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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– ¡No, no; sólo a los hombres! -dijo él, sonriendo con gran encanto a un grupo de mujeres que le preguntaban-. ¿Cómo voy a crucificar a semejantes beldades?

– Pues ¿qué harás con nosotras? -inquirió la más decidida, con mirada seductora.

– Venderos. ¿Cuántas mujeres y niños sois?

– Mil.

– Mil. Si en el mercado que os venda me pagan una media de mil trescientos sestercios, habré recuperado mi rescate para devolvérselo a los que lo hayan prestado, y aún haré un modesto beneficio. Pero las mujeres y los niños de aquí sois mejores de lo que suelen serlo en un pueblo, así que podré obtener unos dos mil sestercios por cabeza y hacer una buena ganancia.

Las mujeres se alejaron entre risitas. ¡Era encantador!

De hecho, se congraciaba con todos. Era muy agradable, gracioso e ingenioso y jamás daba muestra del menor temor o depresión; bromeaba con todos y, sobre todo, tanto sobre aquello de la crucifixión de los hombres y la venta de las mujeres y niños como esclavos, que para ellos era un verdadero entretenimiento. Le brillaban los ojos y hacía muecas y se divertía tanto como ellos. La primera muchacha hizo elogios de su capacidad sexual y todas las demás no le quitaban los ojos de encima, pero los hombres vieron en seguida que era muy escrupuloso en sus elecciones y nunca se iba con una que estuviera emparejada permanentemente con otro.

– Yo sólo pongo los cuernos a mis iguales -comentaba con aire eminentemente aristocrático.

– ¿Amigos? -le preguntaban entre risotadas.

– Enemigos -contestaba él.

– Pues ya que somos tus enemigos…

– Sí, pero no mis iguales. ¡Sois una escoria despreciable! -contestaba.

Y todos se echaban a reír, encantados de que les insultase con tan buen humor.

Y una tarde en que cenaba con Polígono, el jefe pirata lanzó un suspiro.

– Sentiré que te vayas, César.

– ¡Ah! Ya está el rescate.

– Llegará mañana con tu liberto.

– ¿Y cómo vendrá? Supongo que le traerá un guía, ya que dices que nadie puede encontrar el sitio.

– Oh, le han acompañado constantemente mis hombres. Y cuan·do se recogió el último talento me enviaron un mensaje. Estará aquí mañana hacia mediodía.

– Y podré marcharme.

– Sí.

– ¿Y mi barco?

– También.

– ¿Y el capitán y la tripulación?

– Con el barco. Zarparéis al anochecer rumbo al oeste.

– Así que, has incluido el barco alquilado en el precio del rescate.

– ¡Ni mucho menos! -replicó Polígono, sorprendido-. El capitán aumentó diez talentos para recuperar barco y tripulación.

– ¡Ah! -exclamó César-. Otra deuda que tendré que pagar.

Tal como estaba previsto, Burgundus llegó a mediodía al día siguiente, el cuadragésimo del cautiverio de César.

– Cardixa me permitirá que siga siendo el padre de sus hijos -dijo el gigantón, enjugándose las lágrimas-. Tienes buen aspecto, César.

– Han sido buenos anfitriones. ¿Quién ha reunido el rescate?

– Patara la mitad y Xantos la otra mitad. No les gustó mucho, pero no se atrevieron a negarse. No hace mucho que Vatia estuvo por aquí.

– Les devolveré el dinero antes de lo que piensan.

Toda la ciudad pirata salió a verle marchar, y algunas mujeres llorando, igual que Polígono.

– ¡No volveré a tener un cautivo como tú! -dijo entre suspiros.

– Bien cierto -replicó César sonriente-. Ha terminado tu carrera de pirata, amigo. Volveré antes de primavera.

Como de costumbre, aquella amenaza a Polígono le hizo mucha gracia y seguía riéndose con disimulo en la playa, mirando cómo el capitán del barco alquilado por César maniobraba para poner rumbo al oeste en aquella oscuridad.

– ¡No te detengas, capitán! -gritó el jefe de los piratas-. Si te paras te envío a mis hombres. -Y de detrás del primer acantilado salió una hemiolia capaz de enfrentarse a cualquier navío.

Pero al amanecer ya no la avistaron y vieron que estaban ante el río en que estaba situada Patara.

– Voy a despejar ciertas dudas financieras -dijo César, mirando al capitán-. Te pagaré los diez talentos que entregaste como rescate del barco y la tripulación.

Era evidente que el capitán no creía que César pudiera hacerlo.

– ¡Ha sido un viaje desafortunado! -musitó.

– Te digo yo que cuando acabe volverás a Bizancio muy contento -dijo César-. Ahora, llévame a tierra.

Fue una visita corta, volvió en seguida deseando zarpar al día siguiente apenas embarcasen los caballos y las mulas. Ya con todo su séquito, parecía impaciente.

– ¡Vamos, capitán, date prisa!

– ¿Rumbo a Rodas?

– A Rodas, por supuesto.

El viaje duró tres días, haciendo escala en Telmessus la primera noche y en Caunus la segunda, sin que César consintiese en desembarcar a los animales en ninguno de los dos sitios.

– Tengo mucha prisa; no se morirán -dijo-. ¡Suerte la mía, favorecido por la Fortuna como siempre! Gracias a mi experiencia anterior reuniendo flotas, sé exactamente a dónde ir y a quién hablar en cuanto lleguemos a Rodas.

Y tan bien lo sabía, que apenas dos horas después de atracar el barco ya estaban congregadas las personas con quienes quería hablar.

– Necesito una flota de diez trirremes y unos quinientos hombres aguerridos -dijo al grupo de notables congregados en la sede del jefe del puerto.

– ¿Para qué? -inquirió el joven almirante Lisandro.

– Para volver a la guarida del jefe de piratas Polígono y asaltarla.

– ¿Polígono? ¡Jamás darás con su guarida!

– La encontraré -replicó César-. ¡Dejadme la flota! Habrá buen botín para Rodas.

Ni su entusiasmo ni su confianza lograron persuadir a los rodios para que apoyasen su loca empresa, pero por su autoridad pudo obtener las diez trirremes y quinientos soldados; le conocían y la fama de Vatia aún seguía causando respeto. Aunque el rey Cenicetes había prendido fuego a su reducto inexpugnable del monte Termessus cuando había ido a apresarle, la fama de Vatia en Rodas había crecido enormemente; impasible ante lo que parecía la pérdida de un inmenso botín, Vatia había esperado a que se enfriasen las cenizas para escarbar y detraer los metales preciosos. Si Vatia era capaz de aquello, su antiguo legado, César, sería hombre de recursos parecidos. Y por eso dedujeron que valía la pena confiar en él.

En la desembocadura del río de Patara la flota echó el ancla la última noche antes de iniciar la búsqueda de la guarida de Polígono; César fue a la ciudad y requisó cuantos mercantes había para que siguieran a la flota, y al día siguiente estuvo en la popa de su barco escrutando la accidentada costa hora tras hora.

– Antes de que Polígono saliera de Patara -dijo al capitán- ya sabía yo bastante, por oir a los piratas hablar, del aspecto de las calas. Y llegué a la conclusión de lo que eran calas y lo que no. Y me dediqué a contarlas todas.

– Yo iba oteando puntos de referencia en tierra, farallones de diversas formas, montañas de perfil extraño… cosas así -dijo el hombre con un suspiro-. ¡Pero ya ni sé dónde estoy!

– Las referencias de tierra son engañosas y su recuerdo más. A mí dame cifras -dijo César sonriente.

– ¿Y si equivocas la cuenta?

– No me he equivocado.

Efectivamente. La cala en que desembarcaron los quinientos soldados de Rodas no se diferenciaba en nada de tantas otras. La flota estuvo anclada toda la noche al oeste de ella sin que la descubriesen, porque resultó que Polígono no había dispuesto vigías y sus cuatro galeras de guerra seguían en tierra, al creerse fuera de peligro. Pero apenas había salido el sol cuando él y sus hombres ya estaban encadenados con los mismos grilletes que usaban para sus esclavos.

– No dirás que no te previne -le dijo César.

– ¡Aún no estoy crucificado, romano!

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