia, mató al otro, metiéndole una bala en la cabeza, entre las cejas.
Antes de que pudiera apuntar al otro, la bestia había dado un salto y corría, como una liebre, calle abajo, en zigzag. Le disparó un par de veces más, pero sin hacer blanco.
Claude lanzó un suspiro.
– ¡De buena nos hemos librado!
– ¡Se me ha escapado!
– Es igual. Habrá que llevarse el cuerpo de éste un poco más abajo… Lo hemos pasado mal… Ese tipo me daba escalofríos, me ponía la carne de gallina.
– A mí también.
Arrastraron el cadáver hasta dejarlo junto a un montón de escombros.
– ¿Crees que habrán oído los disparos? -inquirió entonces Alain, frunciendo el ceño.
– Seguro. Alejémonos de aquí.
– ¿Dónde vamos?
– A esa sastrería. Descansaremos aquí hasta que se haga de noche. Luego daremos un par de golpes más… y nos meteremos en el agujero. Pondremos unas piedras a la entrada del túnel… y esperaremos.
– Me parece lo mejor.
– Entonces, vamos…
III
Habían recorrido toda la zona que el comandante les ordenó vigilar.
Sin resultado alguno.
Dos veces pasaron por el puesto de mando de Norton, pero en ninguna de las dos ocasiones hallaron al comandante. Su ayudante, el teniente Crammer, de la Policía Militar, un muchachote simpático, con el rostro lleno de pecas, recibió amablemente a Foster.
– Ya me ha comunicado el comandante que se ha brindado a ayudarnos, teniente.
– No hemos conseguido nada.
– No importa. Tarde o temprano, acabaremos con esas hienas. ¿No es triste que existan seres así?
– En efecto.
– Acaban de traerme un mensaje. Una de las patrullas ha descubierto a otra joven francesa… medio muerta.