El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
35
Volyova contempló cómo cinco de las trece armas restantes del alijo asumían sus posiciones de ataque más allá de la Nostalgia por el Infinito. Sus iconos de colores flotaban sobre su cama como esos juguetitos que se utilizaban para divertir a los recién nacidos en sus cunas. Volyova levantó una mano y atravesó la fantasmal representación, empujó los iconos para ajustar las posiciones de las armas en relación con su nave, utilizando el casco para camuflarlas siempre que era posible. Los iconos se movían con obstinación, reflejaban los perezosos movimientos que en tiempo real hacían las propias armas.
—¿Vas a utilizarlas de inmediato? —preguntó Khouri.
Volyova miró a la mujer.
—No. Todavía no. No hasta que me obligue. No quiero que los inhibidores sepan que hay más armas en el alijo que las veinte que ya conocen.
—Al final tendrás que utilizarlas.
—A menos que Clavain entre en razón y se dé cuenta de que es imposible que gane. Quizá lo haga. No es demasiado tarde.
—Pero no sabemos nada sobre el tipo de armas que tiene él —dijo Khouri—. ¿Y si tiene algo igual de potente?
—En ese caso dará completamente igual, Khouri. Él quiere algo de mí, ¿entiendes? Yo no quiero nada de él. Eso me da una ventaja clara sobre Clavain.
—No…
Volyova suspiró, decepcionada por tener que explicarlo con todas las letras.
—El golpe que nos va a dar tiene que ser quirúrgico. No puede arriesgarse a dañar las armas que tanto quiere. En términos más crudos, no le robas a alguien tirándole un descortezador encima. Pero yo no tengo tantas reservas. Clavain no tiene nada que yo quiera.
Bueno, admitió Volyova para sí, casi nada. Sentía una vaga curiosidad por lo que fuera que le había permitido decelerar de una forma tan brutal. Incluso si no era nada tan exótico como la tecnología de supresión de la inercia… Pero no. No era nada que ella necesitara con desesperación. Eso significaba que ella podía utilizar toda la fuerza de su arsenal contra él. Podría borrarlo de la existencia, y lo único que perdería ella sería algo que ni siquiera estaba segura de que existiese.
Pero había algo que todavía la inquietaba. Seguro que Clavain podía ver eso por sí mismo, ¿no? Sobre todo si estaba tratando con ese Clavain, el verdadero Carnicero de Tarsis. Ese hombre no habría vivido cuatrocientos o más años de historia humana llenos de peligros cometiendo errores tan sencillos y trágicos.
¿Y si Clavain sabía algo que ella desconocía?
La triunviro movió los dedos por la proyección, reconfigurando con gesto nervioso sus piezas y preguntándose cuál de ellas debería usar primero, pensando también que, dadas las limitaciones de Clavain, sería más interesante dejar que la batalla se intensificara en lugar de eliminar su nave principal al instante.
—¿Alguna noticia de Thorn? —preguntó.
—Está en ruta, viene de Resurgam con otros dos mil pasajeros.
—¿Y sabe lo de nuestra pequeña dificultad con Clavain?
—Le dije que nos estábamos acercando a Resurgam. Pensé que no tenía sentido preocuparle más.
—No —dijo Volyova, de acuerdo con ella por una vez—. Esas personas están a salvo en el espacio, por lo menos tanto como lo estarían en Resurgam. Al menos, una vez que estén fuera del planeta tienen alguna esperanza de sobrevivir. No muy grande, pero…
—¿Estás segura de que no vas a utilizar las armas del alijo?
—Las voy a utilizar, Khouri, pero ni un momento antes de que tenga que hacerlo. ¿Has oído alguna vez la expresión «el blanco de sus ojos»? Quizá no; es ese tipo de cosas que solo un soldado podría saber.
—He olvidado más sobre mis días de soldado de lo que sabrás jamás, Ilia.
—Tú solo confía en mí. ¿Es tanto pedir?
Veintidós minutos después comenzó la batalla. La salva inicial de Clavain fue casi insultante por lo inadecuada. Volyova había detectado las huellas de los lanzacañones de aceleración, ondas de energía electromagnética diseñadas para lanzar de golpe, y a una velocidad de hasta dos mil kilómetros por segundo, una bala pequeña y densa. A las balas les llevaría una hora alcanzarla desde sus puntos de lanzamiento situados cerca de la Luz del Zodíaco. Al límite de su resolución, la triunviro podía distinguir las formas cruciformes básicas de los lanzacañones en sí, y luego contemplar el ritmo de explosiones secuenciadas de materia-antimateria que impulsaban las balas para que alcanzaran su velocidad terminal, engullendo los cañones de aceleración en el proceso. Clavain no tenía suficientes cañones de aceleración para saturar el volumen inmediato de espacio que rodeaba su nave, así que podía evitar que la alcanzaran con solo asegurarse de que mantenía (más bien el capitán que ella) a la Nostalgia por el Infinito en un patrón constante de movimiento aleatorio, y que nunca entraba en el volumen de espacio donde había estado una hora antes, que era hacia donde se habría apuntado la bala del cañón de aceleración que se acercaba.
Al principio, eso fue exactamente lo que pasó. Ni siquiera tuvo que pedírselo al capitán, que estaba al tanto de la misma información táctica que Volyova y parecía capaz de llegar a las mismas conclusiones. La mujer sintió los guiños y las cabezadas de la nave, como si su cama flotara sobre una balsa en un mar un poco picado, cuando la Nostalgia por el Infinito se movía y cambiaba con los impulsos cortos y atronadores de los muchos propulsores que salpicaban el casco y mantenían la posición.
Pero ella podía hacerlo mejor.
Con las disposiciones de largo alcance de los cañones de aceleración y las huellas de lanzamiento electromagnéticas, Volyova podía determinar la dirección precisa en la que se había apuntado una bala concreta. Había un margen de error pero no era grande, y a Volyova le divertía permanecer exactamente donde estaba hasta el último momento y luego mover la nave. Hizo simulacros en la pantalla táctica y le mostró al capitán el punto de impacto proyectado de cada nuevo lanzamiento de balas; le complació ver que el capitán revisaba su estrategia. A ella le gustaba más así. Era mucho más elegante, se aprovechaba mejor el combustible y esperaba que Clavain no se perdiera la lección.
Quería que él fuera más listo, para que ella pudiera serlo más todavía.
Clavain contempló cómo se disparaba y lanzaba el último de sus cañones de aceleración, que se destruyó en medio de una cascada de explosiones rápidas y brillantes.
Había pasado una hora desde que había dado comienzo al ataque, y lo cierto es que jamás había esperado hacer algo más que ocupar el tiempo de la triunviro, desviar la atención de la mujer de los otros elementos de su ataque. Si una de las balas hubiese alcanzado la nave, el impacto le habría asestado alrededor de una kilotonelada de energía cinética, suficiente para inutilizar la abrazadora lumínica, quizá incluso para desgarrarla, pero no lo suficiente para destruirla por completo. Todavía quedaba una oportunidad de triunfo, cuatro balas estaban aún de camino, pero la triunviro ya había dado todo tipo de indicaciones de que podía enfrentarse a esta amenaza concreta. Clavain no sentía demasiados remordimientos, era más una sensación de quedo alivio por haber dejado atrás la etapa de negociaciones y haber entrado en la arena muchísimo más honesta de una auténtica batalla. Sospechaba que la triunviro sentía algo parecido.
Felka y Remontoire flotaban a su lado en la cúpula de observación, que se había desacoplado de la parte giratoria de la nave. Ahora que la Luz del Zodíaco había ido frenando hasta detenerse al borde del volumen de batalla, ya no necesitaban los exoesqueletos, y Clavain se sentía extrañamente vulnerable sin el suyo.