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La Marcha De Los Vencidos Dunkerque

Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:

«Como una cuña de acero, las fuerzas blindadas alemanas avanzaban hacia el oeste, hacia el mar, empezando a dibujar sobre los mapas de los estados mayores la gigantesca tenaza que iba a cerrarse a la espalda de las fuerzas francobritánicas que seguían en Bélgica.»
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
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Se pasó la lengua por los labios.

– ¡Ya vienen! -exclamó entonces Tom.

No era necesario que le dijesen nada. Edward los veía, y ya estaba pendiente del primero, del que se había lanzado en picado, hiriendo el aire con un gemido quejumbroso.

No debía perder más tiempo.

La cruceta del colimador se posó unos tres centímetros delante del morro del Ju-87. Los músculos de su cuerpo se pusieron rígidos. Luego, haciendo una profunda inspiración, llenando de aire sus pulmones, apretó el doble gatillo del arma.

El cañón escupió los proyectiles, como con hipo, retrocediendo al lanzar cada uno de ellos, soltando los grandes casquillos que caían en chorro, ardiendo aún, al pie de la pieza.

¡Ploff! ¡Ploff! ¡Ploff! ¡Ploff!

Allá arriba, las nubes negras, como rosas extrañas se abrían junto al aparato.

Edward apretaba los dientes con tanta fuerza que se hacía daño en las mandíbulas, pero no lo sentía. Y continuaba disparando, como un autómata.

Mientras, Pat pasaba los cargadores a Tom que, a su vez, los introducía, sobre el anterior, en cadena, de forma que el arma no quedase vacía en ningún momento.

Ahora, Edward había aumentado el ritmo, pulsando el acelerador de disparos.

¡Ploff-ploff! ¡Ploff-ploff!

El avión había llegado al punto álgido. Los garfios metálicos que sujetaban la bomba se abrieron. Y el cilindro, brillante como un pájaro de muerte, descendió, hendiendo el aire con su punta, estabilizándose luego merced a sus aletas.

– ¡Derríbale, Ed! -gritó Pat, fuera de sí-. ¡Se nos echa encima!

La bomba silbó peligrosamente, rozando casi la borda de estribor. Y estalló bajo el agua, levantando literalmente al London, que cabeceó peligrosamente.

Sin dejar de pasar los proyectiles, Pat rugió:

– ¡Otro por la derecha, Ed! ¿Qué diablos haces?

Waddell tenía el cuerpo empapado en sudor. Oyó una explosión horrible, casi tan fuerte como la que había estallado cerca del casco del transporte.

– ¡Han partido por la mitad un dragaminas! -exclamó Tom, a su lado.

Pero Ed no tenía ojos y oídos más que para el Stuka.

Veía en el colimador las nubes negras producidas por las explosiones de los proyectiles de obús. Parecía mentira que el aparato, que bajaba en picado sobre el barco, como un buitre, pudiese escapar a los disparos del cañón.

El ritmo del fuego se había intensificado aún más.

¡Ploff-ploff-ploff!

El cañón estaba al rojo vivo. A Ed le ardían las manos y hasta le dolían los hombros, le dolía todo el cuerpo de tan tenso que estaba.

– ¡Este va a alcanzarnos! -dijo Tom.

«No -pensó Ed-. Debo hacerlo. Por Clara… debo hacerlo… debo hacerlo…»

Bruscamente, uno de los proyectiles de obús golpeó un ala del Stuka. La punta del plano voló en pedazos. Inmediatamente, el aparato, perdiendo estabilidad, giró sobre sí mismo.

– ¡Le has dado! -gritó Lister.

Sudando, sintiendo chorros de líquido pegajoso bajarle por la cara, Ed no se daba cuenta de nada. Veía al avión que empezaba a caer en barrena, pero seguía tirando…

Tom le cogió por el brazo.

– ¡Otro por popa, muchacho!

La plataforma giró, velozmente. Todo dio vueltas alrededor de Ed, quien, finalmente, «cogió» en la lente al Stuka que volaba bajo, sin intentar un picado, buscando sólo acercarse al London, aprovechándose del ángulo muerto.

Pero lo hacía mal.

El cañón descendió, enfocando al aparato.

Ed estaba seguro de no fallar. Por eso, respirando un poco, esperó unos segundos antes de apretar los gatillos.

¡Ploff-ploff-ploff!

Nubes negras rodearon al Stuka. El piloto viró, intentando escapar de aquella red mortífera que se le echaba encima.

No lo consiguió.

Esta vez, el Ju-87 recibió un impacto directo, en pleno morro. Se inflamó el carburante y el aparato, convertido en una antorcha voladora, explotó en mil pedazos antes de llegar al agua.

– ¡Lo has conseguido! -le gritó Tom abrazándole.

Ed separó el rostro del visor de goma, mirando hacia el cielo. El resto de aparatos se alejaba, convirtiéndose en puntos negros en el horizonte.

Luego miró al mar.

El dragaminas, en llamas, ardía sobre el agua. Las lanchas de salvamento se alejaban de él.

Con una sonrisa un poco forzada, Pat se acercó al artillero, tendiéndole la mano.

– Te felicito sinceramente, Ed…

– Gracias.

Un oficial acababa de llegar al pie de la escalerilla que conducía a la torreta.

Levantó la cabeza, llamando:

– ¡Eh, Waddell!

Ed se asomó por encima del blindaje.

– ¡Diga!

– El capitán quiere verte ahora mismo.

– Voy.

Bajó, saludando al oficial.

– ¡Bravo, muchacho! Vamos, el jefazo te espera en el puente de mando.

El corazón golpeaba intensamente las costillas de Edward. Atravesaron la cubierta, subiendo luego por la escalerilla que conducía al alerón derecho del puente.

Al entrar en el habitáculo, Ed se percató que todos le miraban, incluso el timonel, que tenía el timón en sus manos.

Y todos le sonreían.

Se cuadró ante el capitán del London.

– ¡A la orden, señor!

– Descanse, Ed… Ha hecho usted un magnífico trabajo… Ya lo hemos comunicado al Almirantazgo… Mucho me extrañaría que no recibiera una medalla. Por el momento, estoy autorizado a ascenderle. Es usted sargento con antigüedad de primeros de mayo.

– ¡Gracias, señor!

– Gracias a ti, artillero… Sigue así. No puedes imaginarte la alegría que me has proporcionado al ver caer a esos malditos buitres…

Tercera Parte

Las hienas

«Estaban esperando, pacientemente, sin prisa. Porque saben esperar. Su filosofía, porque la tienen, reside precisamente en eso: en saber esperar.

Saben que hay para todos. Y, sobre todo, que las Bestias que matan no destrozan demasiado sus presas. Cuando hay abundancia, cuando la carne sobra, las Bestias no toman más que un bocado y dejan el resto, despreciando lo que queda, por mucho que sea.

Porque saben que hay de sobras.

Entonces llegan ellas, despacio, con el hocico en alto, olfateando. Trotan alrededor de la carroña. Siempre sin prisas, como si deseasen prolongar aún más el infinito placer de la espera.

Después se lanzan, devoran, mastican, engullen, tragan. Y de vez en cuando, levantan la cabeza y ríen.

Porque las hienas ríen.

No importa que la víctima sea una muchacha a la que violan, ni una pobre vieja a la que asesinan, ni un confiado soldado al que su uniforme o su disfraz engaña…

¡Perdón! Ahora estaba hablando de otra clase de hienas.

Las peores.»

I

Desde lo alto de la colina donde se habían detenido, la llanura se extendía, hasta la playa, con la ciudad de Dunkerque en primer término, pero con Furnes delante, por donde pasaba el canal que venía de Dunkerque.

Mirar desde allí era casi como observar un mapa en relieve.

Cuando se podía.

Porque la humareda, una densa y espesa columna, ascendía hacia el cielo. Sentado junto al pater, el teniente Foster suspiró antes de decir:

– Creo que llegamos… ya falta menos.

El francés lanzó una nostálgica mirada hacia la lejana playa.

– Dios mío… ¿qué ocurrirá ahí?

– ¿En Dunkerque?

– Sí. Bajo esa columna de humo, ¿qué está pasando en realidad? ¿Qué hacen los hombres en ese infierno?

George meneó la cabeza.

– No lo sé, padre. Pero pronto saldremos de dudas… si es que llegamos hasta allí.

– No sea pesimista, teniente.

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