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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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– ¿No pierdes aliento?

– Tengo energía de sobra para trabajar y hablar al mismo tiempo. Vamos, Polígono, ayúdame a meter en el hoyo tu última morada… ¡ Eso es! -exclamó César, retrocediendo un paso-. Ahora mete una cuña, que está ladeada -añadió, dejando la pala y cogiendo la maza-. ¡No, no, al otro lado! ¡Por el lado en que se inclina! ¡Ya se ve que no eres ingeniero!

– No seré ingeniero -replicó Polígono con aviesa sonrisa- pero he logrado que mi ejecutor me haga la cruz.

César se echó a reír.

– Amigo mio, ¿te crees que no me he dado cuenta? Pero eso tiene un precio, como debe saber todo buen pirata.

– ¿Un precio? -inquirió Polígono, ya serio.

– A los demás les quebraremos las piernas para que mueran rápido, mientras que a ti te pondré un apoyo en los pies para que el peso sea menor y tardes días en morir, Polígono.

Cuando la galera de Rodas, que había salido de Nicomedia siguiendo a César, entró en el río que conducía al puerto de Pérgamo, los remeros se quedaron sin respiración y temblando. En Rodas morían hombres -y ejecutados-, pero la justicia al estilo romano no se conocía en la isla, pues Rodas era amiga y aliada, pero no formaba parte de ninguna provincia. Por ello, el espectáculo de quinientas cruces en unos campos en barbecho junto al puerto les resultaba tan extraño como monstruoso. Un campo de muertos, menos uno -su jefe-, que para mayor ironía tenía puesta una diadema, y aún gemía y gritaba.

Quinto Pompeyo permaneció en Pérgamo, negándose a marchar hasta que César no partiera. La visión de aquellas cruces era como un bosque de árboles perfectamente homogéneos. La crucifixión era una pena capital impuesta a esclavos -no a libertos-, pero nunca en forma masiva, y aquello era un regimiento de muertos perfectamente alineados. Y el hombre capaz de planearlo y llevarlo a cabo en tan poco tiempo era persona a quien no convenía quitar ojo de encima. Ni dejarle al mando de Pérgamo, aun de modo oficioso. Por eso Quinto Pompeyo aguardó a que la flota de César zarpase hacia Rodas y Patara.

El procuestor llegó a Nicomedia y se encontró con el gobernador pletórico de gozo; Junco había hallado un escondrijo lleno de lingotes de oro en una mazmorra subterránea del palacio y se lo había quedado, ignorando que César y Oradaltis lo habían puesto allí para hacerle caer en la trampa.

– Bien, Pompeyo, has trabajado con denuedo para incorporar Bitinia a la provincia de Asia -dijo Junco, magnánimo-, así que accederé a tu petición y puedes atribuirte el sobrenombre de Bitínico.

Como la prerrogativa provocó en Pompeyo (Bitínico) la misma euforia que embargaba al gobernador, los dos se reclinaron dispuestos a cenar encantados de la vida.

Fue Junco quien sacó a colación el tema de César, ya después de que hubiesen retirado el último plato.

– Es el mentula más arrogante que me he echado a la cara -dijo, torciendo el gesto-. Se negó a darme parte del botín y tuvo la osadía de pedirme permiso para crucificar a quinientos hombres fuertes y sanos con los que al menos compensaré algo cuando los venda como esclavos.

– ¿Venderlos? -inquirió Pompeyo, mirándole boquiabierto.

– ¿Qué sucede?

– ¡Si ordenaste que los crucificásemos, Marco Junio!

– ¿Yo?

Pompeyo (Bitínico) sufrió un visible estremecimiento.

– Cacat! -rezongó.

– ¿Pero qué sucede? -repitió Junco, hierático.

– César volvió a Pérgamo siete días después y me dijo que le habías autorizado a crucificar a los piratas. Te confieso que me extrañó, pero jamás pensé que pudiera estar mintiendo. ¡ Los ha crucificado a todos, Marco Junio!

– ¡Cómo se ha atrevido!

– ¡Claro que se ha atrevido! ¡ Y con toda naturalidad y tranquilidad! ¡Y me obligó a prepararlo todo como si yo fuese un criado! Yo le dije, incluso, que me extrañaba que hubieses dado tu aprobación, y no te creas que dio muestras de inquietud o de mala conciencia. ¡De verdad, Marco Junio, que pensé que era sincero! Y tú no mandaste mensaje diciendo lo contrario -añadió con astucia.

Junco estaba tan indignado, que se echó a llorar.

– ¡Esos hombres valían dos millones de sestercios! ¡ Dos millones, Pompeyo! Y, además, ha enviado mil talentos al erario de Roma sin contar conmigo ni ofrecerme parte. Ahora tendré que solicitarla al Tesoro, y ya sabes lo que es la burocracia. ¡Suerte tendré si me lo conceden antes de que nazca mi primer nieto! ¡Mientras que ese fellator se habrá quedado con miles y miles de talentos!

– No creo -replicó Pompeyo (Bitínico), tratando de mirar a cualquier parte menos al afligido Junco-. Hablé con el capitán de los barcos de Rodas y parece ser que César repartió el botín entre Rodas, Xantos y Patara. Fue un buen botín, pero no era ningún te soro egipcio. Según el capitán, César se quedó con muy poca cosa y todos los de la expedición pensaban lo mismo. Uno de sus libertos me dijo que a César le gustaba bastante el dinero pero que no era tan tonto como para apreciarlo al extremo de arriesgar su carrera política, y añadió con sonrisa de connivencia que César nunca se vería implicado en ningún proceso por extorsión. Además, parece que había jurado crucificar a los piratas mientras estaba en su guarida aguardando el rescate. Será difícil demostrar que se haya quedado con nada del botín, Marco Junio.

Junco se enjugó las lágriMas y se sonó.

– Y tampoco puedo probar que se haya quedado con nada en Nicomedia ni en ningún sitio de Bitinia. ¡ Pero con algo se habrá quedado! ¡Tiene que haberse quedado con algo! Yo he conocido a muchos hombres virtuosos, y te digo que él no es de ésos, Pompeyo. Está demasiado seguro de sí mismo para ser virtuoso. Y excesivamente arrogante. ¡ Parece el dueño del mundo!

– Según el jefe de los piratas -a quien César le parecía un bicho raro-, actuaba como si lo fuese aun estando prisionero, y se dedicaba a recorrer el lugar insultando a todos sin dejar de sonreír. El rescate se había fijado en veinte talentos y parece que eso le ofendió, y dijo que él valía por lo menos cincuenta talentos y cincuenta talentos les obligó a exigir.

– ¡Ah, por eso habló de cincuenta talentos! Cuando me lo dijo, lo advertí, pero estaba tan incomodado con él en aquel momento que lo olvidé -dijo Junco, meneando la cabeza-. Eso explica su personalidad, Pompeyo. ¡ Está loco! Cincuenta talentos es el rescate de un censor. Sí, creo que está loco.

– O quizá quisiera atemorizar a los de Xantos y Patara para que lo pagasen pronto -añadió Pompeyo.

– ¡No! Está loco; loco de arrogante. Siempre ha sido así -Junco puso cara de amargura-. Pero sus motivaciones me tienen sin cuidado, ¡lo único que deseo es hacerle pagar lo que ha hecho! ¡Ah, es increíble! ¡ Dos millones de sestercios!

Si César sentía algún reparo por los enemigos que estaban provocando sus actividades, lo ocultaba a la perfección. Al llegar el barco a Rodas, pagó al capitán con una generosa recompensa, alquiló una casa confortable pero nada pretenciosa en las afueras de la ciudad y se dispuso a estudiar con el prestigioso Apolonio Molón.

Como aquella gran isla independiente al pie de la provincia de Asia era encrucijada de los dos extremos del Mediterráneo, a ella llegaban constantemente todas las noticias y habladurías y los estudiantes romanos no se sentían aislados de Roma. Por ello, César se enteró en seguida de la carta que Pompeyo había enviado al Senado y de la reacción de éste y de la defensa de Lúculo, y supo que el primer cónsul del año anterior, Lucio Octavio, había muerto en Tarso poco después de llegar a primeros de marzo para ocupar su puesto de gobernador en Cilicia. Era demasiado pronto para saber en quién pensaba el Senado para sustituirle. El regalo testamentario de Bitinia había complacido a toda Roma, desde los aristócratas al populacho, pero César supo que no a todos había gustado que el territorio formase parte de la provincia de Asia, y seguía en pie la polémica, aunque Junco hubiese recibido órdenes de incorporarlo. Tanto Lúculo como Marco Cotta, -que ya eran cónsules, eran partidarios de que Bitinia constituyese una provincia aparte con gobernador propio, y Marco Cotta había puesto los ojos en el cargo para el año siguiente.

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