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La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:

«Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.»
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
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– ¿Usted cree, señor?

– Sí. Somos tan cobardes como las ratas. ¿Qué hemos hecho desde que estamos en Francia? ¡Correr!

– Dicen que los franceses han dejado pasar a los alemanes hacia la costa… -dijo prudentemente el soldado.

– Todos somos cobardes… los franceses y nosotros… Hemos ido a la guerra como si fuese a acabar al disparar el primer tiro. Nunca nos molestamos en saber qué clase de enemigos íbamos a tener frente a nosotros.

– Eso es cierto -admitió John.

– Ellos son fuertes, muchacho… nada les detendrá… Porque la fuerza es la que hace subir la moral. Armas, potencia, decisión… ¡Cómo les envidio!

– Yo no, mi sargento. Creo que no tienen razón y que acabarán siendo vencidos.

Kirk se encogió de hombros.

– ¡Bah! Nunca les venceremos. Porque cuando hayan aplastado a Francia, pasarán el Canal y vendrán a sacarnos de nuestras madrigueras, en plena Inglaterra.

– Perdone, señor, pero no estoy de acuer…

El grito que procedía de la fila cortó la frase en los labios.

– ¡AVIONES!

El rugido de los motores se les echó encima.

– ¡Dispersaos! -gritó el teniente.

Echaron a correr, como liebres, en medio del potente ronquido de los motores de los aviones, acelerados al máximo.

No todos corrieron.

Levantando la cabeza, mirando hacia el cielo con su único ojo, el sargento Ryder se movió sin demasiada prisa.

«¡Bandidos! -se dijo-. ¡Habéis matado a mis chicos…!»

No pensaba en él, en su ojo, que iba seguramente a obligarle a abandonar el Magisterio. Sólo pensaba en ellos, en los muchachos, tendidos en la trinchera…

– ¡Ryder! -le gritó el oficial desde el hoyo en que se había cobijado, junto al padre Marcel.

Como buitres, los Ju-87 se lanzaron hacia el suelo, haciendo sonar sus escalofriantes sirenas.

Era como si el aire maullase. Pero, pronto, las sirenas cedieron su primacía sonora al silbido agonizante de las bombas. Como si un cuchillo gigantesco hiriese el viento, sajase el azul absceso del cielo, los cilindros negros bajaron hacia la tierra.

– ¡Ryder!

La bomba, al explotar, se convirtió en bola de fuego. Después, un abanico de tierra se abrió, como dos brazos que clamasen inútilmente…

– Mon Dieu! -suspiró el pater.

Otras bombas cayeron.

Fuera del camino, donde explotaron unas cuantas, algunas desgarraron los árboles, segaron los troncos como invisibles y formidables guadañas.

El silencio volvió.

Extraño, inmenso como el de un fin del mundo. Un silencio cósmico que se clavaba en el alma como un puñal emponzoñado.

George Foster se puso en pie.

– ¡El muy imbécil! -no pudo evitar decir.

Empezó a andar.

Le siguió el pater, luego los otros, que salieron de sus agujeros, con los uniformes llenos de tierra, las caras sucias, los ojos aún inmensamente abiertos por el terror.

Foster avanzó hasta el camino, deteniéndose al borde del cráter que había abierto la primera bomba.

– ¡Ni rastro! -murmuró entre dientes.

Pero Blow, que se había acercado hasta situarse en primera fila, extendió el brazo.

– Ahí, señor…

Todas las miradas siguieron el sitio que señalaba el soldado.

Un trozo de pierna, con el pie descalzo, asomaba entre la tierra removida y que olía a trilita.

– Le pauvre! -exclamó el pater, en francés.

El teniente rechinó los dientes.

– Fue su culpa… deseaba morir, eso es todo.

Fue en aquel momento cuando John, que se hallaba lejos del grupo, siendo uno de los que se había alejado más del camino, llegó corriendo, con el rostro descompuesto.

– ¡Mi teniente!

George se volvió hacia él.

– ¿Qué hay?

– ¡Todos muertos, señor! En aquel agujero… Todos… Ben, Andrew, Keith… todos… están destrozados. Les cayó una bomba encima.

Eran los hombres de Kirk.

Y él, Richard, se dirigió de inmediato hacia el lugar, seguido por todo el mundo, en medio de un silencio ominoso.

Una horrible mezcla de restos humanos yacía en el fondo del cráter que la bomba del Stuka había abierto en el suelo.

Foster estaba blanco como el papel.

– ¡Cavad una fosa común! -ordenó, alejándose de allí.

Y Kirk, con una mueca extraña en los labios, se acercó entonces al francés, mirándole a los ojos, con un brillo acerado en sus pupilas.

– No se le ocurra bendecirles, pater. No lo haga… si no quiere buscarse un disgusto.

Le volvió la espalda, yendo a coger una pala para ayudar a los que habían empezado a cavar la fosa.

Dumond se quedó helado.

No era la primera vez que tropezaba con alguien de aquella clase. Por desgracia, se dijo, abundaban los librepensadores en las filas de los franceses.

Pero no guardaba rencor alguno a Kirk, cuyo dolor intentaba sinceramente comprender.

Juntó las manos y, desde lejos, con los ojos entornados, pero vuelto hacia el agujero donde yacían confusamente mezclados los restos de los desdichados Tommies, musitó:

– Je te prie, Seigneur, de bien recevoir les âmes de ces hommes, et de leur donner la paix… Aie pitié d’eux et pardonne-les leurs fautes… Ainsi soit il! [8]

* * *

Carraspearon los altavoces mientras que los timbres de alarma sonaban por todas partes. Luego, bruscamente, los megáfonos gritaron, al unísono:

– Ten Huns, over us… 6.000… climbing! [9]

De un salto, Edward se incorporó a su asiento metálico, aferrando con sus manos los mandos automáticos del cañón. Obediente, el tubo se alzó, al tiempo que la torreta y la plataforma giraban.

– ¡Carga! -rugió.

Pat tendió el pesado peine de seis proyectiles de obús; lo cogió introduciéndolo en la culata. Se produjo un chasquido metálico.

En el visor telemétrico, Waddell buscó afanosamente las siluetas, en la cruz, de los aparatos enemigos. Estaba intensamente excitado y cuando los vio, los identificó en seguida.

– ¡Diez Stukas! ¡Subiendo para ganar altura!

La intención de los adversarios estaba clarísima. En cuanto hubieran logrado un «techo» conveniente, se lanzarían en picado sobre los barcos, de los que el HMS London era la presa más importante.

Habían navegado, uno tras otro y precedidos por el coloso London, los otros barcos, que no eran más que yates y remolques pesados, pero útiles para cargar con los hombres que esperaban en las amplias playas de Dunkerque.

Edward concentró toda su atención en los aparatos alemanes. No tenía miedo -si es que aquella sensación de hueco en su vientre era algo parecido al miedo-, de todos modos, la probabilidad de triunfar en la primera ocasión que se le presentaba, no le permitía detenerse a estudiar sus propias sensaciones.

Mucho antes de que él se decidiera a abrir fuego, las dos Oerlikons de popa empezaron a graznar, enviando balas trazadoras hacia los Stukas.

En el fondo, Waddell agradeció el fuego de las ametralladoras, ya que las balas trazadoras dibujaban una línea de puntos suspensivos que le iban a ayudar a afinar su puntería.

Detrás de él, la voz burlona de O’Hara se elevó, de repente:

– ¡Vamos a ver, general! No olvides el ascenso y la medalla que le prometiste a la chica del puerto…

Edward no contestó.

Sin embargo, las palabras de Pat le penetraron en el cerebro como si fuesen de plomo derretido. No quedó de ellas, por otra parte, más que lo que más le interesaba:

CLARA.

Le pareció, durante unos instantes, como si el rostro de la muchacha se dibujara en la cruceta del colimador, pero no fue más que una visión efímera, instantánea. Luego desapareció, y las siniestras siluetas de los buitres se dibujaron en la lente con una nitidez impresionante.

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[8] Yo te ruego, Señor, que recibas bien a las almas de estos hombres y que les des la Paz… Ten piedad de ellos y perdónales sus pecados. ¡Amén!

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[9] Diez alemanes (Hunos) sobre nosotros, a seis mil pies… ¡Subiendo!

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