La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
Pero la explicaci�n de esta circunstancia vendr� m�s tarde. Cuando Ciro Smith pudiese hablar, dir�a lo que hab�a pasado. Por el momento, se trataba de volverle a la vida, y era probable que se consiguiera por medio de fricciones. Se las dieron con la camiseta del marino; y el ingeniero, gracias a aquel rudo masaje, movi� ligeramente los brazos y su respiraci�n comenz� a restablecerse de una manera m�s regular. Se habr�a muerto sin la llegada del corresponsal y de sus compa�eros, no habr�a habido remedio para Smith.
-��Cre�a usted muerto a su amo? -pregunt� el marino a Nab. -�S�, muerto! -respondi� el negro-. Y si Top no les hubiera encontrado o no hubieran venido, habr�a enterrado aqu� a mi amo y habr�a muerto despu�s a su lado.
�Qu� poco hab�a faltado para que pereciese Ciro Smith!
Nab cont� entonces lo que hab�a pasado. El d�a anterior, despu�s de haber abandonado las Chimeneas, al rayar el alba, hab�a subido la costa en direcci�n norte, y lleg� a la parte del litoral que hab�a visitado ya.
All�, sin ninguna esperanza, seg�n dijo, Nab hab�a buscado entre las rocas y en la arena los m�s ligeros indicios que pudieran guiarle; hab�a examinado sobre todo la parte de la arena que la alta mar no hab�a recubierto, ya que en el litoral el flujo y el reflujo deb�an haber borrado toda huella. No esperaba encontrar a su amo vivo; buscaba �nicamente su cad�ver para darle sepultura con sus propias manos.
Sus pesquisas hab�an durado largo tiempo, pero sus esfuerzos fueron infructuosos. No parec�a que aquella costa desierta hubiera jam�s sido frecuentada por un ser humano. Las conchas a las cuales no pod�a el mar llegar, y que se encontraban a millones m�s all� del alcance de las mareas, estaban intactas; no hab�a ni una concha rota. En un espacio de doscientas o trescientas yardas no exist�a traza de un desembarco antiguo ni reciente.
Nab se decidi�, pues, a subir por la costa durante algunas millas, por si las corrientes hab�an llevado el cuerpo a alg�n punto m�s lejano. Cuando un cad�ver flota a poca
distancia de una playa llana, es raro que las olas no lo recojan tarde o temprano. Nab lo sab�a y quer�a volver a ver a su amo una vez m�s.
-�Recorr� la costa durante dos millas m�s, visit� toda la l�nea de escollos de la mar baja, toda la arena de la mar alta y desesperaba de encontrar algo, cuando ayer, hacia las cinco de la tarde, me fij� en unas huellas que se marcaban en la arena. -�Huellas de pasos? -exclam� Pencroff.
-��S�! -contest� Nab.
-��Y esas huellas empezaban en los escollos mismos? -pregunt� el corresponsal. -No -contest� Nab-, comenzaban en el sitio donde llegaba la marea, porque entre este sitio y los arrecifes las huellas deb�an haber sido borradas. -Contin�a, Nab -dijo Gede�n Spillet.
Cuando vi estas huellas, me volv� loco. Estaban muy marcadas y se dirig�an hacia las dunas. Las segu� durante un cuarto de milla, corriendo, pero cuidando no borrarlas. Cinco minutos despu�s, cuando empezaba a anochecer, o� los ladridos de un perro. �Era Top, y Top me condujo aqu� mismo, cerca de mi amo!
Nab termin� su relato ponderando su dolor al encontrar el cuerpo inanimado. Hab�a tratado de sorprender en �l alg�n resto de vida: ya que lo hab�a encontrado muerto, lo quer�a vivo. �Todos sus esfuerzos hab�a sido in�tiles y no le quedaba otro recurso que tributar los �ltimos deberes al que amaba tanto!
Entonces se acord� de sus compa�eros. Estos querr�an, sin duda, volver a ver por �ltima vez al infortunado ingeniero. Top estaba all�; �podr�a fiarse de la sagacidad del pobre animal? Nab pronunci� muchas veces el nombre del corresponsal, que era, de los compa�eros del ingeniero, el m�s conocido de Top; despu�s le mostr� el sur de la costa, y el perro se lanz� en la direcci�n indicada.
Ya se sabe c�mo, guiado por un instinto que casi podr�a considerarse sobrenatural, porque el animal no hab�a estado nunca en las Chimeneas, Top hab�a llegado.
Los compa�eros de Nab hab�an escuchado el relato con extrema atenci�n. Era para ellos inexplicable que Ciro Smith, despu�s de los esfuerzos que hab�a debido hacer para escapar de las olas, atravesando los arrecifes, no tuviera se�al ni del menor rasgu�o; pero, sobre todo, lo que no acertaban a explicarse era que el ingeniero hubiera podido llegar a m�s de una milla de la costa, a aquella gruta en medio de las dunas.
-�Nab -dijo el corresponsal-, �no has sido t� el que ha transportado a tu amo hasta este sitio?
-�No, se�or, no he sido yo -contest� Nab. -Es evidente que Smith ha venido solo -dijo Pencroff.
-�Es evidente -observ� Gede�n Spilett-, �pero parece incre�ble!
No se podr�a obtener la explicaci�n del hecho m�s que de boca del ingeniero, y para eso deb�a recobrar el habla. Felizmente la vida volv�a al cuerpo de Ciro Smith. Las fricciones hab�an restablecido la circulaci�n de la sangre y movi� de nuevo los brazos, despu�s la cabeza, y algunas palabras incomprensibles se escaparon de sus labios.
Nab, inclinado sobre �l, lo llamaba, pero el ingeniero no parec�a o�rlo; sus ojos permanec�an cerrados. La vida no se revelaba en �l m�s que por el movimiento; los sentidos no ten�an a�n parte.
Pencroff sinti� mucho no tener fuego a mano ni medio de procur�rselo, pues por desgracia hab�a olvidado de llevarse el trapo quemado, que se hubiera inflamado f�cilmente al choque de dos guijarros. En cuanto a los bolsillos del ingeniero, estaban absolutamente vac�os, excepci�n hecha de su chaleco, que conten�a el reloj. Era preciso, pues, transportar a Ciro Smith a las Chimeneas lo m�s pronto posible. Este fue el parecer de todos.
Entretanto, los cuidados prodigados al ingeniero le devolver�an el conocimiento antes de lo que pod�an esperar sus compa�eros. El agua con la que humedec�an sus labios lo reanimaba poco a poco. Pencroff tuvo la idea de mezclar con aquel agua un poco de sustancia de la carne de tetraos, que se hab�a llevado. Harbert corri� a la playa y volvi� con dos grandes moluscos bivalvos, y el marino compuso una especie de mixtura que introdujo en los labios del ingeniero, el cual pareci� aspirarla �vidamente.
Entonces sus ojos se abrieron. Nab y el corresponsal estaban inclinados sobre �l. -�Se�or! �Querido se�or! -exclam� Nab.
El ingeniero lo oy�. Reconoci� a Nab y Spilett, despu�s a sus otros dos compa�eros,
Harbert y el marino, y su mano estrech� ligeramente las de todos.
Se escaparon de sus labios algunas palabras, que sin duda hab�a pronunciado ya, y que indicaban algunos pensamientos que atormentaban su esp�ritu.
Aquellas palabras, pronunciadas de un modo claro, fueron comprendidas aquella vez. -�Isla o continente? -murmur�.
-��Ah! -exclam� Pencroff, no pudiendo contener esta exclamaci�n-. �Por todos los diablos! �Qu� nos importa, mientras viva usted, se�or Ciro! �Isla o continente? �Ya lo veremos despu�s!
El ingeniero hizo una ligera se�al afirmativa y pareci� dormirse.
Respetaron aquel sue�o y el corresponsal dispuso que el ingeniero fuera transportado del mejor modo posible. Nab, Harbert y Pencroff salieron de la gruta y se dirigieron hacia una alta duna coronada de algunos �rboles raqu�ticos. En el camino el marino no pod�a menos de repetir:
-��Isla o continente! �Pensar en eso, cuando no se tiene m�s que un soplo de vida! �Qu� hombre!
Cuando llegaron a la cumbre de la duna, Pencroff y sus dos compa�eros, sin m�s �tiles que sus brazos, despojaron de sus principales ramas un �rbol bastante endeble, especie de pino mar�timo, medio destrozado por el viento; despu�s, con aquellas ramas, hicieron una litera, que una vez cubierta de hojas y hierbas pod�a servir para transportar al ingeniero.
Fue obra de unos cuarenta y cinco minutos, y eran las diez de la ma�ana cuando Nab y Harbert volvieron al lado de Ciro Smith, de quien Gede�n Spilett no se hab�a separado.