Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
- Автор: Кларк Артур Чарльз
- Год: 1979
- Язык: испанский
- Переводчик: Francisca Graelis Reynoso
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]». Краткое содержание книги:
15. Terra Nova
Este recordativo de la Tierra era un nombre desafortunado para el asentamiento, y nadie se hizo responsable. Sin embargo, era algo más atractivo que « campamento base » y fue aceptado rápidamente.
El complejo de viviendas prefabricadas se había desplegado con asombrosa velocidad: prácticamente en una noche. Era la primera demostración ante Tarna de los habitantes de la Tierra (o mejor de los robots de la Tierra en acción, y todos quedaron enormemente impresionados. Incluso Brant, que siempre había pensado que los robots causaban más problemas de lo que valía la pena, salvo para realizar trabajos peligrosos y monótonos, empezó a reconsiderar la cuestión. Había un elegante constructor móvil no especializado que operaba con una rapidez tan cegadora que, a menudo, era imposible seguir sus movimientos. Fuera donde fuese, le seguía una multitud admirada de pequeños thalassanos. Cuando se cruzaban en su camino, dejaba educadamente lo que estaba haciendo hasta que el camino estaba despejado. Brant decidió que ésa era exactamente la clase de ayudante que necesitaba; quizás hubiera algún modo de poder persuadir a los visitantes…
Al cabo de una semana, Terra Nova era un microcosmos en pleno funcionamiento de la gran nave que orbitaba más allá de la atmósfera. Había alojamiento sencillo pero confortable para cien miembros de la tripulación, con todos los sistemas de habitabilidad que necesitaban, así como biblioteca, gimnasio, piscina y teatro. Los thalassanos estuvieron conformes con estas comodidades, y se apresuraron a utilizarlas. Como resultado, la población de Terra Nova era, por lo general, el doble del supuesto centenar.
La mayoría de los que iban allí, invitados o no, estaban deseosos de ayudar y decididos a hacer la estancia de sus visitantes lo más confortable posible. Tanta cordialidad, aunque muy bien recibida y agradecida, solía resultar incómoda. Los thalassanos eran increíblemente preguntones, y la idea de intimidad les era casi desconocida. Un cartel de « Se Ruega No Molestar » solía considerarse como un desafío personal, que conducía a interesantes complicaciones…
— Todos ustedes son oficiales y adultos de gran inteligencia — había dicho el capitán Bey en la última reunión de la tripulación en la nave—, así que no debería ser necesario decirles esto. Traten de no acabar metidos en, eh, líos hasta que sepamos exactamente qué piensan los thalassanos sobre esos temas. Parecen muy cordiales, pero eso podría ser engañoso. ¿No está de acuerdo, señor Kaldor?
— Capitán, no puedo pretender ser una autoridad en costumbres thalassanas tras un período de estudio tan corto. Sin embargo, existen algunos paralelismos históricos muy interesante, cuando los viejos barcos de la Tierra llegaban a puerto tras largos viajes por mar. Espero que muchos de ustedes hayan visto aquella clásica reliquia en vídeo, Rebelión a bordo.
— Confío, doctor Kaldor, que no me está comparando con el capitán Cook… quiero decir Bligh.
— No sería ningún insulto; el auténtico Bligh fue un marino brillante y difamado de manera muy injusta. En estos momentos, todo lo que necesitamos es sentido común, buena educación… y, como ha indicado usted antes, prudencia.
Loren se preguntó si Kaldor había mirado hacia él al hacer aquella puntualización. Seguro que no era aun algo tan obvio…
Después de todo, sus deberes oficiales le ponían en contacto con Brant Falconer una docena de veces al día. No había manera de que pudiera evitar encontrarse con Mirissa… aunque quisiera.
Nunca habían estado aún a solas, y apenas habían intercambiado unas pocas palabras de conversación formal. Pero no era necesario decir nada más.
16. Juego entre amigos
— Esto es un bebé —dijo Mirissa—y, a pesar de las apariencias, un día crecerá hasta convertirse en un ser humano absolutamente normal.
Ella sonreía, aunque sus ojos estaban húmedos. Hasta que notó la fascinación de Loren, nunca se le había ocurrido que, probablemente, había más niños en la pequeña ciudad de Tarna que en todo el planeta Tierra durante las décadas finales de tasa de nacimientos casi cero.
—¿Esto es… tuyo? — preguntó él en voz baja.
— Bueno, en primer lugar no es « esto »; es « este ». El sobrino de Brant, Lester… Cuidamos de él mientras sus padres están en la Isla Norte.
— Es precioso. ¿Puedo cogerlo?
Como si lo estuviese esperando, Lester empezó a llorar.
— No sería una buena idea — rió Mirissa; rápidamente lo volvió a coger y se dirigió al cuarto de baño más próximo—. Conozco los signos. Di a Brant o a Kumar que te muestren la casa mientras esperamos a los demás invitados.
A los thalassanos les encantaban las fiestas y no desperdiciaban ninguna oportunidad de organizar alguna. La llegada de la Magallanes fue, literalmente, la ocasión de su vida… de muchas vidas, en realidad. De haber cometido la imprudencia de aceptar todas las invitaciones que recibían, los visitantes se habrían pasado todas las horas del día haciendo eses, yendo de una recepción oficial, o no oficial, a otra. Por fin, el capitán había hecho pública una de sus poco frecuentes pero implacables órdenes (« los rayos de Bey », o simplemente « Rayos—B », como se les llamaba irónicamente), racionando a sus oficiales con un máximo de una fiesta cada cinco días. Hubo algunos que pensaron que, dado el tiempo que solía costar recuperarse de la hospitalidad thalassana, era demasiado generoso.
La residencia Leonidas, ocupada entonces por Mirissa, Kumar y Brant, era un edificio grande, en forma de anillo, que había sido el hogar de la familia durante seis generaciones. Era una planta baja (había pocos edificios con pisos en Tarna) e incluía un patio de treinta metros de ancho cubierto de césped. En el centro había un pequeño estanque con una isla diminuta, a la que se podía acceder por un pintoresco puente de madera. En la isla había una solitaria palmera que no parecía gozar de muy buena salud.
— Tienen que remplazarla constantemente — dijo Brant a modo de disculpa—. Algunas plantas terrestres se aclimatan muy bien; otras se marchitan a pesar de todos los abonos químicos que les damos. Hemos tenido los mismos problemas con los peces que hemos tratado de adaptar. Las granjas piscícolas funcionan perfectamente, por supuesto, pero no tenemos sitio para ellas. Es frustrante pensar que aquí hay una extensión oceánica un millón de veces mayor, pero que no podemos aprovecharla.
Personalmente, Loren pensaba que Brant Falconer era algo aburrido cuando empezaba a hablar del mar. Sin embargo, tenía que admitir que era un tema de conversación más cómodo que Mirissa, que había conseguido librarse de Lester y saludaba a los nuevos invitados que iban llegando.
« ¿Cómo es posible que me encuentre en una situación como ésta? », se preguntó Loren. Ya había estado enamorado antes, pero los recuerdos (incluso los nombres) habían sido piadosamente enturbiados por los programas de borrado a los que todos habían sido sometidos antes de dejar el Sistema Solar. Ni siquiera trataría de recuperarlos; ¿por qué atormentarse con imágenes de un pasado que había sido totalmente destruido?
Incluso el rostro de Kitani era ya borroso, pese a que la había visto en el hibernáculo hacía sólo una semana. Ella era parte de un futuro que había planeado, pero que nunca podrían compartir: Mirissa estaba aquí y ahora… llena de vida y alegría, no congelada en un sueño de cinco siglos. Ella le había hecho sentirse completo una vez más, feliz de saber que la tensión y el agotamiento de los últimos días, después de todo, no le había robado la juventud.
Cada vez que estaban juntos, sentía aquella presión que le decía que volvía a ser un hombre; mientras no fuera aliviada, no viviría en paz, ni siquiera sería capaz de llevar a cabo su trabajo de manera eficiente. En algunos momentos había visto el rostro de Mirissa sobrepuesto en los planos de la Bahía Mangrove y en los diagramas de flujo, y se había visto obligado a dar una instrucción de PAUSA a la computadora antes de poder continuar su conversación mental conjunta. Era una tortura peculiarmente exquisita pasar un par de horas a pocos metros de ella, no pudiendo intercambiar más que corteses trivialidades.