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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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— Pero ¿qué es lo que pasa con vosotros? —susurró Richard acaloradamente—. ¡He visto a más gente desnuda desde que abandoné mi país natal el pasado otoño que en toda mi vida! Y no os parece importar lo más mínimo que…

— Tienes la cara roja —lo interrumpió la mujer, sonriendo.

Richard gruñó, apretando los dientes.

— ¡Espérame aquí!

— Esperaré —repuso ella, sonriendo de nuevo.

En la otra habitación los cuatro hombres se pusieron de pie de un salto al verlo aparecer por la abertura tapada con una tela. Richard no les dio tiempo a preguntar nada.

— ¿Dónde está la ropa de la mujer?

Los hombres se miraron entre sí, confusos.

— ¿Su ropa? ¿Para qué quieres su…

— ¡Quién eres tú para cuestionar a los espíritus! —exclamó Richard, avanzando con agresividad hacia quien había hablado—. ¡Obedeced! ¡Dadme su ropa!

Los cuatro retrocedieron, le echaron una rápida mirada y luego se encaminaron a los bajos arcones. Una vez allí apartaron las lámparas, abrieron las tapas y hurgaron en su interior lleno de ropa.

— ¡Aquí están! ¡Las he encontrado! —exclamó uno de ellos. Sostenía en la mano una prenda marrón claro de lino delicadamente tejido y de la que colgaban hileras de bandas de diferentes colores—. Es suyo. Y esto también —añadió, alzando un cinturón de gamuza.

Richard le arrebató ambas prendas.

— Esperad aquí —les ordenó. También recogió del suelo un retal que uno de los hombres había arrojado al suelo mientras buscaban el vestido.

Sin darles tiempo a preguntarle nada, apartó el tapiz y se marchó. Du Chaillu lo esperaba con los brazos aún cruzados. Al ver lo que llevaba en las manos, ahogó un grito y se lo acercó a los pechos. Las lágrimas anegaron sus oscuros ojos.

— ¡Mi vestido de plegarias!

La mujer le echó los brazos al cuello, se puso de puntillas y empezó a cubrirle la cara de besos. Richard le aplastó la espesa mata de pelo negro contra ambos lados de la cabeza, apartándola.

— Vale, vale. Vamos, póntelo. De prisa.

Sonriéndole, la mujer pasó la cabeza por el cuello del vestido y luego metió los brazos en las largas mangas. De la parte exterior de las mangas así como de los hombros colgaban tiras de telas de diferentes colores. Cada una de ellas pasaba por un pequeño agujero practicado debajo de una banda de pana. El vestido le llegaba justo debajo de las rodillas. Mientras se ponía el cinturón, Richard reparó en que la herida que uno de los hombres le había causado en el muslo seguía sangrando.

El joven se hincó de rodillas ante ella y le dijo con un gesto de las manos:

— Levántate el vestido.

Du Chaillu lo miró enarcando una ceja.

— ¿Acabo de vestirme y ya quieres que vuelva a desnudarme?

Richard frunció los labios y agitó ante ella el retal de ropa.

— Estás sangrando. Te vendaré la herida con esto.

Riendo entre dientes, Du Chaillu se alzó el vestido y le mostró la pierna, haciéndola girar de un lado al otro de modo burlón. Rápidamente, Richard enrolló la tela alrededor de la herida en el muslo y la ató con fuerza. A la mujer se le escapó un pequeño grito de dolor. Aunque pensaba que se lo tenía bien merecido, Richard se disculpó.

Luego la cogió de la mano y la arrastró por las últimas habitaciones. Al atravesar la última, gruñó a los cuatro hombres que se quedaran donde estaban. Sin soltar la mano de Du Chaillu, la condujo por calles y callejones hasta la plaza. Podía ver la cabeza de los tres caballos que sobresalían sobre el mar de relucientes calvas. Lentamente se fue abriendo paso hacia las monturas.

43

Pese a que llevaba la espada envainada, sentía su magia cómo si ya la empuñara. Un manantial de rabia brotó con ímpetu en su interior. Richard la alimentó, tirando por tierra todas las barreras.

Estaba entrando en un silente mundo solamente suyo. Un mundo de crudo compromiso con lo que era: el portador de la muerte.

La hermana Verna palideció al verlo llegar arrastrando a Du Chaillu, y aún palideció más ante su porte.

Sin decirle ni media palabra, Richard cogió bruscamente el arco que colgaba de la silla de Bonnie así como dos flechas con la punta de acero de la aljaba. Respiraba agitadamente a causa de la cólera que sentía.

Todos los presentes se habían vuelto hacia él. Algunos saltaban para verlo mejor, y sus atónitos rostros sobresalían del mar de caras. Todas las mujeres vestidas de negro lo miraron, al igual que la Madre Reina.

El semblante de la hermana Verna se había tornado rojo.

— ¡Richard! ¿Se puede saber qué…?

— No te muevas —le ordenó Richard, empujándola a un lado.

Empuñando el arco y las flechas en una mano, el joven montó en la silla de un salto. Todos los susurros cesaron.

— He hablado con los espíritus —dijo Richard a la Madre Reina.

La mujer empezó a deslizar el dorso de la mano por el poste, hacia la cuerda de la campana. Richard no necesitaba más. Le había ofrecido una oportunidad. Ya no podía volverse atrás.

Fue entonces cuando derribó cualquier barrera interior que aún contuviera a la magia.

En un rápido movimiento Richard colocó una flecha, tensó la cuerda hacia su mejilla y llamó al blanco hacia sí. El proyectil salió disparado.

La flecha silbó en el aire. La multitud ahogó un grito. Antes de que la flecha hiciera diana, Richard ya apuntaba la segunda.

La primera flecha dio justo en el blanco con un vibrante ruido sordo. La Madre Reina lanzó un entrecortado grito de dolor y sorpresa. La flecha había penetrado en el espacio entre dos huesos de la muñeca y le había clavado el brazo al poste, impidiéndole así que llegara a la cuerda de la campana. Inmediatamente alzó la otra mano hacia la cuerda.

La segunda flecha se mantenía totalmente inmóvil como en un invisible apoyo en el aire, apuntando al blanco, esperando.

— ¡Un solo movimiento hacia la cuerda, y la siguiente flecha te atravesará el ojo derecho!

El grupo de mujeres de negro cayó de rodillas y empezó a gemir. La Madre Reina se quedó muy quieta; un hilo de sangre le corría por el brazo.

Richard hervía por dentro con tormentas de cólera, aunque exteriormente se mostraba impasible.

— ¡Vas a oír lo que los espíritus han ordenado!

Lentamente, la Madre Reina dejó caer la mano izquierda a un lado.

— Habla —dijo.

La cuerda del arco aún le rozaba la mejilla y no tenía intención de relajarla. Aunque la flecha solamente apuntaba a una persona, su ira iba dirigida contra todos.

La magia ardía por todo su ser con furia. La fuerza de la cólera latía en sus venas. En otras ocasiones siempre había estado centrada en alguien concreto, en un enemigo específico. Pero esta vez era distinto. Esta vez era una cólera dirigida contra todos los presentes, contra todos los implicados en los sacrificios humanos. Era una ira general.

Lo cual la hacía peor. Mucho más intensa.

Richard no sabía si era esa amenaza contra todos lo que absorbía más magia o si era por sus prácticas de concentración con la hermana Verna, pero fuera cual fuera la razón, estaba conjurando de la espada mucha más magia que nunca, mucha más de la que era consciente que poseía. La magia bullía con aterrador poder. Incluso el aire vibraba con ella.

Todos los hombres que estaban cerca retrocedieron. Las mujeres de negro cesaron sus lamentos. El rostro de la Madre Reina resaltaba por su palidez contra el vestido negro. Un millar de personas guardaban silencio, asustadas de una sola.

— ¡Los espíritus no desean más sacrificios! ¡Con ellos no demostráis vuestra devoción, sino solamente que podéis matar! A partir de ahora, mostraréis vuestra veneración hacia los espíritus respetando la vida de los baka ban mana. ¡Si no, los espíritus descargarán sobre vosotros su cólera y os destruirán! ¡Oíd su amenaza, o harán caer sobre los majendie el hambre y la destrucción!

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