Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
- Автор: Кларк Артур Чарльз
- Год: 1979
- Язык: испанский
- Переводчик: Francisca Graelis Reynoso
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]». Краткое содержание книги:
— Hola Brant, doctor Lorenson. Me satisface oír eso. Y tengo noticias interesantes para ti. ¿Quieres oírlas?
— Por supuesto, alcaldesa — contestó Brant, tras intercambiar con Loren una mirada de mutuo regocijo—.Continúe.
Los Archivos centrales han hallado algo sorprendente. Todo esto ya había sucedido antes. Hace doscientos cincuenta años se intentó construir un arrecife desde la Isla Norte con electroprecipitación (una técnica que había dado buenos resultados en la Tierra). Pero al cabo de unas semanas, los cables submarinos fueron rotos, y algunos de ellos robados. El asunto nunca se investigó porque el experimento, de todos modos, fue un total fracaso. No hay bastantes minerales en el agua que justifiquen la inversión. Así que ya ves: no puedes echarles la culpa a los Ecologistas. Esos días no estaban por aquí.
El rostro de Brant tenía tal expresión de asombro que Loren estalló en carcajadas.
—¡Y tú tratabas de sorprenderme a mí! —dijo—. Bueno, desde luego han demostrado que en el mar hay cosas que yo nunca hubiera imaginado.
— Pero ahora parece que también hay algunas cosas que tú jamás habrías imaginado.
20. Idilio
Los habitantes de Tarna lo encontraban muy divertido y fingían no creerle.
— Primero no habías ido nunca en barca, ¡y ahora dices que no sabes montar en bicicleta!
— Deberías sentirte avergonzado — le reprendió Mirissa, guiñando el ojo—. Es el medio de transporte más eficaz que se ha inventado jamás… ¡y nunca lo has probado!
— En las naves no es de mucha utilidad, y en las ciudades es demasiado peligroso — replicó Loren—. De todas maneras, ¿qué hay que aprender?
Pronto descubrió que había bastante; montar en bicicleta no era tan fácil como parecía. Aunque se precisaba auténtico talento para caerse de aquellas bicicletas con ruedas pequeñas y bajo centro de gravedad (lo consiguió varias veces) sus intentos iniciales fueron frustrantes. No habría insistido si Mirissa no le hubiera asegurado que era la mejor forma de conocer bien la isla… y él confiaba que también sería la mejor forma de conocer bien a Mirissa.
Tras unas cuantas caídas más, comprendió que el truco consistía en no pensar en el problema y dejar el asunto en manos de los reflejos del cuerpo. Esto era lo más lógico; si uno tuviera que pensar en cada paso que daba, sería imposible caminar. Aunque intelectualmente Loren aceptaba esto, pasó algún tiempo hasta que pudo confiar en su instinto. Una vez superada esa barrera, el progreso fue rápido. Y, por fin, como esperaba, Mirissa se ofreció a mostrarle los rincones más remotos de la isla.
Habría sido sencillo creer que eran las dos únicas personas del mundo, pero no podían estar a más de cinco kilómetros del pueblo. Es cierto que habían recorrido una mayor distancia, pero la estrecha pista para bicicletas había sido diseñada para tomar la ruta más pintoresca, que resultaba ser también la más larga. Aunque Loren podía situarse en un instante con el localizador de su comunicador, eso no le preocupaba. Era divertido simular que se habían perdido.
Mirissa habría sido más feliz si él hubiera dejado en casa el comunicador.
—¿Por qué tienes que llevar esa cosa? — le había dicho, señalando la banda tachonada de controles de su antebrazo izquierdo—. A veces es bonito alejarse de la gente.
— Estoy de acuerdo, pero las normas de la nave son muy estrictas. Si el capitán Bey me necesitara con urgencia y yo no contestara…
— Bueno… ¿qué haría? ¿Te pondría grilletes?
— Preferiría eso antes que el sermón que sin duda me ganaría. De todos modos, he puesto el programa utilizado en períodos de sueño. Si el comunicador de la nave no hace caso de eso, es que se trata de una auténtica emergencia… y en tal caso sí quiero estar en contacto.
Como casi todos los terrícolas a lo largo de mil años, Loren habría sido más feliz sin su ropa que sin su comunicador. La historia de la Tierra estaba repleta de historias de terror acerca de individuos descuidados e irresponsables que habían muerto, a menudo a pocos metros de la salvación, porque no pudieron alcanzar el botón rojo de EMERGENCIA.
La pista para bicicletas estaba evidentemente diseñada atendiendo a criterios de economía, no de densidad de tráfico. Tenía menos de un metro de ancho, y al principio, al inexperto Loren le parecía que iba sobre una cuerda floja. Tenía que concentrarse en la espalda de Mirissa (lo que no era nada desagradable) para no caerse. Sin embargo, después de los primeros kilómetros, ganó confianza y pudo disfrutar de las demás vistas. Si se encontraban con alguien que venía en dirección contraria, tenían que desmontar todos; pensar en una colisión a cincuenta klicks o más era algo horrible. El camino de vuelta a casa sería largo, con las bicicletas destrozadas al hombro…
La mayor parte del tiempo pedalearon en absoluto silencio, roto solamente cuando Mirissa le señalaba algún árbol insólito o algún punto de belleza excepcional. El silencio era algo que Loren no había experimentado en toda su vida; en la Tierra, siempre había estado rodeado de ruidos, y la vida en la nave era una sinfonía de tranquilizadores ruidos mecánicos, con ocasionales alarmas que detenían los latidos del corazón.
Aquí, los árboles les rodeaban con una sábana invisible e insonorizada, de forma que el silencio parecía absorber cada palabra apenas era pronunciada. Al principio, la tremenda novedad de la sensación la hizo atractiva, pero ahora Loren empezaba a añorar algo que llenase el vacío acústico. Incluso estuvo tentado de hacer sonar un poco de música de fondo de su comunicador, pero sabía que Mirissa no lo aprobaría.
Por lo tanto, fue una gran sorpresa para él oír los sones de una danza thalassana (ahora ya bien conocida) procedente de los árboles que tenían enfrente. Como la estrecha pista rara vez dibujaba una línea recta en más de doscientos o trescientos metros, no pudo ver de dónde venía la música hasta que dieron la vuelta a una curva cerrada y se encontraron frente a un melodioso monstruo mecánico que ocupaba toda la superficie del camino y avanzaba despacio hacia ellos. Se parecía bastante a un robot tractor. Al desmontar para dejarle pasar, Loren vio que era un reparador automático de carreteras. Ya había notado algunos parches poco disimulados e incluso baches y se había estado preguntando cuándo el Departamento de Obras Públicas de la Isla Sur se animaría a arreglarlos.
—¿Por qué lleva música? — preguntó—. No tiene el aspecto de ser una máquina que pueda apreciarla.
Apenas hubo hecho esta pequeña broma, el robot se volvió hacia él con severidad:
— Por favor, no vaya por la superficie de la carretera a cien metros de mí porque aún se está endureciendo. Por favor, no vaya por la superficie de la carretera a cien metros de mí porque aún se está endureciendo. Gracias.
Mirissa rió al ver su expresión sorprendida.
— Tienes razón, desde luego: no es muy inteligente. La música es para avisar al tráfico que se aproxima.
—¿No sería más eficaz alguna especie de sirena?
— Sí, pero sería… ¡poco amistoso!
Apartaron las bicicletas del camino y esperaron a que la hilera de tanques articulados, unidades de control y mecanismos de pavimentación pasaran lentamente de largo. Loren no pudo resistir la tentación de tocar la superficie recién pavimentada; estaba caliente y cedía un poco, y parecía mojada pese a estar totalmente seca. Sin embargo, a los pocos segundos se volvió dura como una roca; Loren notó la leve impresión que había dejado su dedo y pensó con ironía: « He dejado mi marca en Thalassa… hasta que el robot vuelva a pasar por aquí. »
Ahora, la pista subía hacia las colinas y Loren notó que unos músculos poco conocidos en las pantorrillas y los muslos empezaban a reclamar su atención. Un poco de potencia auxiliar habría sido bien recibida, pero Mirissa había desdeñado los modelos eléctricos por demasiado cómodos. Ella no había reducido su velocidad en lo más mínimo, así que a Loren no le quedaba otra alternativa que respirar profundamente y mantener el ritmo.