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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Richard le tendió el jabón.

— Todo irá bien, ya lo verás. Vamos, ve a bañarte. Yo iré al otro lado de los juncos.

El joven se relajó en las frías aguas escuchando el chapoteo de Du Chaillu y esperando que acabara de usar el jabón. Encima del agua se iba formando una bruma cada vez más densa, que avanzaba sigilosamente hacia los árboles de alrededor.

— Nunca había oído que una mujer tuviera más de un marido. ¿Todas las mujeres baka ban mana tienen más de uno?

— No. Sólo yo —respondió Du Chaillu con una risita.

— ¿Por qué tú?

El chapoteo cesó.

— Porque llevo el vestido de plegarias —contestó como si fuera de lo más evidente.

Richard puso los ojos en blanco.

— Bueno, pero…

La mujer se le acercó nadando a través de los juncos.

— Antes de darte el jabón tendrás que enjabonarme la espalda.

Richard lanzó un suspiro de exasperación.

— Muy bien. ¿Si te enjabono la espalda volverás al otro lado?

— Sí, siempre y cuando hagas un buen trabajo.

Cuando por fin se dio por satisfecha, se alejó para vestirse mientras Richard se lavaba. Por encima del chirrido de los insectos y del croar de las ranas le anunció que estaba hambrienta. Richard se estaba poniendo los pantalones cuando Du Chaillu le gritó que se diera prisa.

Rápidamente el joven se colgó la camisa del hombro y corrió para alcanzar a la mujer, que se dirigía ya hacia el campamento atraída por el olor de lo que la Hermana cocinaba. Limpia tenía mucho mejor aspecto. Su pelo parecía el de una persona normal en vez de las greñas de un animal. Había perdido su aire de salvaje para adoptar otro mucho más noble.

Aún no había oscurecido del todo. La bruma que se había formado sobre el estanque empezaba a envolverlos y los árboles desaparecían de su vista.

Cuando los dos entraron dentro del círculo de luz que emitía el fuego, la hermana Verna se levantó. Richard se estaba metiendo el brazo derecho en la manga, pero se quedó inmóvil al reparar en la desorbitada mirada de la Hermana. La mujer no podía apartar la vista de su pecho, que nunca hasta entonces había visto.

Lo que miraba tan fijamente era la cicatriz, la mano grabada en su carne, la marca que le recordaba constantemente quién lo había engendrado.

— ¿Cómo te hiciste eso? —preguntó la Hermana con una voz tan suave que Richard tuvo problemas para oírla. La mujer estaba tan blanca como un fantasma.

Du Chaillu también miraba fijamente la cicatriz.

— Ya te lo expliqué. Rahl el Oscuro me quemó con la mano —respondió Richard, mientras se abrochaba la camisa—. Según tú, estaba viendo visiones.

Lentamente la Hermana alzó la mirada hasta encontrarse con la suya. En sus ojos vio algo que no había visto antes; un miedo cerval.

— Richard —susurró—, no enseñes esa marca a nadie en el palacio. Sólo a la Prelada. Seguramente ella sabrá qué hacer. A ella puedes mostrársela, pero a nadie más. ¿Lo entiendes? —insistió, dando un paso hacia él—. Absolutamente a nadie.

— ¿Por qué? —Richard se fue abrochando lentamente la camisa.

— Porque, si lo haces, te matarán. Ésa es la marca del Innombrable. —La Hermana se humedeció los labios con la lengua—. Los pecados del padre.

A lo lejos se oyeron los lastimeros aullidos de los lobos. Du Chaillu se estremeció y se abrazó, escrutando la niebla cada vez más espesa.

— Esta noche morirá gente —musitó.

Richard la miró ceñudo.

— ¿De qué estás hablando?

— Lobos. Cuando los lobos aúllan de ese modo en la niebla anuncian que esta noche morirá gente violentamente, en la bruma.

44

Emergieron de la niebla y la bruma como los blancos colmillos de la muerte. En un primer momento un miedo cerval inmovilizó a sus asustadas presas, que enseguida emprendieron una precipitada huida para salvar la vida ante la blanca muerte. Pero colmillos de blanco acero las atravesaban sin piedad. Aterrorizados chillidos de muerte rasgaban el aire de la noche. La histeria impulsaba a los hombres a precipitarse involuntariamente hacia el frío y blanco acero que los esperaba.

Intrépidos soldados cataban el gusto del miedo antes de morir. El caos se iba extendiendo con gran griterío. El ruido de acero que entrechocaba, madera que se astillaba, lona que se rasgaba, cuero que crujía, huesos que se salían de sus articulaciones, fuegos que crepitaban, carros que se estrellaban, golpes sordos de carne y hueso al desplomarse en el suelo así como los gritos de hombres y bestias se confundían para conformar el fragor del terror. El tumulto iba avanzando empujado por la ola de muerte blanca.

El aire estaba saturado del penetrante olor de la sangre, que se imponía al aroma dulzón de la madera ardiendo, el acre olor del aceite que ardía en las lámparas así como de la brea, que quemaba produciendo una espesa humareda, y el terrible hedor de pelo y carne chamuscados.

Lo que la fría bruma aún no había humedecido, la sangre caliente se encargaba de cubrir de una resbaladiza pátina.

Ahora los blancos colmillos de acero estaban cubiertos de sangre y otros restos; la blanca nieve se convirtió en una alfombra empapada de manchas rojas. El frío aire se abrasaba con lenguas de fuego que se alzaban para teñir de naranja incandescente la espesa niebla. Unas siniestras y oscuras nubes de humo abrazaban el suelo, mientras que sobre ellas el cielo ardía.

Raudas flechas surcaban el aire, lanzas astilladas se perdían en la niebla mientras que puntas de picas quebradas giraban sobre sí mismas para ser engullidas por la oscuridad. Restos de tiendas desgarradas ondeaban y se agitaban como si una furiosa tormenta las golpeara. Espadas se alzaban y caían en oleadas acompañadas por los gruñidos de esfuerzo de quienes las empuñaban.

Había hombres corriendo en todas direcciones como un ejército de frenéticas hormigas. Algunos caían al suelo y sus vísceras se desparramaban por la nieve. Uno de los heridos, cegado por la sangre, fue dando tumbos sin rumbo hasta que una blanca sombra, un espíritu de muerte, pasó por su lado y lo abatió. Una rueda de carro avanzaba por el suelo rebotando, pero oscuras cortinas de acre humo que se iban desplazando rápidamente la ocultaron a la vista.

Nadie había dado la alarma, pues los centinelas habían sido los primeros en caer. En el campamento enemigo casi nadie se había dado cuenta de lo que sucedía hasta que ya fue demasiado tarde.

En un lugar que últimamente era el escenario de bulliciosas celebraciones, y en el que muchos de sus soldados estaban borrachos, era difícil percatarse de que ocurría algo fuera de lo normal. Muchos de los hombres que habían bebido la cerveza envenenada con bandu yacían alrededor de los fuegos, enfermos. Algunos estaban tan débiles que se quemaron vivos sin tratar siquiera de escapar de las tiendas en llamas. Y otros estaban tan borrachos que sonreían a los hombres que les atravesaban el vientre con una espada.

Incluso los que no estaban borrachos, o no tanto como para caer en el embotamiento, no se daban cuenta de lo que realmente ocurría. Después de todo, los alborotos y la confusión estaban a la orden del día en el campamento, y durante toda la noche ardían enormes hogueras tanto para calentarse como para reunirse en torno. Por lo general eran los únicos puntos de referencia en el desordenado trazado del lugar, por lo que los fuegos que sembraban la destrucción únicamente inquietaban a quienes estaban cerca.

Para los d’haranianos, las refriegas en el campamento eran simplemente un ingrediente más del jolgorio, y nadie se echaba las manos a la cabeza por oír los gritos de los hombres que eran apuñalados en altercados. Las posesiones personales solamente lo seguían siendo si uno era lo suficientemente bravo como para defenderlas ante los muchos dispuestos a arrebatárselas. Entre los d’haranianos, las alianzas eran arenas movedizas y podían durar bien toda una vida o, en la mayoría de los casos, no más de una hora, hasta que se presentaba una nueva alianza más ventajosa o provechosa. Debido al alcohol y al veneno, percibían los chillidos muy amortiguados.

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