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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Los músculos del rostro de la Hermana se relajaron.

— Como Hermana de la Luz no tengo poder para cambiar las cosas y para cumplir con mi obligación de salvar más vidas, he tenido que respetar lo que se ha hecho durante tres mil años. Pero admito que lo odiaba y en el fondo me alegro de que me lo hayas quitado de las manos. No obstante, no puedo cerrar los ojos ante los trastornos ni las muertes que eso va a causar. Cuando te pusiste el rada’han me dijiste que sostener la correa de ese collar sería peor que llevarlo. Tu predicción se está cumpliendo.

Las pestañas del párpado inferior se le humedecieron y brillaron.

— Me has amargado lo que más amaba: mi vocación. Ya ni siquiera deseo castigarte por tu desobediencia. Dentro de pocos días llegaremos a palacio y por fin me podré lavar las manos. Dejaré que sean otras las que se ocupen de ti.

»Ya comprobarás cómo te tratan cuando las disgustes. Estoy segura de que no serán tan tolerantes como yo. Usarán el collar y, cuando lo hagan, creo que lamentarán más que yo tener que sostener la correa. Creo que lamentarán tanto como yo haber tratado de ayudarte.

Richard se metió las manos en los bolsillos traseros mientras clavaba la mirada en el tupido bosque de robles y brezo.

— Lamento que te sientas así, Hermana, pero lo comprendo. Admito que me he resistido a ser tu prisionero, pero lo que ha ocurrido hoy no tenía nada que ver contigo ni conmigo.

»Se trataba de lo que es correcto y lo que no lo es. Siendo como eres alguien que trata de enseñarme, esperaba que adoptaras la misma actitud moral que yo. Esperaba que las Hermanas no querrían enseñar a usar el don a alguien capaz de renunciar como si nada a sus convicciones en función de las circunstancias.

»Hermana Verna, no he actuado movido por el deseo de disgustarte. Pero no habría podido vivir conmigo mismo de haber permitido que se cometiera un asesinato bajo mis narices, y mucho menos de haber participado en él.

— Lo sé, Richard. Pero eso lo hace aún peor, porque todo se reduce a lo mismo. —La Hermana separó las manos, examinó con la mirada el fuego y las provisiones y, finalmente, sacó una pastilla de jabón de una de las alforjas—. Voy a preparar un estofado y una torta de cereal. Tú, Du Chaillu —dijo, lanzando el jabón a Richard—, necesitas un baño.

La mujer se cruzó de brazos y lanzó un resoplido.

— Cuánto siento que los hombres que me tenían encadenada al muro no me ofrecieran agua cuando venían a montarme. Así no ofendería tu delicado olfato.

La hermana Verna se agachó y empezó a sacar provisiones.

— No era mi intención ofenderte, Du Chaillu. Simplemente se me ocurrió que te gustaría quitarte de encima la porquería de esos hombres. En tu lugar, yo no desearía otra cosa que lavarme para no notar el tacto de sus manos en mi piel.

La indignación de Du Chaillu flaqueó.

— ¡Claro que lo deseo! Hueles tan mal como la bestia que montas —espetó a Richard, arrebatándole la pastilla de jabón—. O te lavas o no pienso acercarme a ti, y tendrás que comer solo.

Richard se rió entre dientes.

— Si de ese modo estás contenta, también yo me bañaré.

Mientras Du Chaillu se encaminaba al estanque, la hermana Verna lo llamó en voz baja. Richard esperó junto a ella mientras sacaba una olla de una alforja.

— Durante los últimos tres mil años su pueblo ha matado a todos los «hombres mágicos» que han caído en sus manos. No hay tiempo para darte lecciones de historia ahora. Pero recuerda que los viejos hábitos no se olvidan fácilmente. No le des la espalda. Más pronto o más tarde intentará matarte.

Inesperadamente el quedo tono de voz empleado por la Hermana le puso la piel de gallina.

— Trataré de seguir con vida para que puedas entregarme en palacio, Hermana, y verte al fin libre de tan onerosa carga.

Richard corrió hacia el estanque y alcanzó a Du Chaillu cuando ésta atravesaba los juncos.

— ¿Por qué llamas a ese vestido el vestido de plegarias?

Du Chaillu extendió los brazos para que la brisa agitara las tiras de tela sujetas al vestido.

— Porque son plegarias.

— ¿Qué son plegarias? ¿Te refieres a las bandas de tela?

— Sí. Cada una de ellas es una oración. Cuando sopla el viento y ondean, envían la plegaria a los espíritus.

— ¿Y para qué oráis?

— Todas piden lo mismo. Todas y cada una de las personas que me las ofrecen rezan de todo corazón para que podamos recuperar nuestra tierra.

— ¿Vuestra tierra? Pero sí ya estáis en vuestra tierra.

— No. Aquí es donde vivimos, pero ésta no es nuestra tierra. Hace miles de años los hombres mágicos nos la arrebataron y nos desterraron aquí.

Ya habían llegado a la orilla del estanque. La brisa rizaba la superficie del agua, formando manchas oscuras. En la orilla crecía la hierba, y los densos matorrales a ambos lados llegaban hasta el agua.

— ¿Los hombres mágicos os arrebataron vuestra tierra? ¿Qué tierra era ésa?

— Nos despojaron de la tierra de nuestros antepasados. —Du Chaillu señaló hacia el valle de los Perdidos—. Está allí, más allá del país de los majendie. Yo me dirigía a nuestra tierra llevando las plegarias para suplicar a los espíritus que nos ayuden a recuperarla. Pero los majendie me apresaron y no pude hacer llegar las plegarias a los espíritus.

— ¿Cómo os van a devolver vuestra tierra?

— No lo sé. Las antiguas palabras solamente dicen que cada año un baka ban mana debe ir a nuestra tierra para orar a los espíritus y que, si lo hacemos, la recuperaremos. —Du Chaillu se desató el cinturón y lo dejó caer al suelo. Luego, con gracia perturbadora, arrojó a un lado el cuchillo verde clavándolo en el extremo redondo de una rama que sobresalía de un tronco.

— ¿Cómo?

Du Chaillu lo miró con curiosidad.

— Nos enviarán a nuestro señor.

— Creí que los baka ban mana eran los que no tienen señor.

La mujer se encogió de hombros.

— Eso es porque los espíritus todavía no nos han enviado uno.

Mientras Richard le daba vueltas a las palabras de Du Chaillu, ésta cogió el borde del vestido y se lo quitó por la cabeza.

— ¿Qué crees que estás haciendo? —exclamó Richard.

— Soy yo la que tengo que limpiarme, no el vestido.

— ¡Pero no delante de mí!

Du Chaillu se miró el cuerpo desnudo.

— Pero si ya me has visto. No he cambiado desde esta mañana. Te has puesto otra vez rojo —dijo al mirarlo.

— Ve hacia allí, al otro lado de los juncos. Tú a un lado y yo al otro.

Dicho esto, le dio la espalda.

— Pero sólo tenemos una pastilla de jabón.

— Pues me la tiras cuando hayas acabado.

Du Chaillu fue a colocarse frente a él. Richard trató de dar otra vez media vuelta, pero ella lo siguió y le agarró las nalgas.

— No puedo frotarme yo sola la espalda. Además, no es justo. Tú me has visto desnuda y yo a ti no. Por eso te has puesto rojo, porque no estás siendo justo. Desnúdate y te sentirás mejor.

El joven le apartó bruscamente las manos.

— Ya basta. Du Chaillu, en mi país esto no es correcto. Los hombres y las mujeres no se bañan juntos. Simplemente no está bien. —De nuevo le dio la espalda.

— Ni siquiera mi tercer marido es tan tímido como tú.

— ¿Tercero? ¿Has tenido tres maridos?

— No. Tengo cinco.

— ¿Tengo? —inquirió Richard, poniéndose tenso—. ¿Cómo que «tienes»? —le preguntó a la cara.

Du Chaillu lo miró como si le acabara de preguntar si en el bosque crecían árboles.

— Tengo cinco maridos. Cinco maridos e hijos.

— ¿Cuántos?

— Tres. Dos niñas y un niño. —La mujer esbozó una nostálgica sonrisa—. Hace mucho tiempo que no puedo abrazarlos. —Su sonrisa se tornó triste—. Mis pobres pequeños… seguro que cada noche han llorado pensando que había muerto. Nadie hasta ahora ha regresado nunca del país de los majendie. Mis maridos se echarán enseguida a suertes quién intenta hacerme otro niño. —La sonrisa de la mujer se desvaneció y su voz se fue apagando—. Claro que un perro majendie ya lo ha hecho.

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