La Marcha De Los Vencidos Dunkerque
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1967
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Marcha De Los Vencidos Dunkerque». Краткое содержание книги:
Por primera vez en sus obras, Karl von Vereiter va a colocarse, casi de una manera exclusiva, «del lado aliado» y, más concretamente, del lado británico. De la mano de una pequeña unidad británica, de un grupo de valientes y sufridos hombres, va a hacernos revivir aquellas tremendas jornadas por el largo camino de la esperanza hacia las playas abarrotadas de soldados que miran, con temor e incertidumbre, el brazo de mar que les separa de la vida y de la libertad. Porque Dunkerque no fue una batalla, sino algo mucho más sencillo, más humano. Se trató de una retirada trágica -¿y hay alguna que no lo sea?-. Una retirada con todas las espantosas consecuencias que lleva consigo. Sólo Vereiter podía ser capaz de describir el ambiente opresivo que reina en los corazones de los hombres que se repliegan.
– ¿Violada?
Crammer asintió tristemente con la cabeza.
– Sí. El comandante en jefe está desesperado. ¡Todo ha sido tan precipitado! Por desgracia, no podemos evacuar a la población civil. Y de eso se aprovechan esas sucias bestias…
– Parece imposible.
– Sí. Y de nada vale esa capa de civilización que nos han echado encima. Y no son los robos y lo demás lo que nos preocupa. Esos cerdos obran peor que los alemanes…
Aquellas palabras hicieron que Foster recordase las pronunciadas por el pobre viejo de la escopeta.
– …ya que hasta cortan los hilos telefónicos, de manera que nadie controle las zonas por las que se mueven y en las que cometen sus fechorías…
Ofreció una bebida al teniente visitante.
Luego dijo:
– Si quieren descansar, hay dos casas vacías junto a ésta. En realidad -añadió-, hay demasiadas casas vacías en Dunkerque. Aunque todas, absolutamente todas, deberían estarlo. Así evitaríamos las tristes cosas que están ocurriendo.
– Gracias. La verdad es que mis hombres no pueden más.
– Descansen esta noche. Es muy probable que mañana mismo tengamos que retirarnos hacia la playa… y embarcar para Inglaterra. Pero si antes podemos echar mano a esas bestias primitivas…
Foster abandonó el puesto de mando, saliendo a la calle, donde sus hombres, los pocos que le quedaban -y esta idea le hizo fruncir el ceño-, le esperaban.
Les explicó algunos detalles de lo que le había dicho el ayudante del comandante.
– Ahora -dijo-, vamos a descansar. Hay dos casas aquí al lado. Y el oficial con quien acabo de hablar me ha prometido que se nos distribuiría un rancho caliente…
John al oír aquello, dio un codazo a Mathew.
– ¿Has oído lo que yo, Blow?
– Sí.
– ¡Rancho caliente! Me va a parecer un sueño…
Intervino Kirk, con voz tonante:
– ¡Vamos! -ordenó-. Hay que preparar el lugar para pasar la noche.
Crammer cumplió lo prometido y los hombres de Foster recibieron un par de platos calientes, además de unas botellas de cerveza que constituyeron la mejor sorpresa de aquella noche.
El ayudante de Norton insistió para que el otro oficial comiera con él. George aceptó. Y cuando saboreaba una taza de café, un plantón entró en el comedor, acercándose a Foster.
– Alguien le llama, señor.
– ¿Quién?
– Un sargento…
Foster se puso en pie. Miró al otro oficial y sonrió.
– Perdone un momento, amigo. Debe ser el único suboficial que me queda…
Había relatado a Crammer todo lo acontecido desde que abandonaron las posiciones en territorio belga. Crammer asintió con la cabeza, sirviéndose otra taza de café.
Abandonando la estancia, Foster encontró a Richard en el pasillo, junto a la escalera.
– ¿Quería hablar conmigo, sargento? -inquirió, con un tono afectuoso en la voz.
– Sí, mi teniente.
– ¿Qué desea?
Kirk dudó unos instantes.
– Es respecto a esa gentuza que tenemos que cazar, señor -dijo luego-. Nos van a retrasar… y los muchachos desean llegar a la playa cuanto antes…
La sorpresa se pintó en el rostro del oficial.
– Creo que no le entiendo, Kirk -dijo tras una penosa duda-. No me explico cómo hace eco del egoísmo de los hombres. Hay población civil en Dunkerque. Gente que va a sufrir mucho cuando el enemigo llegue hasta aquí… ¿No cree usted que debemos, por lo menos, ayudarles mientras permanezcamos en esta ciudad?
– Sí, señor.
– ¿Entonces?
Verdaderamente, no entendía al sargento. Y esperó, con paciencia, a que Richard se explicase definitivamente.
– Lo único que yo deseaba -dijo Kirk, un tanto molesto, sobre todo contra sí mismo por no haber sabido explicarse con mayor claridad- es solicitar su permiso…
– ¿Para qué?
– Para que me permita salir esta noche… de caza. Con un poco de suerte podría ultimar o avanzar mucho, por lo menos, el trabajo que nos han confiado. Una vez eliminada esa pandilla de cerdos, podríamos ir a embarcarnos.
Foster sonrió.
– ¡Por fin le entiendo, sargento! Lo había comprendido todo al revés.
– ¿Tengo su permiso, señor?
– ¡Naturalmente! Y si desea que alguien le acompañe…
– Prefiero ir solo.
– Como usted quiera. Tenga cuidado, sin embargo. No olvide -y su voz se apagó un tanto- que es usted el único suboficial que me queda.
Ahora fue Richard quien esbozó una sonrisa.
– Tendré cuidado, mi teniente.
– ¡Suerte entonces!
– Gracias…
– ¡Venga, Winston!
WC levantó la cabeza, mirando a Mathew.
Se habían alojado en la sala de estar de un chalé. Deseando estar juntos, arramblaron con los colchones, que tendieron en el suelo. Luego, a pesar del cansancio Wilkie consiguió que se enzarzaran en una interminable partida de póquer.
Dos horas después, Winston abandonó los naipes, compungido por haber perdido casi una libra, tendiéndose en su colchón.
Justo en el momento en que Blow se había dirigido a él.
– ¿Qué quieres? -inquirió.
– Que empieces a cumplir tu promesa…
Los ojos de WC se abrieron como platos.
– ¿Ahora? -inquirió, no dando crédito a lo que acababa de oír-. ¿Te has vuelto loco?
– No. Ya te dije que si teníamos un poco de tiempo, al llegar a Dunkerque, tendrías que empezar a enseñarme a bailar…
– Pero no ahora… -la voz de Winston estaba cargada de lamentable súplica-. ¡Estoy rendido! Además, me duelen terriblemente los pies…
– Eso no me importa. Hicimos un trato y tienes que cumplirlo.
John, que había recogido las cartas y las ganancias -ninguno de aquellos idiotas sospechaba que tenía los naipes marcados-, se volvió hacia la pareja, sonriendo.
– ¡Di que sí, Mathew! Tú cumpliste tu parte… ahora le toca a él…
– No le hagas caso… -dijo WC, agarrándose como una lapa a la posibilidad de enternecer a Blow-. Mañana empezaremos, palabra… Y te aseguro que haré de ti un maestro de baile.
– Nada de mañana -repuso con voz agria-. ¡Empezaremos ahora mismo! Y no me hagas cabrear…
Winston se incorporó lentamente.
Lo que había visto brillar en los ojos de Blow no le gustó nada, ni un pelo. Sabía perfectamente de lo que era capaz aquel pedazo de animal.
– Como quieras -suspiró.
Divertido, Wilkie palmeó con las manos.
– Yo haré de músico. Sé silbar muy bien… ¿Qué vais a bailar?
– ¡Un tango! -exclamó Blow.
Winston le cogió por la cintura, suspirando de nuevo.
– Empezaré haciendo el hombre… -dijo.
– ¡Oye, tú! -protestó Mathew al sentir que el otro le cogía con fuerza-. No me resultarás un sarasa, ¿verdad?
– No digas tonterías. O te enseño… o me dejas dormir. ¿Preparado?
Blow asintió, volviendo la cabeza hacia John, que se partía de risa.
– ¡Empieza ya, John!
Los primeros compases de La Comparsita salieron de los labios de Wilkie. En un rincón, sobre su colchón, Nick se reía a sus anchas.
La grotesca pareja se movió pesada muí Ir.
– Si todas las mujeres fuesen como tú -protestó el profesor-, me hubiera dedicado a otra cosa…
– ¿Qué pasa? ¿Es que no lo hago bien?
– Déjate mandar, idiota… eres más pesado que un tanque…
Poco a poco Blow comprendió el ritmo. Luego, cambiando, Winston hizo de mujer.
Mathew sonreía, encantado.
Tenía el cuerpo empapado en sudor, pero no le importaba. En realidad, su espíritu estaba lejos de allí. Y se veía, con la imaginación, cogido a su esposa, trenzando sabrosos pasos de tango en la reluciente pista de un salón de baile londinense.