El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
—No necesariamente, Clavain. Podrías limitarte a amenazar con destruirlas. Presumo que la destrucción de un arma del alijo sería bastante espectacular, poco importa cómo lo hagas. De hecho, no necesito suponer nada. Ya he visto lo que ocurre y sí, fue espectacular. ¿Por qué no amenazar con detonar una de las armas que todavía tengo dentro de mi nave y ver adonde te lleva eso?
—No deberías darme ideas —le dijo él.
—¿Por qué no? ¿Porque podrías hacerlo? No creo que puedas, Clavain. No creo que tengas los medios de hacer nada salvo evitar que las armas disparen.
A esas alturas, la mujer ya lo había llevado a una trampa. Nada podía hacer salvo seguirla.
—Puedo…
—Entonces demuéstralo. Envía una señal de destrucción a una de las otras armas, a una de esas que están al otro lado del sistema. ¿Por qué no destruir la que ya has detenido?
—Sería absurdo destruir un arma irreemplazable con el único fin de demostrar algo, ¿no?
—Eso dependería mucho de lo que quisieses demostrar, Clavain.
El hombre se dio cuenta de que no ganaba nada más mintiéndole. Suspiró, sentía que se le quitaba un peso enorme de encima.
—No puedo destruir ninguna de las armas.
—Bien… —ronroneó ella—. En una negociación la transparencia lo es todo, ya ves. Dime, ¿en algún momento se pueden destruir las armas a distancia, Clavain?
—Sí —dijo él—. Hay un código, único para cada arma.
—¿Y?
—Yo no conozco esos códigos. Pero los estoy buscando, pruebo permutaciones.
—¿Entonces quizá con el tiempo los consigas?
Clavain se rascó la barba.
—En teoría. Pero no contengas la respiración.
—¿Pero seguirás buscándolos?
—Me gustaría saber cuáles son, ¿a ti no?
—No me hace falta, Clavain. Tengo mi propios sistemas de autodestrucción injertados en cada arma, independientes por completo de cualquier cosa que tu gente haya podido instalar en el nivel más básico.
—Me pareces una mujer muy prudente, Ilia.
—Me tomo mi trabajo muy en serio, Clavain. Claro que tú también.
—Sí —dijo él.
—Bueno, ¿y ahora qué pasa? Sabes que no pienso darte los trastos. Y todavía tengo otras armas.
Clavain amplió la batalla al máximo y la contempló, destellos de luz salpimentaban el espacio que rodeaba la nave de la triunviro. Ya se habían registrado las primeras bajas. Quince de los cerdos de Escorpio estaban muertos: los habían matado las defensas del casco de Volyova antes de que se acercaran a menos de treinta kilómetros de la nave. Había otros equipos de asalto que al parecer estaban más cerca; un equipo podría incluso haber alcanzado el casco, pero fuera cual fuera el resultado, y a no había posibilidad alguna de que fuera una campaña incruenta.
—Lo sé —dijo Clavain antes de dar por finalizada la conversación.
Le dejó a Remontoire el control absoluto de la Luz del Zodíaco y luego se asignó una de las últimas naves espaciales de la bodega. El trasbordador ex civil era uno de los de H: Clavain reconoció los arcos luminosos y los tajos de las marcas de guerra banshee cuando cobraron vida con un parpadeo vacilante. Aquella nave de cintura de avispa era pequeña y su armamento ligero, pero llevaba el último mecanismo operativo de supresión de inercia, y por eso la había conservado hasta ahora. A un nivel subconsciente debió de saber en todo momento que querría unirse a la batalla, y esta nave lo llevaría allí en poco menos de una hora.
Clavain se había puesto el traje y había pasado por el ciclo de la conexión estanca que le daba acceso a la nave atracada. Fue entonces cuando lo alcanzó la mujer.
—Clavain.
Se volvió con el casco metido bajo el brazo.
—Felka —dijo.
—No me dijiste que te ibas.
—No tuve valor.
Ella asintió.
—Habría intentado convencerte de lo contrario. Pero lo entiendo. Es algo que tienes que hacer.
Él asintió sin decir nada.
—Clavain…
—Felka siento mucho lo que…
—No importa —dijo ella mientras daba un paso más hacia él—. Quiero decir, importa, por supuesto que importa, pero podemos hablar sobre eso más tarde. De camino.
—¿De camino adonde? —dijo él de forma un tanto estúpida.
—A la batalla, Clavain. Me voy contigo.
Fue solo entonces cuando él se dio cuenta de que Felka también llevaba un traje arrebujado bajo el brazo y un casco que le colgaba del puño como una fruta demasiado madura.
—¿Por qué?
—Porque si tú mueres, yo también quiero morir. Es tan sencillo como eso, Clavain.
Se alejaron de la Luz del Zodíaco. Clavain contempló cómo quedaba atrás la nave y se preguntó si volvería alguna vez a poner los pies en ella.
—Esto no va a ser muy cómodo —advirtió cuando disparó la propulsión hasta el límite. La burbuja de supresión de la inercia se tragó cuatro quintas partes de la masa de la nave banshee, pero el radio efectivo de la burbuja no abarcó la cubierta de vuelo. Clavain y Felka sintieron todo el aplastamiento que suponían las ocho gravedades acumuladas como una serie de pesos colocados sobre el pecho.
—Puedo soportarlo —le dijo ella.
—No es demasiado tarde para dar la vuelta.
—Voy contigo. Hay muchas cosas de las que tenemos que hablar.
Clavain solicitó una representación de la batalla para evaluar los cambios que hubieran tenido lugar mientras él había ido a recoger su traje espacial. Sus naves se arremolinaban alrededor de la Nostalgia por el Infinito como avispones enfurecidos, dibujando arcos cada vez más apretados con cada bucle. Ya habían muerto veintitrés miembros del ejército de Escorpio, la mayor parte cerdos, pero el sector más próximo del enjambre atacante estaba ahora a pocos kilómetros del casco de la gran nave; a tan corta distancia se convertían en objetivos muy difíciles para las defensas de medio alcance de Volyova. El Ave de Tormenta, identificado por su propio y grueso icono, se estaba acercando ahora al borde del enjambre de ataque. La triunviro se había traído todas salvo una de las armas de clase infernal de vuelta al refugio de la abrazadora lumínica. En otra parte, en la perspectiva general de todo el sistema, el arma de los lobos seguía hundiendo su único colmillo gravitatorio en la carne de la estrella. Clavain contrajo las imágenes hasta el tamaño justo para verlas y luego se volvió hacia Felka.
—Me temo que hablar no va ser demasiado fácil.
[Entonces no hablaremos, ¿no?].
Clavain la miró, sorprendido de que se hubiera dirigido a él al modo combinado, abriendo una ventana entre sus cabezas, metiendo palabras y mucho más que palabras en su cráneo.
Felka…
[Tranquilo, Clavain. Solo porque no lo hiciera muy a menudo no significa que no pudiese…].
Nunca pensé que no pudieses… Es solo… Estaban lo bastante cerca para el pensamiento combinado, comprendió Clavain, aunque no hubiera maquinaria combinada en la nave en sí. Los campos generados por sus implantes eran lo bastante fuertes para influir en el otro sin amplificaciones intermedias, siempre que no estuvieran a más de unos metros de distancia.
[Tienes razón. En circunstancias normales no quería. Pero tú no eres alguien cualquiera].
No tienes que hacerlo si no…
[Clavain, una advertencia. Puedes mirarlo todo en mi cabeza. No hay barreras, particiones, ni bloqueos mnemónicos. Para ti no, al menos. Pero no mires demasiado. No es que fueras a ver algo privado, o algo de lo que estoy avergonzada. Es solo…].
¿Que quizá yo no fuera capaz de soportarlo?
[A veces yo no puedo soportarlo, Clavain, y he vivido con ello desde que nací].