Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
– Lo estarás, lo estarás.
– ¿Cómo diste con el lugar?
– Pura aritmética. Conté las calas que hay desde Patara a aquí -respondió César, volviéndose hacia el almirante Lisandro-. Ven, veamos las fortunas que tiene escondidas Polígono.
Resultó que guardaba cuantiosas fortunas. No sólo estaban los silos casi a rebosar, sino que había alimentos suficientes para los habitantes de Xanto y Patara para el resto del invierno y la primavera. Un gran edificio estaba lleno de telas y púrpuras de incalculable valor, mesas de cedro y de maderas exóticas, camillas doradas y sillas lujosísimas; otro, lleno de arcas repletas de monedas y alhajas -en su mayor parte egipcias- y jarrones con piedras preciosas como berilos, cornalinas, ágatas, ónices, lapislázuli y turquesas. Al abrir un arcón hallaron varios centenares de perlas marinas, algunas gruesas como huevos de paloma y otras de exóticos colores.
– No me extraña -dijo Lisandro-. Este Polígono lleva veinte años pirateando por estos mares y tiene fama de atesorar sin tasa. Lo que no sabía yo es que había estado asaltando los barcos entre Chipre y Egipto.
– ¿Lo dices por las perlas y las alhajas?
– Esos objetos no se ven en ninguna otra parte.
– ¡Y los alejandrinos de Chipre tuvieron el descaro de decirme que sus rutas de navegación no corrían peligro!
– No les gusta que los extranjeros sepan sus puntos débiles, César.
– Me di cuenta en seguida -replicó César, fingiéndose ofendido-. Bien, Lisandro, repartamos el botín.
– A decir verdad, César, nosotros somos tus agentes. Con que nos pagues el alquiler de los barcos y de los hombres, el botín te pertenece -dijo Lisandro.
– Parte, pero no todo, amigo mío. No quiero interpelaciones en el Senado que no pueda contestar con plena veracidad. Así que tomaré mil talentos en monedas para el Erario de Roma, quinientos talentos más en monedas para mí y un puñado de esas perlas si me dejas escoger las que me gusten. Propongo que el resto de las monedas y las alhajas sean la parte para Rodas. Puedes vender los muebles y las telas pero quisiera saber la suma para erigir un templo en Rodas en honor de mi antepasada Afrodita.
Lisandro no salía de su asombro.
– ¡Eres sumamente generoso, César! ¿Por qué no te quedas con todo el arcón de perlas? Así no tendrás dificultades dinerarias para el resto de tu vida.
– No, Lisandro, sólo me llevaré un puñado. Me gusta la riqueza como a cualquiera, pero demasiada puede hacerme avariento.
César se agachó para manosear las perlas y fue escogiendo de una en una: veinte oscuras e iridiscentes procedentes del Palus Asphaltites de Palestina, otra, grande como una fresa, una docena color luna de otoño, una gigante con tonos púrpura y seis perfectas color crema plateada.
– ¡Ya está! No podré venderlas sin que Roma se pregunte de dónde proceden, pero puedo regalárselas a mujeres cuando lo necesite.
– Crecerá tu fama de hombre poco avaricioso.
– ¡Bajo ningún concepto quiero que comentes nada, Lisandro! Mi continencia nada tiene que ver con falta de avaricia, sino con mi reputación en Roma y con el juramento que hice de no dar pie a que se me acuse de extorsión ni de robo de los bienes de Roma. Además -añadió, encogiéndose de hombros-, cuanto más dinero tengo antes lo gasto.
– ¿Y Patara y Xantos?
– Tendrán el importe de vender las mujeres y los niños como esclavos y todas las provisiones. Con la venta de esclavos obtendrán mucho más de lo que aportaron para el rescate, y los alimentos son mi regalo. Pero con tu permiso voy a coger diez talentos más para el capitán de mi barco que también tuvo que pagar rescate -César puso su mano en el hombro de Lisandro y salieron del edificio-. Los barcos de Xantos y Patara llegarán al atardecer. ¿Por qué no vas embarcando en tus galeras la parte que corresponde a Rodas antes de que lleguen? Haré que mis escribas lo inventaríen todo y enviaré a Roma el dinero con una escolta para el Erario.
– ¿Y qué dispones que se haga con los piratas?
– Embárcalos en los navíos de Patara o Xantos y yo los llevaré a Pérgamo. No soy magistrado curul y no tengo autoridad para ejecutar en las provincias. Es decir, que tengo que entregarlos al gobernador en Pérgamo y pedirle permiso para cumplir mi promesa de crucificarlos.
– Pues embarcaré la parte de Roma en mis galeras. No ocupa mucho lugar, y cuando llegue el buen tiempo a principios de verano lo enviaré a Roma desde Rodas. Te daré cuatro de mis barcos como escolta hasta Pérgamo -añadió Lisandro, solícito-. Has dado tanta riqueza a Rodas que te ayudaremos encantados en lo que sea.
– ¡Sólo quiero que recordéis el hecho! Quién sabe si algún día necesitaré pediros un favor -respondió César.
Fueron conduciendo a los piratas a la playa; Polígono, que iba encadenado el último de la larga fila, dirigió un seco saludo a César.
– ¡Qué afición al lujo tenían! -comentó éste, meneando la cabeza-. Yo pensaba que los piratas eran gente sucia, inculta y pendenciera; pero éstos eran afeminados.
– Claro que sí -añadió Lisandro-. Se exagera su belicosidad. ¿Cuántas veces necesitan luchar para hacerse con esas riquezas? Pocas veces, César. Cuando combaten lo hacen dirigidos por sus propios almirantes, que son grandes estrategas. Los piratas de poca monta como Polígono no asaltan convoyes, se dedican a mercantes que van sin escolta. Los piratas que combaten con escuadras se ven sobre todo cerca de Creta, pero con una guarida como la de Polígono, uno se cree perfectamente a salvo y se actúa como un reyezuelo.
– Rodas podría hacer algo más en contra de la piratería -comentó César.
Pero Lisandro meneó la cabeza, conteniendo la risa.
– ¡La culpa es de Roma! Fue Roma quien nos obligó a reducir la potencia de nuestras escuadras al asumir el papel de potencia hegemónica en el Mediterráneo oriental. Pensó que podría controlarlo todo, astilleros incluidos; pero actúa con mucha parsimonia en sus inversiones, y como Rodas sigue actualmente sus directrices, hacemos lo que se nos dice. Si nosotros emprendiésemos la tarea de aumentar nuestra potencia naval para erradicar la piratería, Roma pensaría que estaríamos incubando otro Mitrídates.
Un argumento irrebatible, pensó César.
Marco Junio Junco no estaba en Pérgamo cuando César llegó al río Caico y ancló en el puerto de la ciudad; era a finales de marzo según el calendario romano, por lo que el invierno aún no había concluido, pero habían navegado por la costa sin incidentes. La ciudad de Pérgamo aparecía magnífica en lo alto, pero desde la parte baja del río se veían restos de nieve en el techo de los templos y los aleros de palacio.
– ¿Dónde está el gobernador? ¿En Éfeso? -preguntó César al procuestor Quinto Pompeyo (más emparentado con la rama de los Rufos que con la de los Pompeyos).
– No; en Nicomedia -contestó Pompeyo-. En realidad, yo estaba a punto de salir para allá. Suerte tienes de encontrarnos, porque hay mucho que hacer en Bitinia, y yo he regresado a recoger ropa más ligera para el gobernador, pues no esperábamos que en Nicomedia hiciese más calor que en Pérgamo.
– Siempre lo hace -dijo César muy serio, dominándose por no preguntar al procuestor de la provincia de Asia si no tenía cosas más urgentes que hacer que recoger ropas más ligeras para Junco-. Bien, Quinto Pompeyo -añadió, afable-, si quieres yo llevaré la ropa del gobernador, pues voy a darte un poco de trabajo antes de que te marches. ¿Ves esos barcos?
– Los veo -contestó Pompeyo, nada complacido con que alguien más joven le dijese lo que tenía que hacer.
– Hay unos quinientos piratas que habrá que encarcelar durante unos días. Marcharé a Bitinia a pedir a Marco Junio autorización oficial para crucificarlos.
– ¿Crucificar piratas?
– Eso es. Asalté su guarida en Licia con ayuda de diez barcos de la armada de Rodas.
– ¡Pues quédate aquí y ocúpate de tus malditos prisioneros! -espetó Pompeyo-. Yo pediré el permiso al gobernador.