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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—¿Desilusionado, Clavain? —preguntó Remontoire.

—No. De hecho, me tranquiliza. Si hay algo que parece demasiado fácil empiezo a buscar la trampa.

Remontoire asintió.

—No es tonta, eso seguro, poco importa lo que le haya hecho a su nave. Entiendo que sigues sin creerte esa historia sobre un intento de evacuación…

—Ahora hay más razones para creerla de las que había antes —dijo Felka—. ¿No es cierto, Clavain? Hemos visto transbordadores moviéndose entre la superficie y la órbita.

—Eso es todo lo que hemos visto —dijo Clavain.

—Y una nave más grande moviéndose entre la órbita y la abrazadora lumínica —continuó la joven—. ¿Qué más pruebas necesitamos de que es sincera?

—Eso no indica necesariamente un programa de evacuación —dijo Clavain con los dientes apretados—. Podrían ser muchas cosas.

—Entonces dale el beneficio de la duda —dijo Felka.

Clavain se volvió hacia ella. Rebosaba furia, pero esperaba que no se le notara.

—La decisión es suya. Es ella la que tiene las armas. Son todo lo que quiero.

—Las armas no van a marcar ninguna diferencia a largo plazo.

Esta vez Clavain no intentó ocultar su ira.

—¿Qué coño se supone que significa eso?

—Solo lo que he dicho. Lo sé, Clavain. Sé que todo lo que está pasando aquí, todo lo que significa tanto para ti, para nosotros, a la larga no significa nada en absoluto.

—Y esa perla de sabiduría la sacaste del lobo, ¿no?

—Sabes que me traje parte de él de la nave de Skade.

—Sí —dijo él—. Y eso significa que tengo muchas razones más para no hacer caso de nada de lo que digas, Felka.

La mujer se elevó hacia un lado de la cúpula y desapareció por el agujero de salida, de vuelta al cuerpo principal de la nave. Clavain abrió la boca para llamarla, para decir algo a modo de disculpa. No salió nada.

—¿Clavain?

Este miró a Remontoire.

—¿Qué, Rem?

—Los primeros misiles hiperrápidos llegarán dentro de un minuto.

Antoinette vio pasar como un rayo a su lado la primera oleada de misiles hiperrápidos, que adelantaron al Ave de Tormenta con una velocidad diferencial de casi mil kilómetros por segundo. Se habían desplegado cuatro misiles, y aunque pasaron alrededor de su nave por los cuatro lados, convergieron por delante un instante después y las llamas de sus tubos de escape se encontraron como líneas en un esbozo de perspectiva.

Dos minutos después pasó otra oleada por estribor, y una tercera se deslizó por babor, mucho más lejos, tres minutos después.

—La hostia —susurró la joven—. No estamos jugando a la guerra, ¿verdad?

—¿Asustada? —le preguntó Xavier, hundido en el asiento al lado de ella.

—Más que asustada. —Ya había vuelto al cuerpo principal del Ave de Tormenta para inspeccionar el escuadrón de asalto ferozmente armado que transportaba en la bodega de carga de su nave—. Pero eso es bueno. Papá siempre decía…

—Ya puedes tener miedo si no tienes miedo. Ya. —Xavier asintió—. Era uno de sus…

—De hecho…

Los dos se quedaron mirando el panel.

—¿Qué, nave? —preguntó Antoinette.

—En realidad eso era mío. Pero a tu padre le gustó lo suficiente como para robármelo. Lo tomé como un cumplido.

—Así que fue Lyle Merrick el que dijo en realidad… —comenzó Xavier.

—Sí.

—No jodas —dijo Antoinette.

—No jodo, señorita.

La última oleada de balas estaba todavía de camino cuando Clavain pasó al siguiente nivel de ataque contra Volyova. Una vez más, el factor sorpresa no existía. Pero casi nunca lo había en la guerra espacial, donde los lugares para ocultarse y las oportunidades para camuflarse eran tan infrecuentes como escasos. Podías planear, elaborar estrategias y esperar que el enemigo no advirtiese las trampas obvias o sutiles enterradas en la ubicación de tus fuerzas, pero en cualquier otro aspecto, la guerra en el espacio era un juego de total transparencia. Era una guerra entre enemigos que podían asumir con toda seguridad que el otro era omnisciente. Como en una partida de ajedrez, con frecuencia se podía adivinar el resultado en unos cuantos movimientos, sobre todo si los adversarios no estaban muy igualados.

Volyova rastreó las trayectorias de los misiles hiperrápidos a medida que cruzaban veloces el espacio que separaba su nave de los lanzamisiles desplegados por la Luz del Zodíaco. Aceleraban a cien gravedades y sostenían la propulsión durante cuarenta minutos antes de convertirse en puros misiles balísticos. Luego se movían a poco menos del uno por ciento de la velocidad de la luz, unos objetivos formidables, pero seguían estando dentro de las posibilidades de las defensas autónomas del casco de la Nostalgia por el Infinito. Cualquier nave estelar tenía que ser capaz de rastrear y destruir objetos rápidos como parte normal de los procedimientos para evitar una colisión, así que Volyova apenas tuvo que actualizar las salvaguardas existentes para conseguir armas de gran alcance.

Era una cuestión de números. Cada misil ocupaba una cierta fracción de las armas del casco que tenía disponibles, y siempre había una pequeña posibilidad estadística de que llegaran demasiados misiles al mismo tiempo para que ella (o el capitán, que era el que en realidad estaba defendiendo la nave) se enfrentaran a ellos.

Pero eso no pasó. Volyova realizó un análisis del despliegue de misiles y llegó a la conclusión de que Clavain no estaba intentando darle. Estaba dentro de su capacidad lograrlo, tenía cierto control sobre los misiles hasta que estos dejaban de acelerar, lo suficiente como para corregir su trayectoria respecto a cualquier pequeño cambio en la posición de la Nostalgia. Y un impacto directo de un hiperrápido, incluso de uno que llevara una cabeza explosiva de fogueo, hubiera eliminado la nave entera en un instante. Sin embargo, todos los misiles estaban en trayectorias que en realidad tenían muy pocas posibilidades de acertarle a su nave. Pasaban a su lado a toda velocidad y les sobraban decenas de kilómetros, mientras que más o menos uno de cada veinte pasaba a detonar un poco más cerca de Resurgam. Las huellas de las explosiones sugerían pequeños estallidos de materia-antimateria, o bien restos de combustible o cabezas nucleares del tamaño de alfileres. Los otros diecinueve misiles eran en realidad de fogueo.

Una explosión cercana desde luego que dañaría la Nostalgia, pensó. Las cinco armas del alijo desplegadas eran lo bastante robustas como para no tener que preocuparse por ellas, pero si había cerca una explosión de materia-antimateria, muy bien podía dejar incapacitado el armamento del casco y dejarla totalmente expuesta a un asalto más concertado. No es que ella fuera a dejar que ocurriera eso, pero tendría que emplear una buena fracción de sus recursos para evitarlo. Y lo más molesto era que la mayor parte de los misiles que tenía que destruir en realidad no suponían ninguna amenaza real, ni estaban en trayectorias de interceptación ni estaban armados.

No llegó tan lejos como para felicitar a Clavain. Todo lo que este había hecho era adoptar un enfoque de ataque por saturación de manual, inmovilizando sus defensas con una amenaza de baja probabilidad y graves consecuencias. El plan no era ni astuto ni original, pero era, más o menos, exactamente lo mismo que habría hecho ella en las mismas circunstancias. Tendría que reconocerle eso, al menos: desde luego no la había desilusionado.

Volyova decidió darle una última oportunidad antes de terminar con la diversión.

—¿Clavain? —le preguntó. Emitía por la misma frecuencia que ya había utilizado para su ultimátum—. Clavain, ¿me estás escuchando?

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