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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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»Si alguno de vosotros hace algún movimiento contra mí o contra estas dos mujeres, la Madre Reina morirá —dijo a los hombres, que empezaban a avanzar hacia él. Todos se miraron entre sí para darse coraje—. Tal vez creáis que podéis matarme —les dijo, sin que la flecha se alejara lo más mínimo de su objetivo—, pero antes la Madre Reina morirá. Ya habéis visto mi anterior disparo. La magia guía mi mano. No fallaré.

Los hombres recularon.

— ¡Dejadlo en paz! —gritó la Madre Reina—. ¡Oíd lo que tiene que decir!

— ¡Ya os he transmitido las órdenes de los espíritus! Ahora obedeced.

Tras un breve silencio, la líder replicó:

— Tenemos que consultar con los espíritus.

— ¿Pretendes insultarlos? Hacer eso sería admitir que no te guías por sus palabras, sino solamente por tus mundanos deseos.

— Pero tenemos que…

— ¡No estoy aquí para regatear en su nombre! Los espíritus han ordenado que entregue el cuchillo de sacrificios a esta mujer, para que ella se lo lleve a su gente como símbolo de que los majendie ya no los perseguirán más.

»Si no obedecéis, los espíritus os mostrarán su ira llevándose la simiente que plantéis. No podréis sembrar hasta que enviéis representantes a los baka ban mana para decirles que acatáis los deseos de los espíritus. Si no lo hacéis, todos moriréis de hambre.

»Ahora nos vamos. Dame tu palabra de que nos dejarás salir de tu país sanos y salvos, o morirás ahora mismo.

— Tenemos que pensar…

— ¡Contaré hasta tres para oír qué decides! ¡Uno, dos, tres! —Todos, la Madre Reina, las mujeres de negro y la multitud, lanzaron exclamaciones ahogadas—. ¿Qué decides?

La Madre Reina alzó la mano izquierda, suplicándole que no disparara.

— ¡Podéis iros! Tenéis la palabra de la Madre Reina de que se os permite abandonar nuestra tierra sanos y salvos.

— Sabia decisión.

La Madre Reina cerró la mano y los señaló con un dedo.

— Pero esto viola nuestro acuerdo con las mujeres sabias. Ya no hay trato. Salid enseguida de nuestro país. Os expulso…

— Que así sea —replicó Richard—. Te recomiendo que cumplas tu palabra, pues cualquier acción imprudente tendrá consecuencias nefastas.

El joven relajó la tensión de la cuerda. De pie en los estribos se sacó el cuchillo sagrado del cinto y lo alzó para que todos lo vieran.

— Esta mujer llevará el cuchillo a su gente y les transmitirá las palabras de los espíritus. Por su parte, los baka ban mana ya no lucharán contra los majendie. ¡Los dos pueblos estarán en paz! ¡Ninguno de vosotros atacará al otro! ¡Obedeced a los espíritus o cargad con las consecuencias!

A pesar de que la voz del joven se tornó un fiero susurro, la cólera de la magia llevó sus palabras hasta los puntos más alejados de la plaza y, en el absoluto silencio, todos oyeron sus palabras.

— Obedeced mis órdenes o lo lamentaréis. Desataré contra vosotros la destrucción.

Sobre la plaza se cernía un manto de magia como la niebla en un valle, etérea pero a la vez real, una manifestación palpable de la indignación de Richard que todos los presentes sentían. Todos temblaban ante él.

Richard desmontó de un salto. Los hombres retrocedieron aún más. La hermana Verna estaba muda de rabia. Richard jamás la había visto en ese estado. Se mantenía inmóvil, con los puños apretados hacia adelante.

Richard trató de controlar la ira al mirarla y al hablar.

— Monta, Hermana. Nos vamos.

Pero la Hermana apretaba con tal fuerza la mandíbula, que parecía que se iba a hacer añicos.

— ¡Estás loco! No vamos a…

— Si quieres discutir con alguien, Hermana, quédate y discute con esta gente. Estoy seguro de que estarán encantados de hacerlo. Yo pienso ir al Palacio de los Profetas para que me quiten este collar. Si quieres acompañarme, monta el caballo.

— ¡Ya no podemos! ¡Ya no podemos cruzar la tierra de los majendie! ¡Nos han expulsado!

— Ella nos guiará al Palacio de los Profetas a través de la tierra de los baka ban mana —repuso el joven, señalando con el pulgar a Du Chaillu.

La salvaje se cruzó de brazos y dirigió a la Hermana una sonrisa de autocomplacencia.

— Realmente estás loco —dijo la Hermana, apartando la mirada de la mujer para posarla en Richard—. No podemos…

Con un gruñido, Richard apretó los dientes. La cólera de la espada seguía ardiendo con furia desatada.

— ¡Si quieres ir conmigo a palacio monta ahora! ¡Yo me marcho!

Du Chaillu contempló cómo Richard guardaba el cuchillo de mango verde en su cinturón de gamuza.

— Te he asignado una responsabilidad, y espero que estés a la altura. Vamos, monta.

Presa de una súbita inquietud, Du Chaillu descruzó los brazos, miró al animal y nuevamente a Richard. Entonces volvió a cruzarse de brazos y alzó la nariz.

— No pienso montar esa bestia. Apesta.

— ¡Tú también apestas! —rugió Richard—. ¡Monta ahora mismo!

La salvaje se estremeció. Con unos ojos que reflejaban el terror que le inspiraba la furibunda mirada de Richard, tragó saliva.

— Ahora ya sé qué es un Buscador.

Dicho esto se encaramó torpemente al lomo de Geraldine. La Hermana esperaba ya sobre Jessup. Richard se subió de un salto a la silla de Bonnie.

Tras lanzar una última mirada admonitoria a la multitud, presionó las costillas de la yegua, y ésta partió al galope. Los otros dos caballos la siguieron. La multitud se fue abriendo para dejarles paso.

La magia reclamaba sangre a gritos. Richard deseó que alguien tratara de detenerlo para aplacar esa sed. Pero nadie osó.

— Por favor, ya casi ha oscurecido —dijo Du Chaillu—. ¿Podemos parar o al menos caminar un rato? Esta bestia me está matando.

La mujer se aferraba al caballo como si en ello le fuese la vida, e iba rebotando contra la silla al ritmo del trote de Geraldine. Las pequeñas tiras de telas de colores que adornaban su vestido estaban alborotadas. Richard oía el caballo de la hermana Verna trotando detrás de ellos, pero no se volvió para mirar.

Lo que hizo fue alzar la vista hacia el sol, que empezaba a desaparecer tras la densa maraña de ramas. Finalmente, su rabia remitía al tiempo que la luz menguaba. Durante mucho rato había creído que no sería capaz de lograrlo.

Con el mentón, Du Chaillu señaló más allá de Richard, hacia la derecha, temerosa incluso de alzar la mano.

— Por ahí hay un pequeño estanque, atravesando los juncos, y un prado con hierba.

— ¿Estás segura de que estamos en tierra de los baka ban mana?

— Sí. Desde hace un par de horas. Ésta es nuestra tierra. Conozco este lugar.

— Muy bien. Nos detendremos a pasar la noche.

Richard le sostuvo el caballo mientras ella se deslizaba al suelo. Con un gemido, Du Chaillu se frotó el trasero con las palmas de las manos.

— ¡Si mañana me obligas a montar otra vez en esa bestia, te morderé!

Por primera vez desde que abandonaran el país de los majendie, Richard fue capaz de sonreír. Mientras él se ocupaba de desensillar los caballos, envió a Du Chaillu a buscar agua en un cubo de lona. Mientras la salvaje atravesaba juncos y cañas para acercarse al estanque, la hermana Verna recogió leña y la prendió usando su magia. Cuando acabó con los caballos, Richard los amarró a largas cuerdas para que pudieran pastar en la hierba.

— Ya es hora de hacer las presentaciones —dijo Richard cuando Du Chaillu regresó—. Hermana Verna, ésta es Du Chaillu. Du Chaillu, ésta es la hermana Verna.

La Hermana parecía mucho más calmada o, al menos, ocultaba su rabia tras una máscara.

— Me alegra que no murieras hoy, Du Chaillu.

La salvaje la fulminó con la mirada. Richard sabía que, para ella, las Hermanas de la Luz eran brujas.

— No obstante, me apena pensar en todos los que morirán en tu lugar —añadió la Hermana.

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