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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—Desplegué ocho de las armas más allá del casco. Hubo un fallo. Pensé que era genuino, pero en realidad solo era una forma de sacarme de la nave.

Khouri bajó la voz. Era un gesto absurdo, ya no había nada que se le pudiera ocultar al capitán, pero no pudo evitarlo.

—¿Quería matarte?

—No —dijo Volyova siseando la respuesta—. Quería matarse él, no a mí. Pero yo tenía que estar allí para verlo. Tenía que ser su testigo.

—¿Por qué?

—Para entender sus remordimientos. Para entender que era algo deliberado y no un accidente.

Thorn se reunió con ellas. Él también se había quitado el casco y se lo había metido bajo el brazo en señal de respeto.

—Pero la nave sigue aquí. ¿Qué pasó, Ilia?

Una vez más aquella medio sonrisa cansada.

—Metí mi trasbordador en el haz. Pensé que eso podría detenerlo.

—Parece que así fue.

—No esperaba sobrevivir. Pero no apunté del todo bien.

El servidor se acercó a la cama. Despojado de la imagen de Clavain, sus movimientos parecieron de forma automática más mecánicos y amenazadores.

—Saben que te he inyectado medichinas en la cabeza —dijo, su voz ya no era humanoide—. Y ahora saben que lo sabes.

—Clavain…, el nivel beta, no tuvo elección —dijo Volyova antes de que cualquiera de los dos visitantes humanos pudieran hablar—. Sin las medichinas ya estaría muerta. ¿Me horrorizan? Sí, desde luego. Hasta lo más hondo de mi ser. Me atormenta el asco al pensar en ellas reptando por mi cráneo como un montón de arañas y serpientes. Al mismo tiempo acepto que son necesarias. Después de todo, son las herramientas con las que siempre he trabajado. Y soy muy consciente de que no pueden hacer milagros. Se han producido demasiados daños. No soy susceptible de ser reparada.

—Encontraremos una forma, Ilia —dijo Khouri—. Tus heridas no pueden ser…

El susurro de la voz de Volyova la interrumpió.

—Olvídame. Yo no importo. Ahora solo importan las armas. Son mis hijos, por muy rencorosos y malvados que sean, no pienso tolerar que caigan en manos equivocadas.

—Parece que empezamos a llegar al quid del asunto —dijo Thorn.

—Clavain, el verdadero Clavain, quiere las armas —dijo Volyova—. Según sus propios cálculos tiene los medios para quitárnoslas. —Luego alzó un poco la voz—. ¿No es eso, Clavain?

El servidor se inclinó.

—Preferiría negociar su entrega, Ilia, como sabes, sobre todo ahora que he invertido tiempo en tu bienestar. Pero no te equivoques. Mi contrapartida es capaz de una gran crueldad cuando la causa es justa. Cree que tiene la razón de su lado. Y los hombres que piensan que tienen la razón de su lado son siempre los más peligrosos.

—¿Por qué nos está diciendo eso? —dijo Khouri.

—Porque le conviene a él, a nosotros —dijo el servidor con afabilidad—. Preferiría convenceros de que entreguéis las armas sin luchar. Como mínimo evitaríamos el riesgo de dañar los puñeteros trastos.

—A mí no me parece un monstruo —dijo Khouri.

—No lo soy —respondió el servidor—. Y tampoco lo es mi contrapartida. Siempre elegirá el camino en el que menos sangre se derrame. Pero si se requiere algún derramamiento…, bueno, mi contrapartida no se va a retraer por una pequeña carnicería quirúrgica. Sobre todo ahora.

El servidor dijo lo último con tal énfasis que Thorn preguntó:

—¿Por qué no ahora?

—Por lo que ha tenido que hacer para llegar hasta aquí. —El servidor hizo una pausa, su cabeza abierta los examinó uno por uno—. Traicionó todo aquello en lo que había creído durante cuatrocientos años. Cosa que no se hizo a la ligera, se lo aseguro. Mintió a sus amigos y dejó atrás a sus seres queridos porque sabía que era la única forma de hacerlo. Y en los últimos tiempos ha tomado una terrible decisión. Destruyó algo que amaba mucho. Le produjo un dolor enorme. En ese sentido, no soy una copia fiel del verdadero Clavain. Mi personalidad se formó antes de ese terrible acto.

La voz de Volyova volvió a oírse muy ronca y al instante dominó la atención de todos.

—¿El verdadero Clavain no es como tú?

—Soy un esbozo hecho antes de que una oscuridad terrible invadiera su vida, Ilia. Solo puedo especular hasta qué punto nos diferenciamos. Pero no me gustaría andarme con tonterías con mi contrapartida en su actual estado de ánimo.

—Guerra psicológica —siseó ella.

—¿Disculpa?

—Por eso has venido, ¿no es cierto? No para ayudarnos a negociar un acuerdo sensato, sino para hacer que nos caguemos de miedo.

El servidor se inclinó de nuevo con algo de la misma modestia mecánica.

—Si quisiera lograr eso —dijo Clavain—, consideraría que he hecho bien mi trabajo. El camino que menos derramamiento de sangre provoque, ¿recuerdas?

—Si quieres derramamiento de sangre —dijo Ilia Volyova—, has acudido a la mujer adecuada.

Poco después Volyova cayó en un estado diferente de conciencia, algo quizá no muy lejos del sueño. Los monitores se relajaron, las ondas senoidales y los histogramas armónicos de Fourier reflejaban un cambio sísmico en la actividad neuronal principal. Sus visitantes la observaron en ese estado durante varios minutos, se preguntaban si estaba soñando o urdiendo algo, o si importaba siquiera esa distinción.

Las siguientes seis horas pasaron con rapidez. Thorn y Khouri regresaron al trasbordador en el que se había efectuado el traslado y consultaron con sus subordinados más inmediatos. Se alegraron de saber que no se había producido ninguna crisis mientras ellos visitaban a Volyova. Había habido algún estallido menor, pero en su mayor parte los dos mil pasajeros habían aceptado la tapadera de un problema con la compatibilidad atmosférica de las dos naves. Ahora se aseguró a los pasajeros que la dificultad técnica se había resuelto, en todo momento había sido un fallo de los sensores, y el desembarco podría comenzar del modo ordenado que ya se había acordado. Se había preparado una gran bodega de almacenaje a unos cientos de metros del estacionamiento, justo en la parte que giraba de la nave. Era una región que había resultado hasta cierto punto poco afectada por las transformaciones del capitán, y Khouri y Volyova habían trabajado mucho para disfrazar las partes más abiertamente inquietantes de la zona que la plaga había afectado.

La bodega de almacenaje era fría y húmeda, y aunque habían hecho todo lo posible por hacerla cómoda, todavía tenía ambiente de cripta. Se habían levantado particiones interiores para dividir el espacio en cámaras más pequeñas que todavía eran capaces de contener cien pasajeros, y esas cámaras se habían dividido a su vez con particiones para permitir que las unidades familiares tuvieran un poco de privacidad. Aquel almacén podía alojar a diez mil pasajeros, cuatro viajes más del trasbordador de traslado, pero para cuando llegara el sexto vuelo tendrían que empezar a dispersar a los pasajeros por el cuerpo principal de la nave. Y entonces, era inevitable que se dieran cuenta de la verdad: que los habían traído no solo a una nave que transportaba la temida plaga de fusión, sino a bordo de una que había sido subsumida y reformada por su propio capitán; que estaban, en todos los sentidos que importaban, dentro de ese mismo capitán.

Khouri esperaba que el pánico y el terror acompañaran ese momento de comprensión. Era muy probable que fuera necesario imponer un estado de emergencia marcial incluso más estricto que el que ahora operaba en Resurgam. Habría muertes, y era probable que tuviera que haber ejecuciones, solo para dejar las cosas claras.

Y, sin embargo, nada de eso importaría una mierda cuando se supiera la verdad: que Ilia Volyova, la odiada triunviro, seguía viva y había orquestado toda esta evacuación.

Solo entonces comenzarían los auténticos problemas.

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