La isla misteriosa
- Автор: Верн Жюль Габриэль
- Язык: испанский
- Жанр: Другие приключения
Электронная книга - «La isla misteriosa». Краткое содержание книги:
En cuanto al corresponsal, respondi� sencillamente a las palabras de Pencroff: -Le aseguro, amigo m�o, que eso me tiene sin cuidado. -Pero, repito, no tenemos fuego.
-��Bah!
-�Ni ning�n modo de encenderlo. -�Bueno! -Sin embargo, se�or Spilett�
-��No est� Ciro aqu�? -contest� el corresponsal-. �No est� vivo nuestro ingeniero? �Ya encontrar� medio de procurarnos fuego! -�Con qu�? -Con nada.
�Qu� pod�a replicar Pencroff? No respondi�, porque al fin y al cabo participaba de la confianza que sus compa�eros ten�an en Ciro Smith. El ingeniero era para ellos un microcosmo, un compuesto de toda la ciencia e inteligencia humana. Tanto val�a encontrarse con Ciro en una isla desierta como sin �l en la misma industriosa ciudad de la Uni�n. Con �l no pod�a faltar nada; con �l no hab�a que desesperar. Aunque hubieran dicho a aquellas buenas gentes que una erupci�n volc�nica iba a destruir aquella tierra y hundirlos en los abismos del Pac�fico, hubieran respondido imperturbablemente: �Ciro est� aqu�! �Ah� est� Ciro!
Sin embargo, entretanto el ingeniero estaba a�n sumergido en una nueva postraci�n ocasionada por el transporte y no se pod�a apelar a su ingeniosidad en aquel momento. La cena deb�a ser necesariamente muy escasa. En efecto, toda la carne de tetraos hab�a sido consumida, y no exist�a ning�n medio de asar nada de caza. Por otra parte, los curuc�s que serv�an de reserva hab�an desaparecido. Era preciso, pues, tomar una determinaci�n.
Ante todo, Ciro Smith fue trasladado al corredor central, donde le arreglaron una cama de algas y fucos casi secos. El profundo sue�o que se hab�a apoderado de Ciro pod�a reparar r�pidamente sus fuerzas y mejor que lo hubiera hecho cualquier alimento abundante.
Hab�a llegado la noche y, con ella, la temperatura, modificada por un salto de viento al nordeste, se enfri� bastante. Como el mar hab�a destruido los tabiques construidos por Pencroff en ciertos puntos de los corredores, se establecieron corrientes de aire, que hicieron las Chimeneas inhabitables. El ingeniero se habr�a encontrado en condiciones bastante malas de no haberse desprendido sus compa�eros de sus vestidos para cubrirlo cuidadosamente.
La cena aquella noche se compuso �nicamente de litodomos, de los cuales Harbert y Nab hicieron recolecci�n en la playa. Sin embargo, a los moluscos, el joven a�adi� cierta cantidad de algas comestibles, que recogi� en altas rocas, cuyas paredes no mojaba el mar m�s que en la �poca de las grandes mareas. Aquellas algas pertenec�an a la familia de las fuc�ceas, eran una especie de sargazos, que, secos, producen una materia gelatinosa bastante rica en elementos nutritivos. El corresponsal y sus compa�eros, despu�s de haber absorbido una cantidad considerable de litodomos, chuparon aquellos sargazos y los encontraron muy agradables.
Conviene decir que en las playas asi�ticas esta especie de algas entra mucho en la alimentaci�n de los ind�genas.
-�A pesar de todo -dijo el marino-, ya es hora de que el se�or Ciro nos preste su ayuda.
Entretanto, el fr�o se hizo muy vivo, y, para colmo de desdicha, no ten�an ning�n medio para combatirlo.
El marino, inc�modo, trat� por todos los medios posibles de procurarse fuego, y Nab le ayud� en aquella operaci�n. Hab�a encontrado musgos secos y, golpeando dos guijarros, obtuvo algunas chispas; pero el musgo no era bastante inflamable y no tom�, por otra parte, aquellas chispas, que, no siendo m�s que s�lice incandescente, no ten�an la consistencia de las que se escapan del acero y el pedernal. La operaci�n, pues, no dio resultado.
Pencroff, aunque no ten�a confianza en el procedimiento, trat� luego de frotar dos le�os secos el uno contra el otro, a la manera de los salvajes. Ciertamente si el movimiento que Nab y �l hicieron se hubiera transformado en calor, seg�n las teor�as nuevas, habr�a sido suficiente para hervir una caldera de vapor. El resultado fue nulo. Los pedazos de madera se calentaron, pero mucho menos que los dos hombres.
Despu�s de una hora de trabajo, Pencroff, sudando, arroj� los pedazos de madera con despecho.
-��Cuando me hagan creer que los salvajes encienden fuego de este modo -dijo-, har� calor en invierno! �Antes encender� mis brazos frotando uno contra el otro!
El marino no ten�a raz�n en negar la eficacia del procedimiento. Es cierto que los salvajes encienden la madera con un frotamiento r�pido; pero no toda clase de madera vale para esta operaci�n, y, adem�s, tienen "ma�a", seg�n la expresi�n consagrada, y probablemente Pencroff no la ten�a.
El mal humor del marino no dur� mucho. Harbert tom� los dos trozos de le�a que Pencroff hab�a arrojado con despecho y se esforzaba en frotarlos con rapidez. El robusto marino no pudo contener una carcajada viendo los esfuerzos del adolescente para obtener lo que �l no hab�a podido conseguir.
-��Frota, hijo m�o, frota! -dijo.
-��Ya froto -contest� Harbert, riendo-, pero no tengo otra pretensi�n que calentarme en lugar de tiritar, y pronto tendr� m�s calor que t�, Pencroff!
Esto fue lo que sucedi�. De todos modos, hubo que renunciar aquella noche a procurarse fuego. Gede�n Spilett repiti� por vig�sima vez que Ciro Smith no se habr�a visto tan embarazado por tan poca cosa, y entretanto se tendi� en uno de los corredores, sobre la cama de arena. Harbert, Nab y Pencroff lo imitaron, mientras que Top dorm�a a los pies de su amo.
Al d�a siguiente, 28 de marzo, cuando el ingeniero se despert� hacia las ocho de la ma�ana, vio a sus compa�eros a su lado, que miraban su despertar, y, como la v�spera, sus primeras palabras fueron:
-��Isla o continente?
Como se ve, �sta era su idea fija.
-��Otra vez! -respondi� Pencroff-. No sabemos nada, se�or Smith. -�No saben nada a�n?
-�Pero lo sabremos -a�adi� Pencroff-, cuando usted nos haya servido de piloto en este pa�s. -Creo que me encuentro en situaci�n de probarlo respondi� el ingeniero, que sin grandes esfuerzos se levant� y se puso de pie.
-��Muy bien! -exclam� el marino.
-�Lo que me molestaba era el cansancio -respondi� Ciro Smith-. Amigos m�os, un poco de alimento y me pondr� bien del todo. �Tienen ustedes fuego?
Aquella pregunta no obtuvo una respuesta inmediata; pero, despu�s de algunos instantes, Pencroff dijo:
-��Ay! �No tenemos fuego, o mejor dicho, se�or Ciro, no lo volveremos a tener!
El marino hizo el relato de lo que hab�a pasado la v�spera, divirtiendo al ingeniero con la historia de una sola cerilla, y con su tentativa abortada para procurarse fuego a la manera de los salvajes.
-�Lo tendremos -contest� el ingeniero-; y si no encontramos una sustancia an�loga a la yesca�
-��Qu�? -pregunt� el marino. -Que haremos f�sforos. -�Qu�micos?
-��Qu�micos!
-�No es dif�cil eso -exclam� el reportero, dando un golpecito en el hombre del marino.
Este no encontraba la cosa tan sencilla, pero no protest�. Todos salieron. El tiempo se hab�a despejado; el sol se levantaba en el horizonte del mar y hac�a brillar como pajitas de oro las rugosidades prism�ticas de la enorme muralla.
El ingeniero, despu�s de haber dirigido en torno suyo una r�pida mirada, se sent� en una roca. Harbert le ofreci� unos pu�ados de moluscos y de sargazos, diciendo: -Es todo lo que tenemos, se�or Ciro.
-�Gracias, hijo m�o -respondi� Ciro Smith-, esto ser� suficiente para esta ma�ana, por lo menos.
Y comi� con apetito aquel d�bil alimento, que acompa�� de un poco de agua fresca, cogida del r�o con una concha grande.
Sus compa�eros lo miraban sin hablar. Despu�s de haber satisfecho bien o mal su hambre y su sed, Ciro Smith dijo, cruzando los brazos:
-�Amigos m�os, �de modo que no saben si hemos sido arrojados a un continente o a una isla?
-�No, se�or Ciro -contest� el joven.
-�Lo sabremos ma�ana -a�adi� el ingeniero-. Hasta entonces no tenemos nada que hacer. -�S�! -replic� Pencroff.
-��Qu�?
-�Fuego -dijo el marino, que tambi�n ten�a su idea fija.
-�Ya lo haremos, Pencroff -dijo Ciro Smith-. Mientras que ustedes me transportaban ayer, me pareci� ver hacia el oeste una monta�a que domina este pa�s.