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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— No te alegras por mí. Tú querrías verme muerta. Tú quieres ver muertos a todos los baka ban mana.

— Eso no es cierto; yo no deseo la muerte a nadie. Pero no podré convencerte de ello. Piensa lo que quieras.

Du Chaillu cogió el cuchillo ceremonial que llevaba al cinto y mostró a la hermana Verna el mango.

— Los majendie me tuvieron encadenada durante tres lunas. Esos perros me hicieron esto —dijo Du Chaillu, mirando el mango verde y señalando una de las obscenas imágenes sexuales grabadas en él. La hermana Verna miró brevemente lo que la otra mujer le mostraba—. Y esto. Y esto también.

La Hermana observó el palpitante pecho de la airada Du Chaillu.

— Nunca podré convencerte de cuánto detesto lo que te hicieron, Du Chaillu, y de lo que pensaban hacerte. Hay muchas cosas en este mundo que detesto, pero soy incapaz de remediarlas y a veces debo tolerarlas en vistas a un bien mayor.

— Ya no tengo mi flujo mensual —replicó Du Chaillu, dándose palmaditas en el vientre—. ¡Esos perros me han hecho un hijo! Ahora tendré que acudir a las comadronas y que me den hierbas para librarme del engendro de esos perros.

— Por favor, Du Chaillu —le suplicó la Hermana, uniendo las manos al frente—, no lo hagas. Un hijo es un regalo del Creador. Por favor, no rechaces ese regalo.

— ¡Regalo! ¡Ese gran Creador tiene un modo muy perverso de hacer sus regalos!

Richard intervino.

— Du Chaillu, hasta ahora los majendie han matado a todos los baka ban mana que capturaban. Tú eres la primera que ha sido liberada. Ya no seguirán matando. Piensa en tu hijo como en el símbolo de la nueva vida entre vuestros pueblos. Para que esa nueva vida, y la vida de todos vuestros niños florezca, es preciso dejar de matar. Deja que el niño viva. Él es inocente.

— ¡Pero su padre no!

Richard tragó saliva.

— Los hijos no heredan la maldad de sus padres.

— ¡Si el padre es malvado, el hijo saldrá igual!

— Eso no es cierto —dijo la Hermana—. El padre de Richard fue un hombre malvado que mató a muchas personas, pero Richard lucha por preservar la vida. Su madre sabía que los hijos no tienen la culpa de los crímenes de sus padres. Aunque Richard fue el fruto de una violación, su madre lo amó. Richard fue criado por buenas personas que le enseñaron a hacer el bien. Gracias a eso, tú estás viva hoy. También tú puedes enseñar a ese hijo a hacer el bien.

La furia de Du Chaillu flaqueó, mientras clavaba la mirada en el joven.

— ¿Es eso cierto? ¿Tu madre fue tratada como yo por un perro malvado?

Richard solamente pudo asentir.

— Pensaré en lo que me has dicho antes de tomar una decisión —dijo la mujer frotándose el vientre—. Me has devuelto la vida; sopesaré tus palabras.

Richard le oprimió un hombro.

— Decidas lo que decidas, estoy seguro de que será para bien.

— Eso será si vive lo suficiente para decidir —objetó la hermana Verna—. Has hecho promesas y has proferido amenazas que no puedes cumplir. Cuando los majendie planten sus campos y vean que no pasa nada, perderán el miedo a lo que les has dicho. Lo que has hecho no servirá de nada, pues volverán a declarar la guerra al pueblo de Du Chaillu. Por no hablar también del mío.

Richard se quitó por la cabeza la correa de cuero de la que colgaba el silbato que le había entregado el Hombre Pájaro.

— Yo no diría que no va a pasar nada, Hermana. Algo pasará, te lo aseguro. —El joven colgó el silbato de hueso tallado del cuello de Du Chaillu, al tiempo que le decía—: Este silbato fue un regalo que me hicieron, y yo ahora te lo entrego a ti para que pongas fin a tantas muertes. Es un silbato mágico. Con él podrás convocar más pájaros de los que nunca hayas visto reunidos. Cuento contigo para que cumplas mi promesa.

»Ve a sus campos de cultivo sin que te vean. Entonces, al atardecer, haz sonar este silbato mágico. Tú no oirás nada, pero los pájaros sí que lo oirán. Tú imagínate aves en tu cabeza. Piensa en tantos pájaros como puedas sin dejar de soplar el silbato, y no dejes de hacerlo hasta que aparezcan.

— ¿Magia? —inquirió Du Chaillu, tocando el silbato de hueso—. ¿De verdad que los pájaros acudirán?

— Oh, eso te lo aseguro —la tranquilizó Richard con una sonrisa torcida—. La magia los llamará. Ninguna persona oirá el silbato, pero las aves sí. Los majendie no sospecharán que ha sido cosa tuya. Los pájaros tendrán hambre y devorarán todas las semillas. Cada vez que los majendie siembren, tú llama a los pájaros para que se coman las semillas.

— ¡Los majendie se morirán de hambre! —exclamó Du Chaillu, encantada.

— No —la corrigió Richard, acercando mucho su rostro al de la mujer—. Te hago este regalo para poner fin a tantas muertes, no para ayudarte a matar. Llamarás a los pájaros para que se coman la simiente hasta que los majendie acepten vivir en paz con vosotros. Tras cumplir su parte del trato, también los baka ban mana deberéis cumplir la vuestra y vivir en paz con ellos.

»Si haces un mal uso de mi regalo —le advirtió, amenazándola con el dedo índice justo delante de sus narices—, regresaré y castigaré a tu pueblo con mi magia. Confío en ti para que hagas lo correcto. No defraudes esa confianza.

Du Chaillu desvió la mirada y sorbió ligeramente por la nariz.

— Haré lo correcto; usaré tu regalo como dices. —Con estas palabras, se guardó el silbato dentro del vestido—. Gracias por ayudar a llevar la paz a mi pueblo.

— Ése es mi máximo objetivo; la paz.

— Paz —resopló la hermana Verna—. ¿Crees que es tan fácil? —le espetó a Richard—. ¿Crees que después de tres mil años de guerra puedes llegar tú y ordenar simplemente que debe cesar? ¿Crees que tu mera presencia basta para cambiar el comportamiento de los pueblos? Eres ingenuo e infantil. Cierto que los hijos no heredan los pecados de los padres, pero tienes una visión demasiado simplista de las cosas que te hace cometer pecados similares.

— Hermana, si crees que podría tomar parte en sacrificios humanos, cualquiera que fuera la razón, te equivocas de medio a medio. —Ya se disponía a darle la espalda, cuando se volvió de nuevo hacia ella—. ¿Qué mal he hecho yo? ¿Qué guerra he iniciado?

— Bueno, para empezar, si nosotras no ayudamos a quienes poseen el don como tú, el don los matará, como también te mataría a ti. ¿Cómo sugieres que llevemos ahora a esos muchachos hasta el Palacio de los Profetas? Ya no podemos atravesar el país de los majendie. Du Chaillu solamente te ha dado permiso para cruzar tú por su tierra, pero no ha dicho que podamos cruzar con otros. Por lo que has hecho hoy, esos chicos morirán.

Richard se quedó unos momentos pensativo. Estaba exhausto. Usar la magia de la espada lo había agotado como en ninguna de las anteriores ocasiones, y lo único que deseaba era dormir. No se sentía con fuerzas para resolver problemas ni para discutir. Al fin, miró a Du Chaillu.

— Cuando hagas las paces con los majendie, antes de permitirles que planten de nuevo sus campos, deberás añadir una condición más. Para celebrar el fin de la guerra entre vosotros, para celebrar la paz, deberán permitir el paso de las Hermanas por su tierra. —Du Chaillu clavó unos instantes la mirada en los ojos de Richard antes de asentir—. Y vosotros haréis lo mismo.

»¿Satisfecha? —preguntó a la Hermana, entrecerrando los ojos.

— En el valle, cuando acabaste con la bestia, miles de serpientes brotaron de su cuerpo. Esto es lo mismo.

»No puedo acordarme con precisión de todas las mentiras que has dicho hoy. Ya te he reprendido otras veces por mentir y te advertí que no volvieras a hacerlo. Hoy te aconsejé que no volvieras a blandir el hacha y, pese a mi advertencia, lo hiciste. No me atrevo ni a contar todas las órdenes que has incumplido en este día. Lo que has hecho no ha puesto fin a la guerra; sólo la ha empezado.

— En este asunto, Hermana, soy el Buscador y no tu pupilo. Como Buscador en modo alguno toleraré sacrificios humanos. Ninguno. Las muertes de otras personas son un tema aparte. No puedes usarlo como excusa para justificar asesinatos. En esto soy inflexible. Y no creo que realmente quieras castigarme por poner fin a algo que apuesto que tú también deseabas que cesara hace mucho tiempo.

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