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Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]

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Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
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¿Qué era aquel débil fragor que se oía enfrente? ¡Seguro que nadie hacía pruebas con cohetes en el interior de la Isla Sur! El sonido creció paulatinamente a medida que pedaleaban; Loren lo identificó poco antes de que su procedencia quedase a la vista.

Según los patrones terrestres, la catarata no era muy impresionante: quizá cien metros de altura y veinte de anchura. Un pequeño puente de metal, que las gotas pulverizadas hacían brillar, se extendía sobre el estanque de bullente espuma en el que terminaba.

Para alivio de Loren, Mirissa desmontó y le miró con cierta malicia.

—¿Notas algo… peculiar? — preguntó, abarcando con un gesto todo el paisaje.

—¿En qué sentido? — preguntó a su vez Loren, en busca de pistas. Todo lo que veía era un paisaje continuo de árboles y vegetación, con el camino que serpenteaba a través de él y se alejaba al otro lado de la catarata.

— Los árboles. ¡Los árboles!

—¿Qué pasa con ellos? No soy… botánico.

— Ni yo tampoco, pero tendría que ser algo evidente. Míralos, nada más.

Miró, confundido. Y al poco lo entendió, porque un árbol es una pieza de ingeniería natural.. — y él era ingeniero.

Había sido un diseñador distinto el que había creado el paisaje al otro lado de la catarata. Aunque no podía decir cómo se llamaba ninguno de los árboles entre los que se encontraba, le resultaban vagamente familiares y estaba seguro de que procedían de la Tierra… Sí, aquello era un roble, y en algún lugar, hacía mucho tiempo, había visto las hermosas flores amarillas de aquellos arbustos.

Al otro lado del puente, era un mundo diferente. Los árboles (¿eran realmente árboles?) parecían imperfectos e inacabados. Algunos tenían troncos cortos, en forma de barril, de los que partían unas pocas ramas espinosas; otros parecían enormes helechos; otros se asemejaban a dedos gigantescos y esqueléticos, con aureolas cerdosas en las junturas. Y no había flores…

— Ahora lo entiendo. Es la vegetación de Thalassa.

— Sí. Salieron de los mares hace unos millones de años. Lo llamamos La Gran División. Pero se parece más a un frente entre dos ejércitos, y nadie sabe qué lado ganará. ¡Tampoco sabemos si podemos evitarlo! La vegetación de la Tierra es más avanzada; pero la nativa está mejor adaptada a la máquina. De vez en cuando, un lado invade el otro… y entramos con excavadoras antes de que logre asentarse.

« ¡Qué extraño — pensó Loren mientras empujaban las bicicletas a través del frágil puente—. Por primera vez desde que aterricé en Thalassa, siento que realmente estoy en otro planeta… »

Aquellos desmañados árboles y aquellos lindos helechos podrían haber sido la materia prima de los yacimientos de carbón que alimentaron la Revolución Industrial… apenas a tiempo de salvar la raza humana. Le era fácil creer que un dinosaurio podía atacarles en cualquier momento, surgiendo de la maleza; entonces recordó que los terribles lagartos estaban todavía a cien millones de años en el futuro cuando aquellas plantas habían florecido sobre la Tierra…

Apenas volvieron a montar, Loren exclamó:

—¡Krakan y condenación!

—¿Qué pasa?

Loren se desplomó, sobre lo que, providencialmente, parecía una espesa capa de nervudo musgo.

— Un calambre — murmuró entre dientes, agarrando los tensos músculos de sus muslo.

— Permíteme — dijo Mirissa con voz preocupada pero confiada.

Bajo sus cuidados agradables, aunque poco profesionales, los espasmos cesaron lentamente.

— Gracias — dijo Loren pasado un rato. Ahora estoy mucho mejor. Pero, por favor, no te detengas.

—¿Creías que iba a hacerlo? — susurró ella.

Y entonces, entre dos mundos, se convirtieron en uno solo.

IV. KRAKAN

21. Academia

El número de miembros de la Academia de la Ciencia de Thalassa estaba estrictamente limitado al bonito número binario de 100000000; o, para aquellos que prefieran contar los dedos, 256. La Oficial Científico de la Magallanes estaba de acuerdo con aquella exclusividad; mantenía los niveles. Y la academia se tomaba muy en serio sus responsabilidades; el presidente le había confesado que, en aquel momento, había sólo 241 miembros, ya que había resultado imposible cubrir todas las vacantes con personal cualificado.

De aquellos 241, no menos de 105 estaban presentes físicamente en el auditorio de la academia, y 116 estaban en contacto a través de sus comunicadores. Era un récord de asistencia, y la doctora Anne Varley se sintió halagada en extremo… aunque no pudo reprimir una fugaz curiosidad por los 20 que faltaban.

También se sintió ligeramente incómoda al ser presentada como uno de los más importantes astrónomos de la Tierra, aunque, por desgracia, había sido una gran verdad en las fechas de la partida de la Magallanes. El Tiempo y el Azar le habían dado esta única posibilidad de supervivencia a la última directora del (último) Observatorio Lunar Shklovskiy. Sabía que era sólo competente si se la juzgaba según el baremo de gigantes tales como Ackerley, Chadrasekhar o Herschel; aunque menos si se la comparaba con Galileo, Copérnico o Ptolomeo.

— Aquí está —comenzó—. Estoy segura de que todos ustedes han visto este mapa de Sagan Dos: la mejor reconstrucción posible con sondas y radio—homologramas. Es poco detallado, desde luego (diez kilómetros en el mejor de los casos), pero suficiente para darnos los datos básicos.

« Su diámetro es de quince mil kilómetros, un poco mayor que la Tierra. Una atmósfera densa, compuesta casi por completo de nitrógeno. Y nada de oxígeno… afortunadamente.

Aquel « afortunadamente » servía siempre para llamar la atención; hacía que el público se irguiese de un brinco.

— Comprendo su sorpresa; la mayoría de seres humanos tienen un prejuicio en favor de la respiración. Sin embargo, en las décadas anteriores al éxodo, sucedieron muchas cosas que cambiaron nuestra visión del universo.

« La ausencia de otras criaturas vivas (en el pasado o en el presente) en el Sistema Solar, y el fracaso de los programas SETI a pesar de dieciséis siglos de esfuerzo, convencieron prácticamente a todos de que la vida debe de ser muy rara en otras partes del Universo y, por tanto, muy valiosa.

« De ello se dedujo que todas las formas de vida merecían respeto y debían ser apreciadas. Algunos argumentaron que hasta los patógenos virulentos y los vectores causantes de enfermedades no tenían que ser exterminados, sino preservados bajo estricta protección. « Reverenciar la vida » fue una frase muy popular en los Últimos Días… y pocos la aplicaban exclusivamente a la vida humana.

« Una vez aceptado el principio de no interferencia biológica, siguieron ciertas consecuencias prácticas. Se había acordado mucho tiempo antes que no debíamos intentar ningún asentamiento en un planeta con formas de vida inteligentes; la raza humana tenía un mal recuerdo de su mundo de origen. Por fortuna (¡o por desgracia!) esta situación nunca se dio.

« Pero la discusión fue más lejos. Supongamos que encontráramos un planeta en el que la vida animal acabara de empezar. ¿Deberíamos mantenernos al margen y dejar que la evolución siguiera su curso, en espera de que surgiera la inteligencia al cabo de megaaños?

« Yendo aún más lejos: ¿y si sólo hubiera vida vegetal? ¿O solamente microbios unicelulares?

« Puede parecerles sorprendente que, cuando estaba en juego la existencia misma de la raza humana, los hombres se preocupasen por debatir cuestiones morales y filosóficas tan abstractas. Pero la Muerte concentra la mente en las cosas que realmente importan: ¿por qué estamos aquí? ¿Qué deberíamos hacer?

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