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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—Hay fuegos artificiales, Ilia, pero no tengo ni puta idea de quién está ganando.

—Al menos la batalla todavía continúa. Eso tiene que ser una buena señal, ¿no? —La mujer no hizo nada visible, pero un globo aplastado surgió de golpe sobre su cabeza. Se parecía muchísimo a una de esas burbujas de pensamiento de los dibujos. Aunque el ataque del arma del alijo la había dejado ciega, ahora llevaba unos esbeltos anteojos grises que se comunicaban con los implantes que el proxy de Clavain le había instalado en la cabeza. En algunos aspectos, ahora tenía una visión mejor que antes, pensó Khouri. Podía ver en todas las longitudes de onda y bandas no electromagnéticas que ofrecían los anteojos, y podía aprovechar los campos generados por las máquinas con mucha más claridad de lo que le había sido posible hasta ahora. Pero a pesar de todo eso, y aunque no decía nada, debía de sentirse asqueada por la presencia de aquellas máquinas ajenas en su cráneo. Ese tipo de cosas siempre le habían repugnado, y ahora solo las aceptaba por necesidad.

El globo proyectado era más una alucinación mutua que un holograma. Estaba cuadriculado con las líneas verdes de un sistema ecuatorial coordinado, más abombado en el ecuador y más estrecho por los polos. La eclíptica del sistema era un disco lechoso que abarcaba la burbuja de lado a lado, salpicado de muchos símbolos anotados. En el medio estaba el duro ojo naranja de la estrella, Delta Pavonis. Una mancha de color bermellón formaba el cadáver destrozado de Roc, con un núcleo de color rojo más duro y destacado que indicaba la inmensidad con forma de corneta del arma inhibidora, inmovilizada ahora en fase rotativa con la estrella. La estrella en sí estaba cuadriculada con brillantes líneas de contorno de color lila. Se veía que el punto de la superficie de la estrella que estaba justo debajo del arma estaba abombándose hacia dentro a lo largo de una octava parte del diámetro de la estrella, a una cuarta parte de distancia de la médula en la que ardía la energía nuclear. De la depresión surgían furiosos anillos de color violeta blanquecino de materia en su punto de fusión, congelados como las ondas de un lago, pero esos puntos calientes de fusión eran simples chispas comparadas con la central eléctrica del núcleo en sí. Y sin embargo, por inquietantes que fuesen estas transformaciones, la estrella no era el centro inmediato de atención. Khouri contó veinte triángulos negros en el mismo cuadrante aproximado de la eclíptica en el que estaba el arma inhibidora, y supuso que esas eran las armas del alijo.

—Este es el estado del juego —dijo Volyova—. Una imagen de la batalla en tiempo real. ¿No tienes celos de mis juguetes, Clavain?

—No tienes ni idea de lo importantes que son esas armas —dijo el servidor.

—¿Ah, no?

—Suponen la diferencia entre la extinción y la supervivencia de toda la especie humana. Nosotros también sabemos algo de los inhibidores, Ilia, y sabemos lo que pueden hacer. Lo hemos visto en mensajes del futuro; la raza humana al borde de la extinción, casi aniquilada por completo por las máquinas de los inhibidores. Nosotros los llamábamos los lobos, pero no cabe duda de que estamos hablando del mismo enemigo. Por eso no puedes derrochar aquí las armas.

—¿Derrocharlas? Yo no las estoy derrochando. —Parecía haber sufrido una ofensa mortal—. Las estoy utilizando de forma táctica para retrasar el proceso inhibidor y ganar un tiempo muy valioso para Resurgam.

La voz de Clavain se hizo más aguda.

—¿Cuántas armas has perdido desde que comenzaste la campaña?

—Ninguna, para ser precisos.

El servidor se arqueó sobre ella.

—Ilia…, escúchame con mucha atención. ¿Cuántas armas has perdido?

—¿Qué quieres decir con «perdido»? Tres armas funcionaron mal. Para que veas lo que es la ingeniería combinada, en tal caso. Otras dos fueron diseñadas para que se utilizaran solo una vez. Yo a eso no lo llamo «pérdidas», Clavain.

—¿Así que los disparos con los que han respondido los inhibidores no han destruido ningún arma?

—Dos armas han sufrido algunos daños.

—Quedaron destruidas por completo, ¿no es cierto?

—Sigo recibiendo telemetría de sus arneses. No sabré el alcance de los daños hasta que examine la escena de la batalla.

La imagen de Clavain se apartó de la cama. Se había puesto, si eso era posible, un poco más pálido que antes. Cerró los ojos y murmuró algo por lo bajo, algo que casi podría haber sido una plegaria.

—Para empezar tenías cuarenta armas. Ya has perdido nueve de ellas según mis cálculos. ¿Cuántas más, Ilia?

—Todas las que hagan falta.

—No puedes salvar Resurgam. Te estás enfrentando a fuerzas que están por encima de tu comprensión. Lo único que estás haciendo es desperdiciar armas. Tenemos que conservarlas hasta que podamos utilizarlas como debe ser, de una forma que de verdad suponga una diferencia. Esta es solo una avanzadilla de los lobos, pero habrá muchos más. Sin embargo, si podemos examinar las armas, quizá podamos hacer más como ellas, miles.

Volyova volvió a sonreír, Khouri estaba segura de haberla visto.

—Y todas esas bonitas palabras de hace un momento, Clavain, eso de que los fines no justifican los medios, ¿te has creído una sola palabra de eso?

—Todo lo que sé es que si desperdicias las armas, todos en Resurgam morirán de todos modos. La única diferencia es que morirán más tarde y sus muertes quedarán ocultas por las de millones más. Pero entrega ahora las armas y todavía habrá tiempo para marcar la diferencia.

—¿Y dejar que mueran doscientas mil personas para que millones puedan vivir en el futuro?

—Millones no, Ilia. Miles de millones.

—Por un momento me habías convencido, Clavain. Casi empezaba a creer que quizá fueras alguien con quien yo podría hacer un trato. —Sonrió, como si fuera la última vez que fuera a sonreír en su vida—. Me equivoqué, ¿no es cierto?

—No soy un mal hombre, Ilia. Solo soy alguien que sabe con toda exactitud lo que hay que hacer.

—Como tú has dicho, ese es siempre el tipo más peligroso.

—Por favor, no me subestimes. Me voy a llevar esas armas.

—Estás a semanas de aquí, Clavain. Para cuando llegues, estaré más que lista para ti.

La figura de Clavain no dijo nada. Khouri no tenía ni idea de qué debía leer en esa falta de respuesta, pero la inquietó mucho.

La nave se cernía sobre ella, apenas contenida por su prisión de andamios. Las luces internas del Ave de Tormenta estaban encendidas, y en la fila superior de las ventanas de la cubierta de vuelo Antoinette vio la silueta de Xavier inmersa en el trabajo. Tenía un compad en una mano y un puntero agarrado entre los dientes, y estaba encendiendo antiguos conmutadores de palanca que tenía por encima de su cabeza mientras tomaba sus típicas y diligentes notas. Todo un contable, pensó la joven.

Antoinette colocó con suavidad su exoesqueleto en posición vertical. De vez en cuando, Clavain permitía que la tripulación disfrutara de unas cuantas horas en condiciones de gravedad e inercia normales, pero este no era uno de esos períodos. El exoesqueleto le producía a Antoinette decenas de ampollas permanentes allí donde las almohadillas de apoyo y los sensores de movimiento háptico le tocaban la piel. De una forma perversa, casi estaba deseando llegar alrededor de Delta Pavonis para poder desembarazarse por fin de los esqueletos.

Le echó un buen vistazo al Ave de Tormenta. No la había visto desde aquella vez que se había ido y se había negado a entrar en lo que ya no le parecía su territorio. Tenía la sensación de que habían transcurrido meses, y parte de la ira, aunque no toda, había remitido.

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