La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Aunque en batalla eran unos soldados muy disciplinados, el resto del tiempo eran incontrolables casi hasta el punto de la anarquía. En las expediciones d’haranianas, la paga consistía en una parte importante del botín. Ésta era una de las razones por las que habían saqueado Ebinissia pese a toda su palabrería de una nueva ley, y la perspectiva de un nuevo saqueo probablemente despertaba en ellos una inquebrantable devoción al deber. En el campo de batalla o al primer sonido de alarma, se convertían en una perfecta máquina de combate, casi en una entidad de mente única, pero en el campamento, sin el propósito primordial de la guerra, eran miles de individuos que perseguían su interés particular.
Así pues, y puesto que no se había dado la alarma, apenas prestaron atención al ruido extra y a los gritos. El ruido que ellos mismos creaban haciendo canjes, contándose historias, riendo, bebiendo, jugando, luchando y teniendo tratos con las prostitutas, ahogaba la batalla no anunciada que se libraba a poca distancia. En caso necesario los oficiales los llamarían. Pero sin esa llamada que los reclamara al deber, su vida era suya, y que cada cual se apañara como pudiera con sus propios problemas. La muerte blanca los pilló completamente desprevenidos.
La aparición de los fantasmales espíritus los dejó paralizados, y más de uno gimió de temor al confundirlos con los espíritus de los shahari. Otros dieron por supuesto que la frontera entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos se había evaporado. O que, de algún modo, se habían visto transportados al inframundo.
De no mediar tanta cerveza, adulterada o no, las cosas seguramente habrían sido distintas. Pero el alcohol y la confianza en su superioridad numérica los había hecho vulnerables. Más de lo que nunca serían. Pero no todos estaban borrachos ni embotados; algunos se defendían con ferocidad.
Kahlan contemplaba la escena a lomos de su caballo de guerra, que se movía sin cesar. Observaba ese mar de cruda emoción desatada con su cara de Confesora.
Los hombres de la Orden Imperial no tenían ni ética ni moral. Eran animales que solamente comprendían la ley del poder; habían violado a las jóvenes en palacio y habían asesinado sin piedad a los habitantes de Ebinissia, desde los más ancianos a los recién nacidos.
Un hombre arremetió contra ella después de salvar el círculo de acero que la rodeaba y se agarró a su silla para sujetarse. Mirándola muy asombrado, le suplicó lloroso la piedad de los buenos espíritus. Kahlan le partió el cráneo.
Acto seguido giró el caballo y preguntó al sargento Cullen.
— ¿Hemos tomado ya las tiendas de los comandantes?
A una señal del sargento uno de los hombres desnudos pintados de blanco corrió a comprobarlo, mientras los atacantes se internaban cada vez más profundamente en el campamento de la Orden. Tan pronto como Kahlan divisó los caballos dio la señal. A su espalda oyó el sonido de cascos al galope y el estridente traqueteo de cadenas; eran las guadañas de la muerte preparadas para segar vidas.
Con un sonido semejante a un chiquillo que corriera junto a una valla pasando por ella un palo, las cadenas arrastradas a toda velocidad producían un chasquido de huesos combinado con un prolongado y ruidoso tableteo. Los relinchos de las bestias y el golpe sordo de sus cuerpos al desplomarse ahogaban el sonido de los cascos al galope y de los huesos al quebrarse.
Incluso los que estaban borrachos apartaron la vista de los blancos espíritus para posarla en el horrendo espectáculo. Fue lo último que vieron sus ojos. Hombres que salían a trompicones de las tiendas para ver, sin comprender, qué ocurría ante sus ojos. Otros vagaban sin rumbo con una jarra en las manos, posando su mirada de beodos de una escena a otra. Eran tantos que algunos tuvieron que esperar turno para morir.
Pero otros no estaban ebrios y, en vez de espíritus, veían hombres pintados de blanco. Comprendían que estaban siendo atacados y que esas afiladas espadas iban a por ellos. Los galeanos rodearon un foco de encarnizada resistencia y la sofocaron, pero a un alto coste. Kahlan reunió a sus hombres y se dispuso a clavar su cuña de blanco acero en el corazón del campamento enemigo.
Vio a dos hombres montados en enormes caballos de tiro, no pudo distinguir quiénes eran, que después de abatir a todos los caballos que habían podido encontrar ahora causaban estragos en una hilera de tiendas y sus indefensos ocupantes. De pronto, la cadena se enganchó con un sólido lecho de roca y lanzó a los caballos uno contra otro en brutal colisión. Los jinetes cayeron al suelo y un enjambre de hombres con espadas y hachas se lanzó sobre ellos.
Un hombre armado con una espada y alarmantemente sobrio apareció de repente junto a una pierna de Kahlan y alzó hacia ella una feroz mirada. Bajo esa penetrante mirada, Kahlan se sintió simplemente como una mujer desnuda montada sobre un caballo.
— Pero qué… —empezó a decir el hombre, después de recorrer todo su cuerpo con los ojos.
De su esternón brotaron treinta centímetros de acero, que le arrancaron un último gruñido.
— ¡Madre Confesora! —El hombre desnudo detrás de ella liberó la espada y señaló con ella—. ¡Las tiendas de los comandantes están por ahí!
Por el rabillo del ojo percibió movimiento al otro lado. Con un revés golpeó a un tambaleante borracho a un lado del cuello.
— ¡Vamos! ¡Hacia las tiendas de los comandantes! ¡Ahora!
Sus hombres abandonaron al enemigo al que estaban diezmando para seguirla. Kahlan saltaba con Nick por encima de hombres, hogueras y carros abollados. Los hombres la seguían sin pararse a matar a los confusos, aterrorizados y borrachos d’haranianos que pululaban por el campamento, pero eliminaban a cualquiera de ellos que les entorpeciera el paso. A veces no les quedaba otro remedio que encarar conatos de resistencia.
Las grandes tiendas de los comandantes estaban rodeadas por galeanos. Vigilaban a unos quince hombres a punta de espada. Ante ellos yacían al menos treinta cuerpos de espaldas a la nieve en ordenada hilera.
Otros galeanos estaban arrojando estandartes guerreros y banderas a una gran pila que ya ardía. Sobre la nieve se veían barriles vacíos desparramados. Cuando se había producido el ataque, los oficiales no habían impartido órdenes. El ejército de la Orden Imperial estaba huérfano de dirección.
El teniente Sloan señaló con la espada la hilera de cuerpos.
— Esos oficiales ya estaban muertos; envenenados. Los otros aún seguían con vida, aunque también están tocados. Los encontramos a todos acostados en sus tiendas. Hemos tenido que obligarlos a levantarse. Nos pidieron más ron, ¿podéis creerlo? Aquí los tenéis, tal como ordenasteis.
Kahlan examinó los rostros de los cuerpos tendidos en la nieve, pero no vio a quien buscaba. Entonces escrutó los semblantes de los prisioneros. Pero tampoco estaba entre ellos.
— ¿Dónde está Riggs? —preguntó con su cara de Confesora a un oficial kelta situado a un extremo de la fila.
El oficial le lanzó una iracunda mirada y le escupió. Kahlan alzó la vista hacia el galeano que lo guardaba y se pasó un dedo por la garganta. El galeano no vaciló. Inmediatamente el oficial se desplomó.
La mirada de Kahlan se posó en el siguiente hombre, al que formuló la misma pregunta:
— ¿Dónde está Riggs?
— ¡No lo sé! —repuso el interpelado, mirando en todas direcciones.
Nuevamente Kahlan se pasó un dedo por la garganta. Mientras el oficial caía, miró al siguiente hombre, un comandante d’haraniano.