La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Quienes no tienen señor —contestó ella, orgullosa.
Richard sonrió para sí.
— Creo que eres digna representante de tu pueblo. No me imagino que te dejes dominar.
Du Chaillu examinó los ojos del joven con el mismo gesto de orgullo que antes.
— Pese a lo que dices, tienes intención de montarme como los otros.
— No. Ya te he dicho que no lo haría. Voy a tratar de sacarte de aquí y llevarte de regreso con los tuyos.
— Ningún baka ban mana capturado por los majendie regresa nunca.
— Pues tú serás la primera.
Richard desenvainó la espada. Du Chaillu retrocedió presurosa hacia el muro, se llevó las rodillas al pecho y ocultó el rostro. El joven se dio cuenta de que había interpretado mal su acción y se temía lo peor.
— Tranquila, Du Chaillu. No voy a hacerte daño. Sólo quiero quitarte ese collar.
La mujer se encogió ante él pero entonces, como si se avergonzara de su temor, alzó la cabeza y le escupió.
— Sí, cortándome la cabeza. Mientes. Quieres matarme y esperas que te ofrezca el cuello sin resistirme.
Richard se limpió con la manga el escupitajo que le había alcanzado a un lado de la frente. Acto seguido alargó una mano y la posó en un hombro de la mujer para tratar de calmarla.
— No, no voy a hacerte ningún daño. Pero tengo que usar la espada para quitarte el collar. ¿Cómo, si no, esperas que te saque de aquí? No te pasará nada, ya lo verás. ¿Dejas que te lo quite?
— ¡Las espadas no cortan el hierro!
Richard enarcó una ceja.
— Las mágicas sí.
La mujer cerró los ojos con fuerza y contuvo la respiración mientras él le pasaba un brazo por encima del hombro y la empujaba para ponérsela sobre el regazo, boca abajo. Entonces colocó la punta de la espada a un lado del cuello de la prisionera. Había visto otras veces a la Espada de la Verdad cortar hierro y sabía que con su magia también esta vez lo lograría. La mujer se mantenía totalmente inmóvil al tiempo que Richard deslizaba la espada bajo la pesada argolla de hierro.
De repente, lo atacó. En un abrir y cerrar de ojos los dientes de la prisionera se cerraron en torno al brazo izquierdo de Richard, presionándole los nervios.
Richard se quedó paralizado. Sabía que si trataba de retirar violentamente el brazo, los dientes de Du Chaillu le desgarrarían el músculo del hueso. Aún empuñaba con la mano derecha la espada, y la cólera que emanaba de ésta latía con fuerza en todo su ser. Richard utilizó esa ira para ayudarse a controlar el dolor y permanecer muy quieto.
Teniendo como tenía la espada bajo el collar, sería muy sencillo girarla y clavársela a Du Chaillu. Si le cortaba la garganta y la cabeza, liberaría el brazo. La implacable mordedura le causaba un dolor insoportable.
— Du Chaillu —logró decir entre dientes—, suéltame. No voy a hacerte ningún daño. Si ésa fuera mi intención, podría cortarte ahora mismo la cabeza para soltarme.
Tras un largo momento de absoluto silencio en el que solamente se oyó la agitada respiración del joven, Du Chaillu relajó la presión que ejercía con los dientes, pero sin soltarle el brazo del todo.
— ¿Por qué? ¿Por qué quieres ayudarme? —preguntó, ladeando ligeramente la cabeza y alzando los ojos hacia él.
Richard clavó la mirada en esos oscuros ojos. Decidió arriesgarse y alejó la mano de la empuñadura, tras lo cual se la llevó hacia el cuello y rozó con los dedos el frío metal del rada’han.
— Yo también soy un prisionero. Yo también sé qué es que te sujeten con un collar. No me gustan los collares. Aunque yo no puedo liberarme con la espada, sí que puedo liberarte a ti.
Du Chaillu le soltó el brazo e inclinó la cabeza hacia un lado mientras lo contemplaba con ceño.
— Pero tú eres un hombre mágico.
— Justamente por eso me hicieron prisionero. La mujer que me acompaña me conduce a un lugar llamado el Palacio de los Profetas. Dice que, si no voy allí, la magia me matará.
— ¿Tú eres uno de los que van con las brujas? ¿De los que viven en la gran casa de piedra de las brujas?
— No es una bruja sino una mujer que también posee magia, como yo. Ella me puso este collar para obligarme a ir con ella.
Los ojos de Du Chaillu recorrieron rápidamente el rada’han.
— Si me liberas, los majendie no te permitirán que cruces su tierra para llegar hasta la gran casa de piedra.
— Bueno —replicó Richard con una leve sonrisa—, yo esperaba que, si te ayudo a regresar con tu gente, nos permitirías que atravesáramos tu tierra y nos guiarías, para así llegar a nuestro destino.
La mujer esbozó una astuta sonrisa.
— Podríamos matar a la bruja —sugirió.
— No. Yo no mato a nadie a no ser que me vea obligado a ello. De todos modos, no serviría de nada. Tengo que llegar hasta el palacio para librarme de este collar. Si no llego, moriré.
Du Chaillu apartó los ojos. Richard esperó mientras la mujer examinaba su celda.
— No sé si dices la verdad o si piensas degollarme. —Suavemente, le frotó el brazo donde lo había mordido—. Pero, de todos modos iba a morir sin remedio. Al menos, si me matas, ninguno de esos perros volverá a montarme. Si dices la verdad, estaré libre, pero tendremos que escaparnos de los majendie.
Richard le guiñó un ojo.
— Tengo un plan. Al menos, podemos intentarlo.
— Si me matas, los majendie estarían contentos contigo y podrías llegar a ese palacio. ¿No tienes miedo de que te maten?
— Sí. Pero aún tengo más miedo de vivir el resto de mi vida imaginándome tus bonitos ojos y deseando haberte ayudado.
Du Chaillu lo miró largamente de soslayo.
— Es posible que seas un hombre mágico, pero no puede decirse que seas muy listo. Un hombre listo pensaría ante todo en su seguridad.
— Yo soy el Buscador.
— ¿Qué es eso?
— Es una historia muy larga. Pero supongo que significa que hago todo lo que está en mi mano para procurar que la verdad prevalezca y que se imponga la justicia. Esta espada es mágica y me ayuda en tal empresa. Es la Espada de la Verdad.
Du Chaillu respiró hondo y, finalmente, volvió a posar la cabeza en el regazo de Richard.
— Inténtalo o mátame. De todos modos, ya estaba muerta.
Richard la tranquilizó con una palmadita en su mugrienta espalda desnuda, mientras le advertía:
— Ahora estate quieta.
Con una mano agarró con firmeza el collar que la mujer llevaba al cuello, mientras que con la otra, la derecha, por la que la magia fluía en su interior, impulsó con todas sus fuerzas la espada hacia arriba.
Se oyó un fuerte crujido y el hierro se hizo añicos. Fragmentos metálicos calientes rebotaron contra los muros. Uno bastante grande giró en el suelo de tierra como una peonza, hasta que por fin se bamboleó y cayó. Sobrevino el silencio. Richard contenía la respiración, rezando para que ninguno de los fragmentos de metal le hubieran cortado la garganta a la mujer.
Du Chaillu se incorporó y, con ojos muy abiertos, se palpó el cuello. Al comprobar que no tenía ninguna herida, sonrió de oreja a oreja.
— ¡Ya no lo llevo! ¡Me has quitado el collar y conservo la cabeza!
Richard fingió sentirse indignado por la duda.
— Ya te lo dije. Ahora tenemos que salir de aquí. Vamos, sígueme.
El joven la guió por las diferentes celdas, regresando por donde había entrado. Al llegar a la última habitación en la que los hombres esperaban, la conminó al silencio con un dedo sobre los labios y le dijo que se estuviera quieta y que lo esperara.
Du Chaillu cruzó los brazos bajo sus pechos desnudos.
— ¿Por qué? Yo voy contigo. Dijiste que me sacarías de aquí.
Richard lanzó un suspiro de exasperación.
— Voy a conseguirte alguna ropa. No puedes salir de aquí… así —Richard hizo un ademán para indicar su desnudez.
La mujer descruzó los brazos y se miró.
— ¿Por qué? ¿Qué hay de malo? No tengo tan mala figura. Muchos hombres me han dicho que…