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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Tanto el cielo como los edificios que se alzaban en la distancia se veían oscurecidos por la bruma y el humo de las hogueras. La plaza no parecía ser otra cosa que un espacio abierto alrededor de un pozo en el centro, y era el único lugar abierto de toda la ciudad. En ella desembocaban oscuras callejas delimitadas por muros lisos, formando abismos creados por la mano del hombre. Por encima de sus cabezas, muchos de los edificios con forma de bloque cruzaban las calles, convirtiéndolas en lóbregos túneles y, allí donde no existían, colgaba ropa puesta a secar en cuerdas sujetas de una a otra ventana. El pavimento de algunas calles era de adoquines, aunque la mayoría no era más que barro por el que corrían aguas fétidas.

Gente vestida con ropa gris muy holgada atestaba las estrechas calles. Todos caminaban descalzos por el barro, miraban con los brazos cruzados o estaban sentados formando corrillos en los portales. Mujeres que acarreaban cántaros de arcilla sobre la cabeza, ayudándose con una mano para mantener el equilibrio, se arrimaron a los muros para dejar pasar a los tres caballos. Iban y venían del pozo sumidas en un indiferente silencio, sin prestar atención ni a Richard ni a la hermana Verna.

Unos pocos ancianos se veían sentados en amplios portales o recostados contra los muros. Los hombres llevaban sombreros semejantes a sombreros de copa pero más bajos, sin ala, redondos y oscuros, con extrañas marcas de colores claros que parecían haber sido pintadas con los dedos. Muchos fumaban pipas de tubo muy delgado. Las conversaciones cesaban al paso de Richard y la hermana Verna, y todos observaban con fijeza el avance de los dos forasteros y sus tres caballos. Algunos se tironeaban despreocupadamente los largos pendientes que les colgaban de la oreja izquierda.

La hermana Verna abría la marcha por las callejuelas, internándose cada vez más en el laberinto de monótonos edificios. Cuando al fin llegaron a una calle más amplia, pavimentada con adoquines, se detuvo, se volvió hacia él y le advirtió en voz baja:

— Esta gente son majendie. Habitan una boscosa y vasta franja de tierra en forma de media luna. Tenemos que atravesar su país en toda su longitud hasta llegar a la punta de la media luna. Los majendie adoran a los espíritus. Los cráneos que vimos a la entrada de la ciudad son sacrificios humanos.

»Pese a que sostienen creencias estúpidas y censurables, nosotros no podemos cambiarlas. Tenemos que atravesar su país. Si no haces lo que te piden, nuestros cráneos irán a parar a la pirámide.

Richard se negó a darle la satisfacción de responderle ni de discutir con ella. Se limitó a quedarse sentado con las manos cruzadas sobre la perilla de la silla y observarla impasible hasta que, al fin, la Hermana le dio la espalda y reemprendió la marcha.

Después de pasar por debajo de un edificio que cruzaba la calle, entraron en una plaza abierta un tanto destartalada. Tal vez un millar de hombres deambulaban por ella o formaban corrillos. Al igual que los otros hombres que había visto, todos llevaban un largo pendiente, pero esta vez en la oreja derecha y no en la izquierda. Asimismo llevaban espadas cortas y fajas negras. Pero, a diferencia de los anteriores, no se cubrían la cabeza rapada.

Hacia el centro, aunque algo apartada, se alzaba una plataforma sobre la que había sentados en círculo un grupo de hombres con las piernas cruzadas mirando hacia adentro alrededor de un grueso poste. De allí provenía la inquietante melodía. Mujeres vestidas de negro se sentaban en círculo alrededor de los hombres, mirando hacia afuera.

De pie, con la espalda contra el poste, una mujer corpulenta ataviada con prendas negras que ondeaban, deslizó hacia arriba el dorso de la mano para asir un nudo en el extremo de una cuerda que colgaba de una campana. Mientras observaba cómo Richard y la hermana Verna entraban en la plaza, tañó la campana una sola vez. La Hermana se detuvo bruscamente al tiempo que el penetrante repique flotaba en el aire, haciendo enmudecer a los hombres y animando a los flautistas a tocar más rápido.

— Es un aviso dirigido a los espíritus de sus enemigos —le explicó la Hermana—. También es una llamada a los guerreros presentes; los hombres que llenan la plaza. Los espíritus ya han sido advertidos, y los guerreros congregados. Si la campana suena de nuevo, estamos muertos. —Richard no se inmutó—. Es un ritual de sacrificio para aplacar a los espíritus.

Algunos hombres se acercaron a ellos y se hicieron cargo de las riendas. Las mujeres de negro sentadas en círculo se pusieron de pie y empezaron a bailar y girar al ritmo de la inquietante música. Cuando la hermana Verna miró a Richard con deliberada fijeza, vio que tenía la espada presta para desenvainarla. La mujer suspiró y desmontó. Tuvo que carraspear airadamente para que Richard la imitara.

Verna se abrigó con su delgada capa mientras le hablaba sin perder de vista a las mujeres de negro que revoloteaban alrededor del poste y a la mujer del centro.

— El país de los majendie forma una media luna alrededor de un bosque pantanoso en el que viven sus enemigos. Son salvajes que jamás nos permitirían cruzar tan hostil entorno y mucho menos guiarnos. Incluso si lográramos evitarlos, nos perderíamos irremediablemente. La única manera de llegar al Palacio de los Profetas, que está situado más allá de la tierra de estos salvajes, es rodearlos por la media luna que pertenece a los majendie. Nuestro destino se halla entre los vértices de esa media luna, y más allá de los salvajes que ocupan el centro.

La Hermana le echó una rápida mirada para asegurarse de que al menos le prestaba atención antes de proseguir.

— Los majendie están en guerra permanente contra los salvajes que viven en el bosque pantanoso. Para que nos permitan atravesar su tierra, debemos demostrarles que somos aliados suyos y de sus espíritus, y que estamos en contra de su enemigo.

»Los cráneos que vimos pertenecen a enemigos que los majendie sacrificaron a sus espíritus. Para que nos dejen pasar, es preciso que los ayudemos en un sacrificio. Los majendie creen que todos los hombres llevan en su interior la semilla de la vida y un alma otorgada por los espíritus. Y, además de eso, para ellos, los poseedores del don tienen un vínculo especial y directo con los espíritus. Así pues, si un muchacho poseedor del don bendice un sacrificio, creen que lo santifica y que los espíritus derramarán su gracia sobre todos los majendie. Creen que ese sacrificio insufla vida, vida divina, a su pueblo.

»Cuando llevamos a los muchachos a palacio, los majendie nos exigen que el joven participe, pues creen que de este modo su espíritu se une con los de los majendie. Asimismo con esa ceremonia se aseguran de que sus enemigos odien a los magos, pues ayudan a los majendie, y que nunca cooperarán con ellos. De este modo los majendie creen que les niegan un canal divino al mundo de los espíritus.

Todos los hombres presentes en la plaza desenvainaron sus espadas cortas y las dejaron en el suelo, con la punta hacia la mujer situada en el centro. Luego se arrodillaron e inclinaron las relucientes calvas.

— La mujer que ha tañido la campana, la que está en el centro, es la Madre Reina, su líder. Posee un vínculo de unión con los espíritus femeninos y representa a los espíritus de fertilidad en este mundo. Es la encarnación del receptáculo de la semilla divina del mundo de los espíritus.

Las bailarinas de negro formaron en fila y echaron a andar hacia Richard y la Hermana, alejándose de la plataforma.

— La Madre Reina nos envía sus representantes, que te conducirán al lugar del sacrificio. —La hermana Verna alzó la vista hacia el joven y empezó a juguetear con una esquina de la capa—. Tenemos suerte, pues esto significa que ya poseen a una víctima. Si no la tuvieran, tendríamos que esperar semanas o incluso meses hasta que capturaran a un enemigo.

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