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Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]

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Canticos de la lejana Tierra [=Voces de un mundo distante / The Songs of Distant Earth - es]
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4. Dado que el día thalassano es un 22 % más largo que el de la Tierra, y que el número de dichos días en el año es un 14 % más corto, la duración real del año thalassano es un 5 % más largo que el terrestre. Como pueden ver todos ustedes, esto tiene una ventaja práctica en lo que respecta a los cumpleaños. La edad cronológica significa casi lo mismo en Thalassa y en la Tierra. Un thalassano de 20 años ha vivido tanto tiempo como un terrícola de 21. El calendario thalassano empieza con el Primer Aterrizaje, que ocurrió en 3109 TT. El presente año es 718 TL o 754 años terrestres más.

5. Finalmente, y podemos dar las gracias por ello, sólo hay una Franja Horaria en Thalassa por la que preocuparnos.

SIRDAR BEY (Capitán)

3863 02 27 21 30 TT

718 00 02 15 00 TL

—¡Quién habría dicho que algo tan simple podía ser tan complicado! — rió Mirissa tras haber examinado el impreso colgado en el panel de anuncios de Terra Nova—. Supongo que éste es uno de los famosos Rayos—B. ¿Qué clase de persona es el capitán? Nunca he tenido la oportunidad de conversar con él.

— No es fácil conocerle — respondió Moses Kaldor. No creo haber hablado en privado con él más de una docena de veces. Y es el único hombre de la nave a quien todos llaman « señor »… siempre. Excepto tal vez el segundo comandante Malina, cuando están a solas… Por cierto, esa nota no es un auténtico Rayo—B: es demasiado técnica. Deben de haberla redactado el Oficial Científico Varley o el Secretario LeRoy. El capitán Bey posee una notable comprensión de los principios de la ingeniería, mucha más que yo, pero ante todo es un administrativo. Y en ocasiones, cuando tiene que serlo, comandante en jefe.

— Yo detestaría tener su responsabilidad.

— Es una labor que alguien tiene que hacer. Los problemas rutinarios, generalmente, pueden resolverse consultando a los oficiales más antiguos y los bancos de memoria de los ordenadores. Sin embargo, a veces una decisión debe tomarla un solo individuo, que tenga la autoridad necesaria para hacerla cumplir. Por eso es necesario un capitán. Un comité no puede dirigir una nave… al menos, no en todo momento.

— Creo que así es como gobernamos Thalassa. ¿Se imagina el presidente Farradine como capitán de algo?

— Estos melocotones son deliciosos — dijo Kaldor, diplomáticamente, sirviéndose otro, aunque sabía muy bien que habían sido preparados para Loren—. Pero ustedes han tenido suerte; ¡no han tenido una crisis auténtica en setecientos años! ¿No dijo una vez uno de ustedes: « Thalassa no tiene historia, sólo estadística »?

—¡Oh, eso no es cierto! ¿Qué me dice del Monte Krakan?

— Eso fue un desastre natural… y no de los más graves. Me refiero a… crisis políticas: agitación social, cosas así.

— Podemos agradecérselo a la Tierra. Ustedes nos dieron una Constitución Jefferson Tipo Tres (alguien lo denominó « utopía en dos megabytes ») que ha funcionado asombrosamente bien. El programa no ha sido modificado en trescientos años. Todavía vamos por la Sexta enmienda.

— Y ojalá sigan así —dijo Kaldor con fervor—. No me gustaría pensar que fuimos responsables de la séptima.

— Si eso sucede, será procesada ante los bancos de memoria de los archivos. ¿Cuándo volverá a visitarnos? ¡Hay tantas cosas que quiero enseñarle!

— No tantas como las que yo quiero ver. Debe de tener usted muchas cosas que nos serán útiles en Sagan Dos, aunque sea una clase de mundo muy distinto.

»Y mucho menos atractivo », añadió Kaldor para sus adentros.

Mientras hablaban, Loren había llegado sin hacer ruido al área de recepción, obviamente de camino de la sala de juego a las duchas. Vestía un diminuto pantalón corto y llevaba una toalla sobre los hombros desnudos. A Mirissa comenzaron a temblarle las piernas al verle.

— Supongo que les has ganado a todos, como siempre — dijo Kaldor—. ¿No resulta algo aburrido?

Loren sonrió ligeramente.

— Algunos de los thalassanos jóvenes son prometedores. Uno ha quedado sólo a tres puntos de mí. Naturalmente yo jugaba con la mano izquierda.

— En el caso muy improbable de que Loren no se lo haya dicho todavía — le comentó Kaldor a Mirissa—, en otro tiempo fue campeón de tenis de mesa en la Tierra.

— No exageres, Moses. Sólo fui el quinto… y al final los niveles eran miserablemente bajos. Cualquier jugador chino del Tercer Milenio me habría pulverizado.

— No creo que se te haya ocurrido enseñarle a Brant — dijo Kaldor con malicia—. Podría ser interesante.

Hubo un breve silencio. Loren respondió, con presunción pero con toda la razón:

— No sería justo.

— De hecho — dijo Mirissa—, a Brant le gustaría enseñarle algo a usted.

—¿Ah, sí?

— Usted me dijo que nunca había estado en una embarcación.

— Es cierto.

— Entonces está invitado a unirse a Brant y Kumar en el muelle tres… mañana, a las ocho y media de la mañana.

Loren se volvió hacia Kaldor.

—¿Crees que estaré seguro si voy? — preguntó con falsa seriedad—. No sé nadar.

— Yo no me preocuparía — contestó Kaldor, solícito—. Si tienen intención de traerte de vuelta, no importará lo más mínimo.

18. Kumar

Sólo una tragedia había oscurecido los dieciocho años de vida de Kumar Leonidas: siempre había sido diez centímetros más bajo de lo que realmente quería. No era sorprendente que su apodo fuera « El pequeño león »… aunque muy pocos se atrevían a utilizarlo en su presencia.

Como compensación a su falta de altura, había trabajado con constancia para conseguir anchura y fuerza. Mirissa le había dicho muchas veces, con divertida exasperación:

— Kumar, si pasaras tanto tiempo ejercitando el cerebro como el cuerpo, serías el mayor genio de Thalassa.

Lo que ella nunca le había dicho (y apenas admitía, siquiera a sí misma) era que el espectáculo de sus ejercicios gimnásticos de cada mañana solía excitar sentimientos muy poco fraternales en su pecho, así como una especie de celos hacia todas las demás admiradoras que se reunían para contemplarle. En una ocasión u otra, esto había incluido a la mayor parte de los del grupo de edad de Kumar. Aunque el envidioso rumor de que Kumar había hecho el amor con todas las chicas y la mitad de los chicos de Tarna era pura exageración, sí había en él una buena parte de verdad.

Pero Kumar, a pesar del abismo intelectual existente entre él y su hermana, no era un imbécil musculoso. Si algo le interesaba de verdad, no estaba satisfecho hasta haberlo dominado, sin importarle cuánto tiempo le costara. Era un espléndido marino, y durante dos años, con la ayuda ocasional de Brant, estuvo construyendo un excelente kayac de cuatro metros. La quilla estaba terminada, pero aún no había empezado la cubierta.

Juraba que un día lo botaría y entonces todos dejarían de reírse. Entretanto, en Tarna, la expresión « el kayac de Kumar » había llegado a significar todo tipo de labor inacabada… que, en verdad, eran muchas.

Además de esta común tendencia thalassana a posponer las cosas, los principales defectos de Kumar eran una naturaleza aventurera y una gran afición a las bromas pesadas algo arriesgadas. Muchos creían que algún día esto le causaría serios problemas.

Sin embargo, era imposible enfadarse incluso por sus diabluras más descabelladas, porque carecían de toda malicia. Era una persona totalmente abierta, incluso transparente; nadie podía imaginarle diciendo una mentira. Por ello se le podían perdonar muchas cosas, y eso es lo que solía suceder.

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