Favoritos De La Fortuna
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:
Pero de mayor interés para la población de Rodas eran las noticias locales, y lo que sucedía en Ponto y Capadocia tenía más importancia para ellos que los acontecimientos de Roma e Hispania. Se decía que después de la invasión de Capadocia por Mitrídates cuatro años antes, no quedaba un solo ciudadano en Eusebia Mazaca pues el rey los había deportado a Tigranocerta. El rey de Capadocia, que había causado a César una pobre impresión en su visita, vivía desde la invasión exiliado en Alejandría y explicaba la elección del lugar por el hecho de que Tarso estaba demasiado cerca de Tigranes y Roma era demasiado cara para sus medios.
Corrían muchos rumores en el sentido de que el rey Mitrídates estaba movilizando un nuevo y poderoso ejército en Ponto, enfurecido al saber que Bitinia había sido heredada por Roma, pero nadie sabía detalles concretos y Mitrídates no había traspasado sus fronteras.
Sobre Marco Junio Junco también se hacían comentarios, y se decía que se había enemistado con algunos de los ciudadanos más importantes de Bitinia -en particular los de Heraclea del Euxino- y que éstos habían dirigido quejas oficiales al Senado de Roma, alegando que Junco estaba saqueando los tesoros del país.
Luego, a principios de junio, toda la provincia de Asia se estremeció: el rey Mitrídates se había puesto en marcha, había invadido Paflagonia y estaba en Heraclea, en la frontera de Bitinia. Había llegado noticia a Roma de que el rey del Ponto pretendía apoderarse de Bitinia.
La sangre, el origen y la proximidad eran factores que dictaban la pertenencia de Bitinia al Ponto y no a Roma, y el rey Mitrídates no aceptaba que Roma se la usurpase. Pero en Heraclea la poderosa horda póntica se detuvo en seco y allí se acuarteló; como de costumbre, después de lanzar su desafío a Roma, Mitrídates se detenía a ver la reacción del enemigo.
Marco Junio Junco y Quinto Pompeyo (Bitínico) se apresuraron a regresar a Pérgamo y dedicaron más tiempo a escribir largos informes al Senado que a entregarse a los preparativos de la provincia de Asia ante una nueva guerra con Mitrídates. Sin gobernador en Cilicia, en virtud del fallecimiento de Lucio Octavio, las dos legiones estacionadas en Tarso no se pusieron en marcha para acudir en auxilio de la provincia de Asia y Junco tampoco las reclamó. Las dos legiones de fimbrianos estacionadas en Éfeso y Sardes sí que fueron llamadas a Pérgamo, pero sin acercarlas a Bitinia. Se decía que Junco pretendía defender su pellejo y no Bitinia.
En Rodas, César oía todos aquellos comentarios pero no se mostraba decidido a marchar a Pérgamo; más le preocupaba el rumor de que la provincia de Asia no quería tratos con Mitrídates, pero tampoco deseaba luchar contra él si el gobernador no daba órdenes enérgicas. Y el gobernador no parecía dispuesto a dar ninguna orden. La siega comenzaría en quintilis en el sur de la provincia y en sextilis en la región norte. Y Junco no movía un dedo ni tomaba iniciativas para requisar trigo en caso de guerra.
En sextilis llegó noticia de que los dos cónsules, Lúculo y Marco Cotta, habían recibido autorización del Senado para enfrentarse a Mitrídates. Y, de pronto, Bitinia se convirtió en provincia aparte con Marco Cotta como gobernador, mientras que Lúculo se hacía cargo del gobierno de Cilicia. Nadie sabía cuál sería el futuro de la provincia de Asia, que tenía por gobernador a un pretor sometido a la autoridad de los cónsules del año. Junco era de categoría inferior a Lúculo y Marco Cotta, y tendría que hacer lo que le ordenasen; pero él no era partidario de Lúculo, ni tampoco eficiente y limpio de culpa. Su futuro no era muy prometedor.
Pocos días después, César recibía carta del hermano de Lúculo, Varrón Lúculo.
Puedes imaginarte el revuelo que hay en Roma. Te escribo a ti, César, porque tú estás de momento al margen de los acontecimientos y necesito airear mis pensamientos con la pluma, no soy cronista y no encuentro a quién mejor escribir. Estoy condenado a permanecer en Roma suceda lo que suceda, salvo en el caso de fallecimiento de los dos cónsules; y como el primer cónsul es mi hermano y el segundo cónsul es mi tío, no se lo deseo a ninguno de los dos. ¿Por qué estoy condenado a quedarme en Roma? Me han elegido primer cónsul para el año próximo. ¿No es estupendo? Mi colega es Cayo Casio Longino; buena persona, creo.
Primero, algunas noticias locales. Habrás sabido probablemente que nuestro mutuo amigo Cayo Verres logró engatusar tan bien al electorado y a los oficiales, que ha sido elegido pretor urbano. ¿Pero te has enterado de cómo ha sabido convertir ese cargo ingrato en un buen negocio? Al morir el plutócrata Lucio Minucio Basilo sin hacer testamento, Verres tuvo que registrar las peticiones de sus parientes más allegados reclamando la herencia. Su pariente más próximo es un sobrino llamado Marco Satrio, y ¿sabes quién lo impugnó? Nada menos que Hortensio y Marco Craso, que tenían alquiladas a Basilo unas importantes fincas; y ahora se personan ante Verres y alegan que Basilo se las habría dejado si hubiese hecho testamento. ¡Y Verres aceptó sus pretensiones! Y Hortensio y Marco Craso son más ricos y Satrio se ha quedado más pobre. En cuanto a Cayo Verres, no creerás que ha ayudado a Hortensio y a Marco Craso por bondad de corazón, ¿verdad?
No nos ha faltado la habitual oveja negra de los diez tribunos de la plebe. La de este año es un hombre extraño llamado Lucio Quintio. Tiene cincuenta años y es autodidacta, le gusta vestirse cuando no está obligado a llevar la toga con una túnica larga de púrpura de Tiro, y es un individuo lleno de detestables exageraciones de palabra y gesto. No llevaba el colegio un día en el cargo, cuando ya ese Quintio estaba arengando a la multitud en el Foro para que se restablecieran los plenos derechos del tribunado, y en el Senado concentró todo su veneno contra mi hermano.
Quintio está ahora muy tranquilo y formal. Mi querido hermano Lúculo le atajó brillantemente, con un ataque en dos fases (como él dice). La primera consistió en echar al tribuno de la plebe del año pasado, Quinto Opimio, a los perros; los perros son Catulo y Hortensio, quienes le acusaron de abusar constantemente de su autoridad y lograron que se le multara con una suma equivalente a su fortuna, por lo que se ha visto obligado a retirarse de la vida pública, arruinado. La segunda fase consistió en un discurso suave y razonable, susurrado sin pausa al oído de Quintio, en el sentido de que si no cierra la boca y modera su actuación, él también será arrojado a Catulo y Hortensio y se verá sancionado con una multa equivalente a su fortuna. Le costó un poco, pero al final dio resultado.
Por si te crees que has caído totalmente en el olvido, te diré que no, querido César. Toda Roma habla de los devaneos que tuviste con unos piratas y de cómo los crucificaste contra la voluntad del gobernador. ¿Cómo?, te oigo decir, ¿ya lo saben en Roma? ¡Pues si! Y no ha sido Junco quien lo ha contado. Fue su procuestor, ese Pompeyo que ha tenido la osadía de añadir el sobrenombre de Bitínico a su mediocre apellido, quien escribió la historia a todo el mundo. Se ve que su intención era que Junco quedase como el héroe, pero todos -incluso Catulo- te consideran a ti el héroe. De hecho, se habló de concederte una corona naval pero Catulo no estaba dispuesto a tanto y recordó a los padres conscriptos que eras un privatus y no tenías derecho a condecoraciones militares.
Se ha hablado mucho de piratas este año en la Cámara; pero, por favor, no creas que para nada sustancial. Sea porque Filipo parece afectado de letargo crónico, o porque Cetego casi no ha asistido a ninguna reunión, o porque Catulo y Hortensio últimamente están más interesados por los tribunales que por el Senado, el hecho es que este año las sesiones de la Cámara han sido soporíferas. ¿Tomar decisiones? ¡Imposible! ¿Activar los asuntos? ¡Imposible!