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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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César permanecía imperturbable, pese a que las dos galeras ya daban alcance a la suya; se podía ver a los hombres armados en las bordas y se oían sus gritos.

– ¿Y si regreso con una flota una vez rescatado y acabo con todos ellos?

– No encontraréis su escondite, senador. Hay centenares de ensenadas y todas parecen iguales. Es como el laberinto de Cnosos de la antigüedad, sólo que lineal en vez de cuadrado.

César llamó a su criado y le pidió tranquilamente la toga; cuando el hombre, aterrado, regresó con la prenda blanca cargada en un brazo, le ordenó sin inmutarse que procediese a hacerle los pliegues.

– ¿Luchamos, César? -dijo Burgundus, acercándose en aquel momento.

– No, claro que no. Una cosa es luchar aun cuando la posibilidad de victoria es remota, pero no cuando enfrentarse al enemigo es suicida. Tranquilo, Burgundus. ¿Entendido?

– Entiendo.

– Pues díselo a todos; no quiero héroes temerarios. Así que no podré encontrar la ensenada ¿eh? -inquirió, volviéndose hacia el capitán.

– Jamás, senador, creedme. Muchos lo han intentado.

– En Roma estábamos convencidos de que Publio Servilio Vatia había acabado con los piratas al someter a los isáuricos. Hasta adoptó el sobrenombre de Vatia Isáurico por lo magnífico de su campaña.

– Los piratas son como insectos, César. Se les ahuyenta con el humo, sí, pero en cuanto el aire se aclara, vuelven.

– Ya. Entonces, cuando Vatia se denominó Vatia Isáurico, y acabó con el reinado de Cenicetes, jefe de los piratas, lo único que hizo fue eliminar la espuma superficial. ¿No es así, capitán?

– Sí y no. El rey Cenicetes no era más que un caudillo pirata. En cuanto a los isáuricos -añadió el hombre, encogiéndose de hombros- ninguno de los que surcamos esas aguas ha entendido nunca por qué un gran general romano emprendió guerra contra una tribu isleña de salvajes pisidios pensando en que asestaba un duro golpe a la piratería. Quizás algunos nietos de los isáuricos se hayan unido a los piratas, pero los isáuricos se hallan demasiado lejos del mar para atribuirles actos de piratería.

Las dos galeras de guerra les habían abordado y los piratas ya comenzaban a saltar a bordo.

– ¡Ah! Ahí llega el jefe -dijo César sin perder la calma.

Un hombre joven y alto vestido con túnica púrpura de Tiro, profusamente bordada en oro, se abrió paso entre la horda y comenzó a subir la escalinata de popa. No iba armado ni tenía aspecto marcial.

– Buenos días -dijo César.

– ¿Me equivoco o eres el senador romano Cayo Julio César, ganador de la corona cívica?

– No, no te equivocas.

Los ojos verde claro del jefe de los piratas se estrecharon y se llevó la cuidada mano a su cabello rubio rizado.

– Estás muy sosegado, senador -dijo el pirata, en un griego que traicionaba su procedencia de alguna de las islas espóradas.

– No veo por qué no habría de estarlo -replicó César, enarcando las cejas-. Supongo que permitirás que pague rescate por mí y los míos, y no veo que haya de temer.

– Cierto, pero eso no obsta para que mis cautivos se caguen de miedo.

– ¡Yo no!

– Claro, eres un héroe.

– Y ahora que sucede… ¿cómo has dicho que te llamas?

– Polígono -dijo el pirata, volviéndose hacia sus hombres, que habían separado en dos grupos a la tripulación y al séquito de César.

Igual que su jefe, el resto de los piratas eran un cromo; los había con peluca, otros se notaba que se rizaban el pelo, otros iban pintados como rameras, aunque algunos estaban muy bien rasurados y tenían aspecto masculino, y todos vestían muy bien.

– ¿Qué sucede ahora? -repitió César.

– La tripulación pasa a bordo de mi barco, mis propios hombres se pondrán a los remos de éste y nos alejaremos rumbo sur lo más rápido posible, senador. Al caer el sol habremos dejado Cnido atrás, pero seguiremos navegando. Dentro de tres días estarás sano y salvo en mi casa, en donde serás huésped mío hasta que se pague el rescate.

– ¿Y no sería más fácil que partiesen en un navío ligero parte de mis criados y fuesen a Mileto, que es una ciudad rica, en donde no les sería difícil reunir el rescate? ¿A cuánto asciende, por cierto?

El jefe pirata hizo caso omiso de la segunda pregunta y meneó enérgicamente la cabeza.

– No, ya cobramos el último rescate de Mileto. Los cobros se distribuyen, porque a veces los cautivos tardan en pagar, y ahora les toca a Xantos y a Patara en Licia. Así que dejaremos que tus sirvientes se marchen cuando lleguemos a Patara. En cuanto a la suma -añadió Polígono, meneando la cabeza y haciendo flotar sus rizos-, será de veinte talentos de plata.

– ¿Veinte talentos de plata? -exclamó César, ofendido, dando un paso atrás-. ¿Es eso cuanto valgo?

– Es la tarifa actual de los senadores, según lo acordado por todos los piratas. Eres demasiado joven para ser magistrado.

– ¡Soy Cayo Julio César! -replicó altanero el cautivo-. Ya se nota que no sabes nada. No sólo soy patricio, sino un Juliano. ¿Y qué significa ser un Juliano, dirás? Significa que desciendo de la diosa Afrodita a través de su hijo Eneas. Soy de familia consular y seré cónsul cuando tenga la edad precisa. ¡No soy un simple senador! Poseo una corona cívica, hablo en la Cámara, me siento en las gradas del medio, y cuando entro en el Senado, todos -incluidos los consulares y los censores- tienen que ponerse en pie y aplaudirme. ¿Veinte talentos de plata? ¡Yo valgo cincuenta talentos!

Polígono escuchaba fascinado. Sí que era un cautivo excepcional. ¡Aquellas cosas no las decía nadie! ¡Tan seguro de sí mismo, tan impávido, tan arrogante! Y había algo en aquel rostro bien parecido que al pirata le gustaba… ¿Sería el centelleo de la mirada? ¿No se estaría aquel Cayo Julio César burlando de él? Pero ¿por qué se iba a burlar de un modo en virtud del cual iba a pagar más del doble de lo que él pedía? No, tenía que hablar en serio. No obstante… ¡ Sí era aquel brillo en la mirada!

– De acuerdo, vuestra majestad, cincuenta talentos de plata -dijo Polígono, también con ojos chispeantes.

– Eso está mejor -dijo César, volviéndole la espalda.

Tres días más tarde -sin haber encontrado ninguna flota de Rodas o de otra ciudad que patrullase las aguas- la servidumbre de César fue llevada a tierra enfrente de Patara. Polígono había transbordado a su galera y César no había vuelto a verle, pero sí que apareció para vigilar la maniobra del traslado de los criados del romano a un navío ligero.

– Si quieres puedes quedarte con todos menos uno -dijo el jefe pirata-. Basta con uno para recoger el rescate.

– No para un hombre de mi rango -replicó César ásperamente-. Me quedaré con tres: mi criado personal Demetrio y dos escribas. Si tengo que esperar mucho, necesitaré quien copie mis poemas. O quizás escriba una comedia. ¡Una comedia! Si, tengo mucho material para una comedia. O tal vez una farsa.

– ¿Quién irá al frente de tu séquito?

– Mi liberto Cayo Julio Burgundus.

– ¿El gigante? ¡Qué hombre! De esclavo valdría una fortuna.

– En su día la valió. Tendrá que llevar su caballo niseano -prosiguió César en tono exigente-, y los otros también necesitan sus monturas. Insisto en que tienen que mantener mi rango.

– Insiste en lo que quieras, majestad, pero los caballos son buenos y me los quedo.

– ¡Ni hablar! -espetó César-. Vas a cobrar cincuenta talentos de rescate, así que puedes darles los caballos. Yo me reservo a Pezuñas… ¿Tenéis calles empedradas? Dedos no está calzado y no puede andar por vías con firme.

– ¡Eres el colmo! -exclamó Polígono pasmado.

– Desembarca los caballos, Polígono -añadió César.

Los caballos fueron desembarcados. Burgundus estaba muy malhumorado por tener que dejar a César tan mal servido en manos de aquellos villanos, pero no le quedaba más remedio. Su cometido era reunir el rescate.

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