El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
—¿Y tú no tuviste nada que ver con eso?
—Uno siempre hace todo lo que puede.
—Jamás pensé lo contrario, nave.
—Siento lo que pasó, Antoinette…
—Ya lo he superado, nave.
Ya no podía seguir llamándolo Bestia. Y desde luego no tenía el valor de llamarlo Lyle Merrick.
«Nave» tendría que servir.
Cambió a una magnificación incluso menor y solicitó un cuadro superpuesto que encuadrara las numerosas naves de ataque y las etiquetara con códigos numéricos según el tipo, el alcance, la tripulación y el armamento, y trazara sus vectores. Quedó entonces clara una pequeña idea de la magnitud del asalto. Había alrededor de cien naves en total. Unas sesenta de esas cien eran triciclos, y unos treinta de los triciclos incluso transportaban miembros del escuadrón de asalto; en general, un cerdo fuertemente armado, aunque había uno o dos triciclos conjuntos para operaciones especializadas. Todos los triciclos tripulados transportaban algún tipo de armamento, que iba desde los gráseres de un solo uso a bóseres Breitenbach de varios gigavatios. Todas las tripulaciones llevaban servoarmaduras, y la mayor parte transportaba armas de fuego o podía soltar y llevarse el arma del triciclo una vez que llegaran a la nave enemiga.
Había unas treinta naves de tamaño medio: transbordadores de dos o tres plazas y casco cerrado. Eran todos de diseño civil, ya fueran adaptaciones de las naves que ya estaban presentes en las bodegas de la Luz del Zodíaco cuando la capturaron o proporcionados por H, sacados de sus propias flotas incursoras. Estaban equipadas con un espectro de armamento parecido al de los triciclos, pero también llevaban equipo más pesado: rejillas de misiles y equipo especializado de atraque forzado. Y luego había nueve trasbordadores o corbetas de tamaño más grande, todos capaces de albergar al menos veinte tripulantes armados y con cascos lo bastante largos para llevar la clase más pequeña de lanzabalas de cañones de aceleración. Tres de estas naves llevaban supresores de inercia, lo que aumentaba su techo de aceleración de cuatro a ocho gravedades. Sus fornidos cascos y diseños asimétricos los distinguían como naves no atmosféricas, pero eso no supondría un inconveniente en la esfera de combate que se anticipaba.
El Ave de Tormenta era mucho más grande que las otras naves, lo bastante para que su propia bodega contuviera ahora tres trasbordadores y una docena de triciclos, junto con sus respectivas tripulaciones. No tenía maquinaria de supresión de la inercia, había resultado imposible replicar la tecnología en masa, sobre todo en las condiciones de la Luz del Zodíaco, pero a modo de compensación, la nave de Antoinette llevaba más armamento y más blindaje que cualquier otra nave de la flota de asalto. Ya no era un mercancías, pensó. Era una nave de guerra y más le valía que empezara a acostumbrarse a la idea.
—Seño…, quiero decir, ¿Antoinette?
—¿Sí? —preguntó ella apretando los dientes.
—Solo quería decir… ahora…, antes de que sea demasiado tarde…
La joven apretó el botón que desconectaba la voz, y luego salió de su sillón y se metió en el exoesqueleto.
—Más tarde, nave. Tengo que inspeccionar las tropas.
Solo, con las manos aferradas con fuerza a la espalda, Clavain permanecía envuelto en el abrazo rígido de su exoesqueleto, contemplando la partida de las naves de ataque desde una cúpula de observación.
Los zánganos, señuelos, triciclos y naves giraban y rodaban a medida que abandonaban la Luz del Zodíaco para situarse en los escuadrones que les habían designado. El cristal inteligente de la cúpula le protegía los ojos de la luz deslumbradora y feroz de los escapes, manchaba de negro el núcleo de cada llama de tal forma que él solo veía los extremos violetas. A lo lejos, mucho más allá del enjambre de naves que partían, estaba la faz creciente de color pardo grisáceo de Resurgam, el planeta entero tan pequeño como una canica sujeta a cierta distancia. Sus implantes le indicaban la posición de la abrazadora lumínica de Volyova, aunque la otra nave estaba demasiado lejos para verla a simple vista. Pero con una sola orden neuronal hacía que la cúpula magnificara de forma selectiva esa parte de la imagen, de tal forma que una visión razonablemente marcada de la Nostalgia por el Infinito se hinchaba y surgía de la oscuridad. La nave de la triunviro estaba a casi diez segundos luz de distancia, pero también era muy grande; el casco tenía una longitud de cuatro kilómetros y se subtendía con un ángulo de un tercio de un arco segundo, así que estaba perfectamente al alcance de la capacidad de resolución de los telescopios ópticos más pequeños de la Luz del Zodíaco. Lo malo era que la triunviro tendría una visión por lo menos igual de buena de la nave de Clavain. Siempre que estuviera prestando atención, sería imposible que no notara la partida de la flota de ataque.
Clavain sabía ahora que los barrocos aumentos que había visto antes, y que había descartado como fantasmas añadidos por el programa del procesador, eran más que reales; que algo asombroso y extraño le había ocurrido a la nave de Volyova. La nave se había reconvertido en una enconada caricatura gótica del aspecto que debería tener una nave estelar. Clavain solo podía especular que la plaga de fusión debía de haber tenido algo que ver. El único lugar en el que había visto transformaciones que se acercaran siquiera a lo que estaba viendo ahora era en la arquitectura combada y fantasmagórica de Ciudad Abismo. Había oído hablar de naves infectadas por la plaga y había oído que en ocasiones esta alcanzaba la maquinaria de reparación y rediseño que permitía la evolución de las naves, pero jamás había oído hablar de que una nave se pervirtiera de una forma tan absoluta como esta al tiempo que, por lo que él veía, podía seguir funcionando como tal. Se le ponían los pelos de punta con solo verla. Esperaba que ningún ser vivo hubiera quedado atrapado en esas transformaciones.
La esfera de batalla abarcaría los diez segundos luz que había entre la Luz del Zodíaco y la otra nave, aunque el punto central vendría determinado por los movimientos de Volyova. Era un buen volumen para una guerra, pensó Clavain. Tácticamente hablando, la escala no importaba tanto como los típicos tiempos de travesía para las varias naves y armas.
A tres gravedades la esfera se podía cruzar en cuatro horas, algo más de dos horas para las naves más rápidas de la flota. A un misil hiperrápido le llevaría menos de cuarenta minutos abarcar la esfera. Clavain ya había ahondado en sus recuerdos de anteriores campañas bélicas en busca de paralelismos tácticos. La Batalla de Gran Bretaña (una oscura disputa aérea de una de las primeras guerras transnacionales, librada con aviones subsónicos con motor de pistones) había abarcado un volumen similar desde el punto de vista de tiempos de travesía, aunque el elemento tridimensional había sido mucho menos importante. Las guerras globales del siglo XXI eran menos relevantes; con zánganos de ondas suborbitales, ningún punto del planeta había estado a más de cuarenta minutos de la aniquilación. Pero las guerras del sistema solar de la segunda mitad de ese siglo ofrecían paralelismos más útiles. Clavain pensó en la crisis de secesión entre la Tierra y la Luna, o la batalla por Mercurio, y tomó nota de victorias y fracasos, y las razones de cada uno. También pensó en Marte, en la batalla contra los combinados, a finales del siglo XXII. La esfera de combate había llegado muy por encima de las órbitas de Fobos y Deimos, de tal forma que el tiempo de travesía real para los cazas monoplaza más rápidos había sido de tres o cuatro horas. También había habido problemas de retrasos, y las comunicaciones en la línea de visión quedaban bloqueadas por enormes nubes de ahechaduras plateadas.