Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
- Автор: Кларк Артур Чарльз
- Год: 1979
- Язык: испанский
- Переводчик: Francisca Graelis Reynoso
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]». Краткое содержание книги:
Creía que Brant y Kumar se habían olvidado de él, cuando le sobresaltó un mensaje transmitido por el intercomunicador submarino.
— Ya subimos. Estaremos contigo dentro de veinte minutos. ¿Va todo bien?
— Perfectamente — contestó Loren—. ¿ Eso que acabo de ver era un pez de la Tierra?
— No me he fijado.
— Tío tiene razón, Brant: hace unos cinco minutos ha pasado una trucha mutante de veinte kilos. Tu arco de soldadura la ha asustado.
Habían dejado ya el lecho marino y estaban ascendiendo lentamente por la estilizada cadena del anda. A unos cinco metros de la superficie se detuvieron.
— Esta es la parte más pesada de cada inmersión — dijo Brant—. Tenemos que esperar quince minutos aquí. Canal dos, por favor… gracias… pero no tan alto…
La música para la descompresión probablemente había sido escogida por Kumar; su ritmo inquieto parecía bastante inapropiado para el pacífico escenario submarino. Loren se sentía enormemente feliz de no haberse sumergido, y estuvo encantado de apagar el aparato reproductor cuando los dos buceadores volvieron a ascender.
— Ha sido una mañana bien empleada — dijo Brant mientras subía a cubierta—. Voltaje y corriente normales. Ya podemos irnos a casa.
La inexperta ayuda de Loren para quitarles los equipos de inmersión fue recibida con gratitud. Ambos hombres estaban cansados y tenían frío, pero se reanimaron rápidamente tras tomar varias tazas del líquido caliente que los thalassanos llamaban « té », aunque se pareciera muy poco a cualquier bebida terrestre de este nombre.
Kumar puso en marcha el motor y partieron, mientras Brant rebuscaba entre el lío de aparatos que estaban en el fondo de la lancha hasta que encontró una caja pequeña de brillantes colores.
— No, gracias — dijo Loren cuando Brant le ofreció una de sus tabletas suavemente narcóticas—. No quiero adquirir ningún hábito local que no será fácil dejar.
Se arrepintió de su comentario apenas lo hubo dicho; posiblemente lo provocó algún impulso perverso del subconsciente… o quizá su sentimiento de culpa. Sin embargo, era obvio que Brant no había visto ningún significado oculto pues se tumbó, con las manos detrás de la cabeza, mirando el cielo sin nubes.
— A la luz del día puede verse la Magallanes — dijo Loren, impaciente por cambiar de tema—, si se sabe exactamente dónde hay que mirar. Aunque yo nunca lo he hecho.
— Mirissa sí, a menudo — intervino Kumar—. Ella me enseñó a hacerlo. Sólo hay que llamar a Astronet y pedir el tiempo de tránsito, y luego salir y tumbarse. Es como una estrella brillante, que está encima, y no parece moverse en absoluto. Pero si apartas la mirada por un segundo nada más, la pierdes de vista.
Inesperadamente, Kumar moderó la marcha, navegó a baja potencia durante unos minutos y luego detuvo la lancha. Loren miró a su alrededor para recoger sus cosas, pero le sorprendió ver que estaban al menos a un kilómetro de Tarna. Había otra boya balanceándose en el agua junto a ellos, con una gran letra P y una bandera roja.
—¿Por qué nos hemos parado? — preguntó Loren.
Kumar rió entre dientes y empezó a vaciar un pequeño cubo por la borda. Por fortuna, había estado sellado hasta entonces; el contenido parecía sangre, pero olía mucho peor. Loren se apartó lo más que pudo dentro de los estrechos límites de la lancha.
— Estoy llamando a una vieja amiga — dijo Brant en voz muy baja—. Quédate quieto… No hagas ningún ruido. Es muy nerviosa.
« ¿Ella? — pensó Loren—. ¿Qué sucede? »
No pasó nada durante al menos cinco minutos; Loren jamás habría creído que Kumar pudiera permanecer inmóvil tanto tiempo. Entonces notó que había aparecido una franja oscura y curvada, a pocos metros de la lancha, justo bajo la superficie del agua. La siguió con los ojos y vio que formaba un anillo que les rodeaba por completo.
También vio, casi al mismo tiempo, que Brant y Kumar no estaban mirando aquello, sino a él. « Así que tratan de darme una sorpresa — se dijo—; bien, ya veremos… »
Aun así, Loren necesitó toda su fuerza de voluntad para sofocar un grito de puro terror cuando emergió del mar lo que parecía ser un muro de brillante — no, putrefacta—carne rosada. Se alzó, chorreando, aproximadamente hasta la mitad de la altura de un hombre, y formó una barrera continua alrededor de ellos. Y, como horror final, su superficie superior estaba cubierta casi por completo de serpientes que se retorcían sin cesar, de vivos colores rojos y azules.
Una boca enorme y bordeada de tentáculos se había elevado desde las profundidades y estaba a punto de engullirles…
Sin embargo, estaba claro que no había ningún peligro; lo podía saber por las expresiones divertidas de sus compañeros.
—¡Por el amor de Dios! — ¡de Krakan! — ¿Qué es esto? — susurró, tratando de mantener un tono de voz calmado.
— Has reaccionado muy bien — dijo Brant con admiración—. Algunas personas se esconden en el fondo de la lancha. Es Polly, que viene de « pólipo ». La pequeña Polly. Un invertebrado colonial, miles de millones de células especializadas que cooperan entre sí. En la Tierra teníais animales muy similares, aunque no creo que fueran tan grandes.
— Estoy seguro de que no — se apresuró a responder Loren—. Espero que no os importe que os haga una pregunta: ¿Cómo saldremos de ésta?
Brant hizo un gesto a Kumar con la cabeza y éste puso en marcha los motores a máxima potencia. Con velocidad asombrosa, dado su tamaño, la pared viviente que les rodeaba se volvió a hundir en el mar, dejando tras de sí nada más que un leve oleaje aceitoso en la superficie.
— La vibración la ha asustado — le explicó Brant—. Mira por el cristaclass="underline" ahora podrás ver todo el animal.
Debajo, algo parecido a un tronco de diez metros de grosor retrocedía hacia el lecho marino. Loren comprendió que las « serpientes » que había visto retorcerse en la superficie eran finos tentáculos; de nuevo en su elemento normal, ondeaban libremente buscando en las aguas algo o alguien a quien devorar.
—¡Qué monstruo! — dijo jadeando, sintiéndose relajado por primera vez en muchos minutos. Un cálido sentimiento de orgullo, incluso de euforia, le embargó. Sabía que había superado otra prueba; se había ganado la aprobación de Kumar y Brant, y la aceptó con gratitud.
—¿Esa cosa no es… peligrosa? — preguntó.
— Por supuesto que sí; por eso tenemos la boya de aviso.
— Francamente, yo estaría tentado de matarla.
—¿Por qué? —preguntó Brant, sinceramente sorprendido—. ¿Qué daño nos hace?
— Bueno… seguramente, una criatura de ese tamaño debe de capturar un enorme número de peces.
— Sí, pero sólo thalassanos, no peces que nosotros podamos comer. Y hay otra cosa interesante acerca de ella. Durante mucho tiempo nos preguntamos cómo podía persuadir a los peces, incluso a los más estúpidos, de que cayeran en sus garras. Finalmente descubrimos que segrega un señuelo químico, y eso es lo que nos hizo pensar en las trampas eléctricas. Lo que me recuerda…
Brant cogió el comunicador.
— Tarna Tres llamando a Tarna Autorregistro: aquí Brant. Hemos colocado la red. Todo funciona con normalidad. No es necesario confirmación. Fin del mensaje.
Sin embargo, para sorpresa de todos, una voz conocida respondió inmediatamente: