Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
- Автор: Кларк Артур Чарльз
- Год: 1979
- Язык: испанский
- Переводчик: Francisca Graelis Reynoso
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]». Краткое содержание книги:
La llegada de los visitantes, naturalmente, había sido el suceso más emocionante de su vida. Le fascinaban sus equipos, las grabaciones de sonido, visuales y sensoriales que habían traído, las historias que contaban… todo. Y ya que veía más a Loren que a cualquier otro, no era nada sorprendente que Kumar se uniera a él y esto no era algo por lo que Loren se sintiera muy satisfecho. Si había algo peor que un compañero molesto era el típico aguafiestas: un hermano pequeño inseparable.
19. La pequeña Polly
— Aún no puedo creerlo, Loren — dijo Brant Falconer—. ¿Nunca has estado en una lancha… o en un barco?
— Creo recordar haber remado en un pequeño estanque, a bordo de una lancha neumática. Eso debió de ser cuando yo tenía unos cinco años.
— Entonces, esto te gustará. No hay ni una ola que te revuelva el estómago. Tal vez podamos convencerte para que bucees con nosotros.
— No, gracias; no quiero vivir más de una experiencia a la vez. Y he aprendido a no entrometerme jamás cuando otros hombres tienen trabajo que hacer.
Brant tenía razón; empezaba a pasárselo bien cuando los hidropropulsores, casi en silencio, llevaron el pequeño trimarán hacia el arrecife. Sin embargo, poco después de subir a bordo y ver cómo retrocedía la firme seguridad de la costa, había vivido un momento de cierto pánico.
Sólo su sentido del ridículo le había salvado de dar un espectáculo. Había recorrido cincuenta años luz, el viaje más largo jamás efectuado por seres humanos, hasta alcanzar este sitio. Y ahora le preocupaban los pocos centenares de metros que le separaban de tierra.
Pero no había modo de rehusar el desafío. Mientras estaba cómodamente en popa, observando a Falconer, que iba al timón (¿cómo se había hecho aquella cicatriz blanca que le cruzaba la espalda…? Ah, sí, había mencionado algo sobre un accidente en un microvolador, hacía años…), se preguntó qué pasaba por la mente del thalassano.
Era difícil de creer que cualquier sociedad humana, aun la más ilustrada y liberal, pudiera carecer por completo de celos o de cualquier otra forma de sentido de la posesión sexual. Tampoco era que Brant (hasta entonces, ¡ay!) tuviera muchos motivos para sentirse celoso.
Loren dudaba si había hablado cien palabras con Mirissa; la mayor parte había sido en compañía de su esposo. Corrección: en Thalassa, los términos « esposo » y « esposa » no se usaban hasta el nacimiento del primer hijo. Cuando se escogía un niño, la madre solía adoptar, aunque no siempre, el apellido del padre. Si el primogénito era una niña, ambas mantenían el apellido de la madre, al menos hasta el nacimiento del segundo, y último, hijo.
Había muy pocas cosas que asombraran a los thalassanos. La crueldad, especialmente con los niños, era una de ellas. Y tener un tercer embarazo, en un mundo de sólo veinte mil kilómetros cuadrados de superficie habitable, era otra.
La mortalidad infantil era tan baja que los partos múltiples bastaban para mantener una población estable. Había habido un caso famoso, el único en toda la historia de Thalassa, en el que una familia había sido bendecida, o castigada, con dobles quintillizos. Aunque no se le podía echar la culpa a la pobre madre, su recuerdo estaba rodeado de aquella aureola de deliciosa depravación que una vez ostentaron Lucrecia Borgia, Messalina o Faustine.
« Tendré que jugar mis cartas con mucho, mucho cuidado », se dijo Loren. Que Mirissa le encontraba atractivo, ya lo sabía. Podía leerlo en su expresión y en el tono de su voz. Y tenía pruebas aún más claras en contactos accidentales de las manos y suaves choques de los cuerpos que se habían prolongado más de lo estrictamente necesario.
Ambos sabían que era sólo cuestión de tiempo. Y Loren estaba totalmente seguro de que Brant pensaba lo mismo. Sin embargo, a pesar de la mutua tensión, seguían siendo bastante amigos.
El impulso de los propulsores cesó y la lancha se dejó llevar por la corriente hasta detenerse cerca de una gran boya de vidrio que oscilaba suavemente sobre el agua.
— Eso es nuestro suministro de energía — explicó Brant—. Sólo necesitamos algunos cientos de vatios, así que nos las arreglamos con células solares. Es una ventaja de los mares de agua dulce. En la Tierra no sería posible, porque vuestros océanos eran demasiado salados: habrían engullido muchísimos kilovatios.
—¿Seguro que no has cambiado de opinión, tío? — sonrió Kumar burlonamente.
Loren negó con la cabeza. Aunque al principio le había desconcertado, ya se había acostumbrado al saludo común utilizado por los thalassanos más jóvenes. En realidad, resultaba bastante agradable adquirir de repente docenas de sobrinas y sobrinos.
— No, gracias. Me quedaré aquí y miraré por la ventana submarina por si acaso se os comen los tiburones.
—¡Tiburones! — exclamó Kumar con aire pensativo—. Animales maravillosos, maravillosos… Ojalá tuviéramos algunos aquí. Bucear resultaría mucho más emocionante.
Loren observó con el interés de un técnico cómo Brant y Kumar se colocaban los equipos. Comparado con lo que había que llevar en el espacio eran bastante simples, y el tanque de presión era un objeto diminuto que cabía perfectamente en la palma de la mano.
— Jamás habría pensado que este tanque de oxigeno pudiese durar más de un par de minutos — dijo.
Brant y Kumar le miraron con reproche.
—¿Oxígeno? — resopló Brant—. Es un veneno mortal por debajo de los veinte metros. Esta botella contiene aire y sólo es el suministro de emergencia, utilizable durante quince minutos.
Señaló la estructura de la parte trasera en forma de branquias que Kumar ya llevaba puesta.
— Todo el oxígeno que se necesita está disuelto en agua de mar, si puede extraerse. Pero eso requiere energía, de modo que hay que tener una célula de energía que haga funcionar las bombas y los filtros. Podría pasarme una semana allá abajo con este equipo si quisiera.
Dio unos leves golpes en la pantalla verde fluorescente del ordenador que llevaba en la muñeca izquierda.
— Esto me da toda la información que necesito: profundidad, estado de la célula de energía, tiempo para salida a la superficie, paradas para descompresión…
Loren se arriesgó a hacer otra pregunta estúpida.
—¿Por qué tú llevas una máscara facial y Kumar no?
— Sí que la llevo — sonrió Kumar—. Mira con atención.
— Oh… claro. Muy ingenioso.
— Pero molesto — dijo Brant—, a menos que, prácticamente vivas bajo el agua, como Kumar. Probé las lentillas en una ocasión, y encontré que me dañaban los ojos. De modo que sigo con la máscara de toda la vida: da muchos menos problemas. ¿Listo?
— Listo, jefe.
Simultáneamente se dejaron caer por babor y estribor, con tanta sincronización que la lancha apenas se balanceó. A través del grueso panel de cristal situado en la quilla, Loren vio cómo se deslizaban sin esfuerzo hacia el arrecife. Sabía que eran más de veinte metros de profundidad, pero parecía mucho más cerca.
Los dos buceadores, que ya habían lanzado antes las herramientas y los cables, se pusieron rápidamente a trabajar en la reparación de las redes rotas. De vez en cuando intercambiaban crípticos monosílabos, pero la mayor parte del tiempo trabajaban en completo silencio. Cada uno conocía su tarea, y a su compañero, tan bien que no era preciso hablar.
A Loren le pasó el tiempo muy deprisa; le parecía estar observando un mundo nuevo, y así era en realidad. Aunque había visto innumerables grabaciones de vídeo hechas en los océanos de la Tierra, casi toda la vida que se movía debajo de él ahora le era totalmente desconocida. Había discos giratorios y gelatinas palpitantes, ondeantes alfombras y espirales… pero hay pocas criaturas que, por mucho que se ejercitase la imaginación, pudieran llamarse peces. Sólo en una ocasión, cerca del borde de su campo de visión, pudo atisbar un torpedo que se movía velozmente, al que estaba casi seguro de haber reconocido. Si estaba en lo cierto, aquel pez también era un exiliado de la Tierra.