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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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Pasaron veinte segundos y luego oyó su voz.

—Te escucho, triunviro. He de suponer que esto no es un ofrecimiento de rendición, ¿verdad?

—Te estoy ofreciendo una oportunidad, Clavain, antes de que termine con todo esto. Una oportunidad para que te vayas de aquí y luches otro día, contra un adversario más entusiasta.

La triunviro esperó a que la respuesta de su enemigo se arrastrara hasta ella. El retraso podía ser artificial, pero casi con toda seguridad significaba que él seguía a bordo de la Luz del Zodíaco.

—¿Por qué ibas a darme cuartelillo, triunviro?

—No eres mal hombre, Clavain. Solo estás… confundido. Crees que necesitas las armas más que yo, pero te equivocas, no es cierto. No te lo tendré en cuenta. Todavía no se ha hecho ningún daño irreparable. Que tus fuerzas den la vuelta y lo llamaremos un malentendido.

—Hablas como alguien que cree que lleva todas las de ganar, Ilia. Yo no estaría tan seguro en tu lugar.

—Tengo las armas, Clavain. —Volyova se encontró esbozando una sonrisa y frunciendo el ceño al mismo tiempo—. Eso cambia mucho las cosas, ¿no te parece?

—Lo siento, Ilia, pero yo creo que un ultimátum es suficiente para cualquiera, ¿tú no?

—Eres un necio, Clavain. Lo triste es que nunca sabrás hasta qué punto.

El hombre no respondió.

—¿Y bien, Ilia? —preguntó Khouri.

—Le he dado al muy hijo de puta su oportunidad. Ya es hora de dejar de jugar. —La triunviro alzó la voz—. ¿Capitán? ¿Me oye? Quiero que me dé el control absoluto del arma diecisiete del alijo. ¿Está dispuesto a hacerlo?

No hubo respuesta. El momento se prolongó. Sentía un cosquilleo en la nuca debido a la ansiedad. Si el capitán no estaba dispuesto a permitirle utilizar las cinco armas desplegadas, entonces todos sus planes se derrumbaban y Clavain parecería de repente mucho menos necio que un minuto antes.

Entonces notó el sutil cambio que se operó en el estado del icono del arma, cambio que significaba que ahora tenía control militar absoluto del arma diecisiete del alijo.

—Gracias, capitán —dijo Volyova con dulzura. Luego se dirigió al arma—: Hola, Diecisiete. Es un placer volver a hacer negocios contigo.

Metió la mano en la proyección y pellizcó entre los dedos el icono flotante del arma. Una vez más el icono respondió con pereza, reflejaba el peso muerto del arma al sacarla de la sombra de sensores del casco de la Nostalgia. Con el movimiento se iba alineando, apuntando con su largo eje asesino hacia el lejano objetivo, aunque en realidad no tan lejano, de la Luz del Zodíaco. En cualquier momento dado, el conocimiento que tenía Volyova de la posición de la nave de Clavain se había quedado anticuado por veinte segundos, pero eso no era más que una molestia menor. En el improbable caso de que se moviera de repente, ella todavía tenía garantizada la pieza. Barrería el volumen de posible ocupación de él con el arma, y con eso sabía que tenía la certeza de acertarle en algún punto. Lo sabría cuando ocurriese, la detonación de los motores combinados de su nave iluminaría el sistema entero. Si había algo que tenía garantías de suscitar el interés de Tos inhibidores, sería eso.

Con todo, tenía que hacerlo.

Pero Volyova tembló en el momento de la ejecución. Aquello no estaba bien; era demasiado definitivo, demasiado repentino; demasiado (y eso la sorprendió) poco deportivo. Sentía que le debía una última oportunidad de retirarse, que debería ofrecerle una última advertencia, algo desesperadamente urgente. Después de todo, el hombre había venido desde muy lejos. Y estaba claro que se había imaginado que tenía la oportunidad de conseguir las armas.

Clavain, Clavain, pensó para sí. No debería haber sido así…

Pero así era y no había más que hacer.

Le dio un golpecito al icono, como un bebé que pincha su juguete.

—Adiós —susurró Volyova.

El momento pasó. Los índices y símbolos de estado que había al lado del icono del arma del alijo cambiaron, lo que significaba una alteración profunda en la condición del arma. La triunviro miró la imagen en tiempo real de la nave de Clavain y contó mentalmente los veinte segundos que tendrían que pasar antes de que la nave quedara destrozada por el haz del arma diecisiete. El arma abriría una herida del tamaño de un cañón en la nave de Clavain, eso suponiendo que no provocase una detonación inmediata y letal de los motores combinados.

Después de diez segundos, Clavain todavía no se había movido. Volyova supo entonces que había apuntado bien, que el impacto sería preciso y devastador. Clavain no sabría nada de su propia muerte, nada del olvido que se acercaba.

La triunviro esperó a que pasaran los diez segundos restantes, anticipando la amarga sensación de triunfo que acompañaría a la victoria.

Transcurrió el tiempo. Ilia se estremeció con un gesto involuntario para defenderse del fulgor inminente, como una niña que esperase los fuegos artificiales más grandes y mejores.

Los veinte segundos se convirtieron en veintiuno…, los veintiuno en veinticinco…, treinta. Pasó medio minuto. Luego un minuto.

La nave de Clavain permanecía a la vista.

No había ocurrido nada.

36

Volyova oyó de nuevo su voz. Era tranquila, educada, casi en tono de disculpa.

—Sé lo que acabas de intentar, Ilia. ¿Pero no crees que yo ya habría considerado la posibilidad de que volvieras las armas contra mí?

La mujer tartamudeó una respuesta.

—¿Qué… has… hecho?

Veinte segundos que se prolongaron durante una eternidad.

—Nada, en realidad —dijo Clavain—. Solo le dije al arma que no disparase. Son propiedad nuestra, Ilia, no tuya. ¿No se te ocurrió por un momento que podríamos tener un modo de protegernos contra ellas?

—Estás mintiendo —dijo ella.

Clavain parecía divertido, como si en el fondo esperase que ella le exigiera más pruebas.

—Puedo demostrártelo otra vez, si quieres.

Le dijo que prestara atención a las demás armas del alijo, las que ya había arrojado contra los inhibidores.

—Ahora concéntrate en el arma que más cerca está de los restos de Roc, ¿quieres? Estás a punto de ver cómo deja de disparar.

Después de eso fue un tipo de guerra diferente. En menos de una hora las primeras oleadas de la fuerza de asalto de Clavain estaban llegando al volumen inmediato de espacio que rodeaba a la Nostalgia por el Infinito. Lo contempló a la distancia justa de diez segundos luz; se sentía tan lejos de la batalla que había iniciado él como un anticuado general que desde la cima de una colina mirase sus ejércitos a través de unos gemelos, el estrépito y la furia del combate, demasiado lejos para que pudiera oírlo.

—Un buen truco —le dijo Volyova.

—No ha sido ningún truco. Solo una precaución que deberías haber asumido que habríamos tomado. ¿Nuestras propias armas, Ilia? Por favor.

—¿Una señal, Clavain?

—Un impulso codificado de neutrinos. No se puede bloquear ni trabar, así que no se te vaya a ocurrir intentarlo. No va a funcionar.

La mujer le respondió con una pregunta que él no se esperaba, algo que le recordó que no debía subestimarla ni por un instante.

—Muy bien. Pero yo habría pensado, si suponemos que tienes los medios para evitar que funcionen, que también tendrías los medios para destruirlas.

A pesar del intervalo de tiempo, Clavain sabía que solo tenía un segundo para fraguar una respuesta.

—¿Y de qué me serviría, Ilia? Estaría destruyendo justo lo que he venido a recoger.

La respuesta de Volyova llegó cortante veinte segundos después.

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