La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Richard no dijo nada.
La Hermana dio la espalda a las mujeres que se acercaban y lo miró a la cara.
— Te llevarán donde guardan al prisionero y allí te invitarán a que des tu bendición. Si no lo haces, te sacrificarán antes que al prisionero.
»Para bendecir el sacrificio tienes que besar el cuchillo sagrado que te ofrecerán. No tendrás que matar tú mismo al prisionero. Lo único que debes hacer es besar el cuchillo como símbolo de que los espíritus bendicen el sacrificio, y ellos lo matarán. Pero tendrás que mirar cómo lo hacen, para que de este modo los espíritus contemplen el sacrificio a través de tus ojos. —La mujer echó un vistazo por encima del hombro a las mujeres que se aproximaban y sentenció—: Son creencias blasfemas.
Dicho esto, lanzó un suspiro de resignación y miró de nuevo al joven a la cara. Richard cruzó los brazos y clavó en ella una iracunda mirada.
— Richard, sé que todo esto no te gusta, pero ha servido para mantener la paz entre nosotras y los majendie durante tres mil años. Aunque suene paradójico, salva más vidas de las que cuesta. Los salvajes enemigos de los majendie también luchan contra nosotras. De vez en cuando, tanto el palacio como el civilizado pueblo del Viejo Mundo sufren sus incursiones y sus crueles ataques.
«No es de extrañar», pensó Richard, pero se guardó su opinión para sí.
La hermana Verna se hizo a un lado para colocarse junto a él mientras las mujeres de negro se agrupaban frente a ambos. Todas eran ya maduras —tal vez tenían ya edad de ser abuelas— y corpulentas. Las prendas negras las cubrían por completo, incluyendo el pelo, y dejaban sólo a la vista sus arrugadas manos y rostros.
Una de ellas se apretó contra la barbilla la basta tela negra con unos nudosos dedos, y saludó a la Hermana con una inclinación de cabeza.
— Bienvenida, mujer sabia. Los centinelas nos avisaron de vuestra llegada hace casi un día. Nos alegra teneros entre nosotros, pues es tiempo de realizar el sacrificio de la siembra. Aunque no esperábamos vuestra llegada, será un gran homenaje a los espíritus que nuestro sacrificio sea bendecido.
La anciana, que apenas llegaba a Richard al esternón, miró al joven de arriba a abajo.
— ¿Éste es el hombre mágico? No es un muchacho —dijo a la hermana Verna.
— Nunca habíamos llevado a alguien tan mayor al palacio de las mujeres sabias —admitió la Hermana—, pero es un hombre mágico, igual que los demás.
— Es demasiado mayor para impartir la bendición —afirmó la anciana mirando a Richard a los ojos. Éste le devolvió la mirada sin expresar ninguna emoción.
— Es un hombre mágico —repitió la Hermana, más tensa.
La anciana le dirigió un gesto de asentimiento, pero insistió.
— Es demasiado mayor para limitarse a mirar mientras otros realizan el sacrificio. Tendrá que hacerlo él personalmente. Tiene que ofrecer nuestro sacrificio a los espíritus por su propia mano. Llévalo adonde la víctima aguarda —ordenó a una de sus compañeras.
La aludida inclinó la cabeza, se avanzó e indicó por gestos a Richard que la siguiera. La hermana Verna le tiró de la manga de la camisa. Richard percibió el calor de la magia que irradiaba de los dedos de la mujer y le subía por los brazos para confluir en una desagradable sensación de hormigueo en el cuello, debajo del rada’han.
— Richard —susurró—, no oses blandir el hacha esta vez. No sabes qué echarías a perder.
Richard la miró a los ojos antes de darse media vuelta sin decir ni palabra.
La gruesa anciana lo condujo por una lodosa calle en la que había viejos sentados en los portales, que los observaban, y luego torció por una callejuela. Al llegar al final se agachó para pasar por una baja entrada. Richard casi tuvo que inclinarse por la cintura para seguirla.
Dentro, el suelo estaba cubierto por alfombras de intrincado diseño aunque de colores apagados. El único mobiliario consistía en varios arcones bajos con tapas de piel sobre los que ardían lámparas de aceite. Había cuatro hombres con la cabeza rapada acuclillados sobre las alfombras, dos a cada lado de un pasillo separado por pesados tapices en vez de puerta. Sobre las rodillas tenían lanzas cortas con afilada punta de hierro en forma de hoja. En el techo, inesperadamente alto, flotaba una nube de humo de pipa.
Los cuatro hombres se pusieron de pie y saludaron con una inclinación de cabeza a la anciana. Ésta les devolvió el saludo y empujó a Richard hacia adelante.
— Aquí os traigo al hombre mágico. Puesto que ya es adulto, la Madre Reina ordena que ofrezca el sacrificio a los espíritus con sus propias manos.
Todos expresaron con gestos de asentimiento y sonrisas que lo juzgaban una sabia decisión, y pidieron a la anciana que dijera a la Madre Reina que así se haría. La mujer de negro les deseó buena fortuna, tras lo cual se agachó para salir, cerrando tras ella la puerta de basta madera de pino.
Una vez que se hubo ido, los hombres sonrieron de oreja a oreja, y todos dieron palmaditas a Richard en la espalda como para convertirlo en uno más de ellos. En la nuca de uno de los hombres se formaron pliegues de carne cuando se volvió para echar un vistazo al pasadizo cubierto por el tapiz. A continuación, pasó un brazo por encima de Richard y le dio un fuerte apretón con los dedos.
— Eres muy afortunado, chico. Te gustará lo que te tenemos preparado. —Su astuta sonrisa reveló que le faltaba un diente de la hilera inferior—. Ven con nosotros. Te prometo que va a gustarte. Hoy te harás hombre si es que aún no lo eres —añadió con una sonora risita. Sus tres compañeros también rieron.
Los tres apartaron a un lado el tapiz y cogieron una de las lámparas para iluminarse. El último de ellos dio una palmadita a Richard en la espalda, animándolo así a que avanzara. Todos reían, anticipando la reacción del joven.
La habitación contigua era muy parecida a la anterior, excepto porque faltaba el humo de pipa. Los hombres fueron guiando a Richard por una serie de habitaciones, todas ellas completamente vacías salvo por algunas alfombras tiradas aquí y allí. Por fin se arrodillaron ante el último pasadizo tapado, plantaron los extremos de las lanzas en el suelo y, apoyándose en ellas con una mano, se inclinaron hacia el joven. Todos esbozaban una misma sonrisa maliciosa.
— Ahora cuidado, chico. No te precipites. No pierdas la cabeza y te lo pasarás en grande con la salvaje.
Nuevamente se rieron entre dientes, compartiendo una broma privada, mientras apartaban a un lado el tapiz y entraban en una pequeña habitación cuadrada con el suelo desnudo y sucio. El techo medía al menos la altura de tres pisos. Arriba, una única ventana abierta en un muro iluminaba la celda con tenue luz. El lugar olía al orinal situado a un lado.
En el extremo izquierdo de la celda se veía a una mujer desnuda en cuclillas. Al ver a los hombres, trató de alejarse lo más posible. Se encogió rodeándose las rodillas con los brazos.
Estaba cubierta por marcas, cortes y moretones. Una larga mata de pelo negro crespo enmarcaba un mugriento semblante. La mujer entrecerró sus ojos negros en señal de odio al ver a los cuatro hombres. Por las socarronas sonrisas de éstos, era evidente que los conocía muy bien.
Alrededor del cuello llevaba un grueso collar de hierro unido por una gruesa cadena a una sólida anilla de la pared.
Los hombres se desplegaron por la celda y se pusieron en cuclillas con la espalda pegada al muro. Con una mano sostenían la lanza derecha entre las rodillas. Richard los imitó y se agachó con la espalda contra el muro, a la derecha de la mujer.
— Deseo hablar con los espíritus —dijo. Los cuatro hombres le miraron, parpadeando—. Debo preguntarles cómo quieren que realice el sacrificio.
— Sólo hay un modo de hacerlo —replicó el hombre al que le faltaba un diente—. Tienes que cortarle la cabeza. Ahora que lleva el collar alrededor del cuello, es el único modo de sacarla. Tienes que separarle la cabeza del tronco.