Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
A continuación, siguieron navegando hacia Licia oriental a lo largo de una costa deshabitada. No se veían casas, caminos ni pueblos pesqueros, y el único paisaje eran los imponentes montes Solimes, coronados de nieve, que descendían hasta el mar. Llegaron de pronto a las escondidas calas sin haber adivinado su presencia, pues eran reducidas quebradas en las laderas, pequeñas franjas de arena amarillo-rojiza al pie de acantilados amarillo-rojizos. ¡ Pero no se veía el menor signo de guaridas de piratas! César permaneció inmóvil en la popa desde el momento en que el barco dejó atrás el río en que estaban Patara y Xantos, mirando la costa atentamente hora tras hora.
Al caer el sol, las dos galeras y el navío mercante se acercaron a la orilla hacia una de aquellas radas tan iguales y vararon en ella. Sólo cuando hubo saltado a tierra, vio lo que era imposible ver desde la mar: el acantilado de la cala era doble y el espolón del primero ocultaba al segundo, al pie del cual había una extensión de tierra. ¡La guarida de los piratas!
– Estamos en invierno, y los cincuenta talentos que vamos a cobrar por tu rescate nos permitirán darnos unas buenas vacaciones en vez de salir a navegar durante los temporales de principios de primavera -dijo Polígono, aproximándose a César en el momento en que cruzaba el desfiladero entre los dos acantilados.
Sus hombres estaban ya fijando rodillos a las proas de las galeras y el mercante, y César y Polígono observaron cómo sacaban los navíos de la arena, los hacían cruzar el desfiladero y los colocaban sobre unos puntales dentro del valle oculto.
– ¿Siempre hacéis esta operación? -inquirió César.
– No, si vamos a zarpar de nuevo. Pero no suele hacerse. Siempre que vamos en busca de presa nunca volvemos a casa.
– ¡Está muy bien el escondrijo! -exclamó César en tono de admiración.
La cuenca de tierra tendría unos dos kilómetros de largo y uno de ancho y era de forma ovalada. En el extremo más alejado había una cascada que formaba un estanque del que partía un riachuelo que se deslizaba serpenteando hasta la cala sin que se viera desde el mar. Los piratas (o la madre Tierra) habían excavado un pequeño canal de desagüe al pie del acantilado.
Una ciudad bien construida y distribuida llenaba la mayor parte de la extensión de tierra. Casas de piedra de cuatro pisos se alineaban en calles de grava, y había varios silos y almacenes grandes, también de piedra, enfrente del lugar en que estaban situados los barcos, además de una plaza de mercado con templo, que era el centro de la vida pública.
– ¿Cuántos habitáis aquí? -inquirió César.
– Incluidas esposas, queridas y niños, y los amantes de algunos hombres, unos… mil, y quinientos más. Y están los esclavos.
– ¿Cuántos esclavos?
– Unos dos mil. Nosotros no damos golpe -dijo ufano Polígono.
– Me sorprende que no se subleven en ausencia de los hombres. ¿O es que las mujeres y los amantes de los hombres son temibles guerreros?
El jefe pirata se echó a reír con desdén.
– ¡No somos tontos, senador! Todos los esclavos están encadenados. Y como no pueden escapar, ¿para que van a rebelarse?
– A mí eso no me disuadiría -comentó César.
– Te apresaríamos cuando regresásemos. No hay barcos para huir.
– Quizá sería yo quien os apresase cuando regresaseis.
– Pues me alegro de que estemos todos aquí hasta que llegue tu rescate, senador. No levantarás pasiones.
– ¡Oh! -exclamó César con gesto de decepción-. ¿Quieres decir que tengo que entregarte cincuenta talentos sin siquiera tener a cambio una pequeña diversión femenina mientras espero? No me van los hombres pero soy bastante famoso con las mujeres.
– Seguro que sí, si es lo que te gusta -replicó Polígono, conteniendo la risa-. ¡ No te preocupes, mujeres no nos faltan!
– ¿Tenéis biblioteca en este dulce remanso?
– Hay algunos libros, pero no somos intelectuales.
Llegaron ante un gran edificio.
– Ésta es mi casa. Te alojarás aquí, pues será mejor tenerte a la vista, aunque dispondrás de tus propios aposentos, desde luego.
– Agradecería mucho un baño.
– Como tengo todas las comodidades del palatino, tendrás un baño, senador.
– Prefiero que me llames César.
– Bien, César.
Los aposentos eran suficientes para alojar a Demetrio y a los escribas, y César no tardó en deleitarse en un baño con la temperatura exacta, un poco por encima de tibio.
– Demetrio, tendrás que afeitarme y depilarme los días que estemos aquí -dijo César, peinándose hacia abajo las suaves ondas de su pelo rubio y dejando el espejo de oro con incrustación de piedras preciosas-. Hay una fortuna en esta casa.
– No hacen más que robar fortunas -añadió Demetrio.
– Y esos edificios deben estar repletos con el botín, porque no están todos habitados.
Tras lo cual salió a reunirse con Polígono en el comedor. La comida era variada y excelente y el vino excepcional.
– Tienes buen cocinero -comentó César.
– Ya veo que eres parco comiendo y que no bebes vino -dijo Polígono.
– No soy apasionado en nada salvo en mi trabajo.
– ¿Con las mujeres tampoco?
– Las mujeres son trabajo -replicó César, lavándose las manos.
– ¡Nunca había oído semejante calificación! -exclamó Polígono riendo-. Eres un bicho raro que dedica la pasión al trabajo, César -añadió el pirata, palmeteándose el vientre y oliendo con deleite el contenido de la copa de cristal-. A mí, lo que más me agrada de ser pirata es la buena vida que me doy cuando no navego. ¡Pero sobre todo me gusta el buen vino!
– A mi el sabor no me disgusta -replicó César-, pero detesto la sensación de perder la cabeza, y he advertido que media copa de vino aguado me embota los sentidos.
– Pero cuando te despiertas te sientes estupendamente todo el día -dijo Polígono.
– No necesariamente -replicó César con una sonrisa.
– ¿Qué quieres decir?
– Que yo, mi querido amigo, me despertaré totalmente sobrio y en plenas facultades el día en que venga aquí al mando de una flota para tomar la plaza y haceros prisioneros. Te aseguro que cuando te vea encadenado me sentiré infinitamente mejor que al despertarme. Y el día que te crucifique, Polígono, me sentiré mejor que nunca.
Polígono soltó una carcajada.
– César, eres el huésped más ameno que he tenido. ¡Me encanta tu sentido del humor!
– Eres muy amable. Pero no reirás cuando te crucifique, amigo.
– No habrá lugar.
– Sí que lo habrá.
Entre pliegues de oro y púrpura, con las manos llenas de anillos y el pecho de collares, Polígono se tumbó de espaldas en la camilla sin dejar de reír.
– ¿Es que crees que no te he visto en la popa de tu barco escrutando la orilla? ¡Olvídate, César! ¡Aquí nadie sabe volver!
– Tú lo haces.
– Porque lo he hecho mil veces. Las primeras cien veces me perdí.
– No me extraña. Tú, a mi lado, eres un zoquete.
Ofendido, Polígono se puso en pie.
– ¡Lo bastante inteligente para capturar a un senador romano y sacarle cincuenta talentos!
– Aún no los has cobrado.
– Si no los cobro, te pudrirás aquí.
Poco después de este diálogo, Polígono dejó el comedor y César regresó solo a sus aposentos. En ellos le esperaba una muchacha preciosa, un regalo muy apreciado, después de que la hizo pasar por manos de Demetrio para asegurarse de que estaba limpia.
Cuarenta días estuvo César en el escondrijo de los piratas; nadie le impidió moverse con entera libertad ni hablar con quien le placiera. Su fama se extendió por todo el lugar y muy pronto todos supieron que él estaba dispuesto a regresar después de ser rescatado para apresar a los piratas y crucificarlos a todos.