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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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A finales de diciembre el inventario estaba hecho. La reina cambió de residencia y se marchó al pueblecito pesquero de Rheba, en la orilla euxina del extremo del Bósforo. Allí tenía Nicomedes una villa que la reina consideró ideal para vivir retirada.

– Cuando Junco quiera confiscaros la villa, le mostráis una copia de la escritura de propiedad y le decís que el original está en poder de vuestros banqueros. ¿Dónde tendréis el dinero?

– He pensado en Bizancio, que es lo que tengo más cerca.

– ¡Estupendo! Bizancio no es de Bitinia y Junco no podrá examinar vuestras cuentas… ni echar mano a vuestros fondos. Le diréis, igualmente, que lo que hay en la villa es vuestro y que procede de vuestra dote. Así no podrá arrebataros nada. Por lo tanto, no incluyáis en el inventario nada de lo que os llevéis; si alguien tiene derecho a apropiarse de algo, la reina mejor que nadie.

– Bueno, he de pensar también en Nisa -dijo la anciana, entristecida-. ¿Quién sabe? Quizá pueda verla regresar antes de morir.

Llegó noticia de que Junco se había embarcado rumbo al Helesponto y que llegaría a Nicomedia al cabo de unos días, pues pensaba hacer escala en Prusa para una inspección. César trasladó a la reina a la villa, se aseguró de que se detraía lo suficiente del erario para asegurarle una renta adecuada, entregó los fondos de Oradaltis y el inventario a los banqueros de Bizancio y hacia allí se dirigió en barco con su séquito de veinte personas. Navegaría en paralelo a las costas tracias del Proponto hasta el Helesponto y así evitaría encontrarse con Marco Junio Junco, gobernador de la provincia de Asia, y gobernador ya de Bitinia.

No pensaba regresar a Roma, sino dirigirse a Rodas para estudiar con Apolonio Molon durante un año o dos. Cicerón le había convencido de que ello le serviría para pulir su oratoria, a pesar de lo buena que ya era. El no echaba de menos Roma como le sucedía a Cicerón, y tampoco echaba de menos a su familia. Por muy agradable y tranquilizador que fuese tener familia, era obligación de su esposa, hija y su madre esperar su regreso, y allí estarían cuando volviese. No se le ocurrió pensar que la muerte podría arrebatarle durante su ausencia un miembro o dos de esa familia.

Iba percatándose de lo costoso que estaba resultando el viaje, y se había negado a recibir dinero de Nicomedes y Oradaltis; sólo había pedido un recuerdo, y le habían regalado una auténtica esmeralda escita, bien distinta a las piedras más pálidas y turbias del Sinus Arabicus: un cabujón convexo del tamaño de un huevo de gallina con la efigie de los reyes de Bitinia grabada en él. No lo vendería por mucho que le dieran ni por mucha necesidad que tuviese. En cualquier caso, César nunca se preocupaba por el dinero. De momento, tenía bastante y estaba seguro de que el futuro proveería por si solo, una actitud que sacaba de quicio a su previsora madre. Pero un séquito de veinte personas y el alquiler de navíos multiplicaban por diez los gastos comparados con sus primeros viajes.

En Esmirna volvió a estar unos días con Rutilio Rufo, y se deleitó escuchando contar al anciano anécdotas de Cicerón, que le había visitado cuando regresaba de Rodas a Roma.

– ¡Un individuo sorprendente! -dijo Rutilio Rufo-. Verás como no será feliz en Roma a pesar de que la adora. Yo diría que es la sal de la tierra… un hombre decente, afectuoso y anticuado.

– Te entiendo -dijo César-. Lo que sucede, tío Publio, es que es una inteligencia excepcional y un gran ambicioso.

– Como Cayo Mario.

– No, como Cayo Mario no -replicó César.

En Mileto se enteró de cómo Verres había robado los tapices y alfombras y aconsejó al etnarca que plantease un pleito al Senado de Roma.

– Aunque -añadió, cuando ya se disponía a emprender viaje a Halicarnaso- suerte habéis tenido de que no os haya robado las obras de arte y saqueado los templos, que es lo que hizo en otros sitios.

El barco que había alquilado en Bizancio era una galera mercante de cuarenta remos, bastante limpia, con una popa alta en la parte de las dos palas del timón y con camarote para él en el centro. Entre el camarote y la popa, acomodaron a las treinta mulas y caballos, incluido el caballo niseano y su querido Pezuñas. Como nunca hacían una singladura superior a cincuenta millas, en los puertos se organizaba un pequeño barullo al desembarcar y volver a embarcar los animales.

Mileto no era muy distinto de Esmirna, Pitano y otra media docena de puertos que habían tocado anteriormente; todos los que habitaban cerca del puerto sabían que el barco lo había alquilado un senador romano y mostraban gran interés. ¡Ahí estaba! ¡Un hombre joven y guapo con su blanca toga, que caminaba cual si fuese el dueño del mundo! Y, al fin de cuentas, ¿no era cierto? Era un senador romano. Naturalmente, hasta el más humilde de sus criados aportaba datos y los haraganes habituales del puerto de Mileto supieron que era aristócrata, hombre de gran inteligencia y el responsable de que el rey Nicomedes de Bitinia hubiese dejado su reino en herencia a Roma. No era de extrañar que César se alegrase cuando alzaron la pasarela, el barco levó anclas y reemprendió la navegación.

Pero hacia un hermoso día y la mar estaba en calma, soplaba un viento favorable que hinchaba la vela y ahorraba el esfuerzo de los remeros, y el capitán le aseguró que estarían en Halicarnaso al día siguiente.

A unas siete u ocho millas, junto a la costa, asomaba un farallón; el barco de César pasó plácidamente entre él y una isla.

– Farmacusa -dijo el capitán señalando hacia ella.

Navegaban rozando la isla, en la que se veía Iassus a lo lejos, en el interior, siguiendo un rumbo que les permitiese evitar la siguiente península de la accidentada costa. Farmacusa era una islita en forma de senos desproporcionados, de los cuales el situado más al sur era el mayor.

– ¿Y ahí vive alguien? -inquirió César.

– Ni un pastor con sus cabras.

Estaban a punto de dejar atrás la isla, cuando una esbelta galera de guerra salió de detrás del seno más grande a gran velocidad, dispuesta a interceptar al navío de César.

– ¡ Piratas! -chilló el capitán, lívido.

César, que había vuelto la cabeza para ver la estela de la nave, asintió con la cabeza.

– Sí, y por detrás viene otra galera. ¿Cuántos hombres tendrá la que nos intercepta? -inquirió.

– ¿Combatientes? Cien por lo menos, y armados hasta los dientes. la de atrás?

El capitán estiró el cuello.

– Esa es mayor. Tal vez ciento cincuenta.

– Entonces, no aconsejas que resistamos.

– ¡Por los dioses, senador, no! -respondió el hombre-. Nos matarían en un abrir y cerrar de ojos. Esperemos que busquen rescate, porque por la estela saben que no llevamos mercancías.

– ¿Quieres decir que saben que a bordo va alguien por quien obtendrán un buen rescate?

– Ellos lo saben todo, senador. Tienen espías en todos los puertos del Egeo. Me imagino que ayer mismo saldrían a remo los espias de Mileto para darles la descripción del barco, diciéndoles que en él viajaba un senador romano.

– ¿Es que los piratas tienen su base en Farmacusa?

– No, senador. Si así fuera, resultaría fácil para Mileto y Priena limpiarla. Habrán estado escondidos ahí unos días al acecho de algún barco, porque basta con unos días para que aparezca algo interesante. Es una mala suerte, ya que al ser invierno y época en que suele haber temporales, no esperaba tropezarme con piratas. ¡ Pero, desgraciadamente, el tiempo ha sido inmejorable!

– ¿Y qué nos harán?

– Llevarnos a su guarida y esperar el rescate.

– ¿Y dónde pueden tenerla?

– Probablemente en Licia, entre Patara y Mira.

– Muy lejos de aquí.

– A varios días de navegación.

– ¿Y por qué tan lejos?

– Allí están a salvo. ¡Es un nido de piratas! La costa está llena de centenares de calas y vallecillos. Es una región en la que hay por lo menos treinta guaridas de piratas.

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